Crítica de ‘El gran hotel Budapest’: Un excelente y detallista poema visual

Las críticas de Óscar M.: El gran hotel Budapest
He de reconocer que no me gustaba Wes Anderson, la primera película que vi de su filmografía fue Viaje a Darjeeling y me pareció tan absurda, irreal e incomprensible como soporífera. El obsesivo detallismo milimétrico del director me provocaba tanto rechazo y desconcierto que no alcanza a comprender el humor surrealista (y, al mismo tiempo, creíble y real) que intentaba transmitir.
Tras ver Los Tenenbaums y Life aquatic pude comprender el particular y peculiar submundo de Anderson, plagado de unos giros de cámara imposibles, de planos perfectamente estudiados, de escenas coreografiadas con la música, de su obsesión por los espacios reducidos y por los personajes de exquisitez verbal (tanto con silencios como con derroche labial) que casi bordean la bipolaridad o la locura, y descubrí un submundo lleno de colores, luces y detalles. Esos detalles.
El gran hotel Budapest es una película detallista hasta el exceso, calculada hasta la obsesión, milimetrada hasta las extenuación, estudiada y planificada para que todo sea perfecto y que el espectador disfrute de su visionado como si estuviera leyendo un poema, quizás un soneto perfecto, con cada sílaba numerada y con cada rima estudiada, con su apertura y cierre clásico.
La película juega con el argumento narrando adelante y atrás la historia (dando saltos temporales que tienen su explicación), con la relación de aspecto (de 16:9 a 4:3), con el color, con la historia del cine, con los personajes, abriendo las líneas argumentales y presentado los personajes al inicio para ir cerrando las tramas poco a poco según se acaba el metraje, como un soneto perfecto.
Y en el centro de la trama, mientras llega la resolución del misterio de cómo un simple y escuálido botones de vestíbulo consigue ser propietario del legendario Gran hotel de Budapest, Anderson da rienda suelta a su pluma y a su imaginación y deja que los personajes hagan locuras y vuelen con libertad, derramando ironía, absurdez y surrealismo extremo a la vuelta de cada pasillo y de cada esquina.
Pero esos personajes no llegarían a importar a la audiencia si los actores que los encarnasen no estuvieran magistralmente dirigidos en un ambiente de júbilo y creatividad desbordante (que es lo que transmite toda la filmografía de Anderson, los actores están tan excepcionales porque representan lo bien que se lo pasan en el rodaje), Ralph Fiennes vuelve a demostrar que es tan creíble como si hubiera nacido siendo cada personaje, Willem Dafoe (que está cada vez más cerca de convertirse en un vampiro) es brutalmente brillante, pero Tony Revolori consigue llevar desde la mitad hasta el final de la película el peso del argumento sin que se mueva un pelo del (falso) bigote. Y la lista de secundarios y magistrales apariciones especiales sería tan larga que tendría que ir en orden alfabético.
A pesar de que El gran hotel Budapest es irremediablemente clásica al estilo propio de Anderson es, quizás, su película más comercial, siendo más accesible para los no seguidores acérrimos que Viaje a Darjeeling o Life aquatic (condenadas a ser minoritarias por su temática) y con una trama menos críptica y más fácil de seguir, pero no por ello Anderson ha perdido ni una mota de polvo de su personal estilo (las escenas iniciales no tienen su conclusión hasta el final), ni de su humor (por suerte).
La película es capaz de arrancar carcajadas desde casi su inicio, sólo con el encuadre de algunas escenas o la distribución de los personajes en las mismas o los giros argumentales, llegando a homenajear a clásicos del cine cómico como Los hermanos Marx (la trama de la cárcel) o incluir tanto autoreferencias a sus anteriores películas (como los vasos pequeños del tamaño de un pulgar) como a la propia historia del cine (con los rudimentarios y efectivos efectos especiales y los maravillosos fondos pintados).
Y no hay más remedio que hacer una mención especial a los apabullantes colores que decoran toda la película: los rosas, los verdes, los morados, los grises, los rojos, los azules… Una auténtico viaje visual a través de la escala cromática que hace al espectador disfrutar con las paredes, los pasillos, los edificios, los decorados, los trajes, los bigotes y con los detalles. Esos detalles. 
El gran hotel Budapest está llena de detalles que la hacen especial y dejan una sonrisa tonta (de haber pasado un buen rato) y un dulce sabor de boca (casi se podrían paladear los pasteles de Mendl), y que, aunque algunos lo nieguen, influirá a otros directores y a otras películas. Puede que no sea una película para el gran público, pero será apreciada y memorable para el buen público.

Quisiera ser poeta para acabar con un soneto, pero como no lo soy, terminaré con dos detallistas recomendaciones: Disfrutad del maquillaje y la peluquería (en especial de la irreconocible Tilda Swinton) y permaneced en la sala hasta que terminen los títulos de crédito (por la música y la animación). Lo que realmente hace ser recordado al cine de Wes Anderson son esos pequeños detalles.

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