Crítica de ‘Dallas Buyers Club’: El abismo aterrador del sida en primera persona

Las críticas de Carlos Cuesta: Dallas Buyers Club

Dallas Buyers Club tiene los tres Oscar que se merece. La interpretación sublime de Matthew McConaughey logra la identificación plena con el público, que bien puede despreciarlo, comprenderlo o admirarlo pero no puede evitar vivir como propia la lucha por la supervivencia y los avatares del protagonista; esa batalla que arroja al espectador dentro de una historia que le conmueve y le importa como si la padeciera en primera persona. Jared Leto, aunque a distancia de su compañero, desarrolla con acierto, humanidad y encanto un personaje secundario clave para la transformación de un homófobo, promiscuo y egoísta en un hombre sobradamente más tolerante y mucho más comprometido. El tercer premio de la Academia, el maquillaje y la peluquería, es crucial para la asombrosa caraterización de dos hombres con sida al borde del precipicio.
Ron Woodrof, a quien da vida McConaughey, fue un electricista y vaquero de Texas promiscuo, homófobo y racista que recibió la noticia de que era seropositivo después de varias pruebas médicas motivadas por un accidente. La falta de información sobre la enfermedad en los años 80 hacía presuponer a la mayoría de la población que se trataba de una afección propia de homosexuales. Esos prejuicios convirtieron a Ron en un paria en su entorno, pues sus amistades comenzarán a verle como un apestado que abrazaba la tendencia sexual que decía detestar. Su escasa esperanza de vida le obligó a recurrir a cualquier recurso a su alcance y viajó a Méijco para conseguir los medicamentos que le permitieran sobrevivir. Una vez obtenida la mercancía para consumo propio trata de rentabilizarla con otros enfermos como él pero topó con la Federación del Medicamento, fuertemente influida por la industria farmacéutica, que no le pondrá las cosas fáciles.

Estamos ante una buena película, intensa e interesante tanto por su trama como por la complejidad de la actitud autodestructiva pero vitalista de los personajes clave y por el valor histórico del relato a la hora de ayudarnos a entender un fenómeno tan devastador como los comienzas de la expansión del VIH. El arranque de la película es ya una absoluta declaración de intenciones y una magnífica y potente presentación del personaje protagonista y su mundo al límite. Al realizador canadiense Jean-Marc Vallée (Café de Flore) le ha caído una joya en las manos que ha sabido rentabilizar. Demuestra ser capaz de ofrecer recursos formales inteligentes con los que desplegar los acontecimientos y de saber dirigir un gran plantel.
La historia también tiene sus contras y seguramente la más grave es la falta de progresión a la hora de mostrar el cambio de personalidad de Ron y su actitud ante el colectivo homosexual. La necesidad de colocar los medicamentos para contar con ingresos le ayudó a romper ciertas barreras y le forzó a entablar contacto con personas de una tendencia sexual que aborrecía. Rayon, el travestido interpretado por Jared Leto, hace de nexo entre dos extremos que de otro modo no se habrían juntado jamás hasta tal punto, pero aún así, la película da la sensación de saltarse ciertos pasos que harían esta circunstancia más creíble.
Aproximadamente a la mitad del metraje la intensidad de la historia se rebaja de una forma sorprendente y pierde convicción. Me percaté de que algo había pasado, de que algo no funcionaba, aunque no podía precisar el qué. La película, sin más, parecía desinflarse. Quizá era la sensación de que las cosas comenzaban a ocurrir con demasiada facilidad, o que ciertos fragmentos a los que se debería dar más metraje no estaban suficientemente desarrollados. Por suerte la producción logra reponerse y evita fracasar pese a la tentación de ofrecer conclusiones demasiado rápidas a un problema muy complejo.
El balance general de la película es positivo y esto se debe en gran medida al trabajo de Matthew McConaughey, un actor con todas las bendiciones de Hollywood al que la industria promociona muy gratamente. Él ya había demostrado antes con Tiempo de matar, El cliente o Mud que estaba muy por encima de las limitaciones de la comedia romántica y al parecer también ha hecho un gran trabajo en la serie True Detective junto a Woody Harrelson. El rey Midas que es Cristopher Nolan también ha contado con él para su próximo título, Interestellar, confirmando que su buena estrella no para de crecer. Él es el plato fuerte de una película que demuestra flaquezas que le ha impedido ser más laureada. Y eso a pesar de que a Hollywood le chiflan los papeles de cambios drásticos de look; convertir a preciosidades en monstruos y a galanes en piltrafas. La delgadez de McConaughey y Leto son estremecederas y ayudan a mostrar el proceso de deshumanización y asilamiento al que somete esta enfermedad, capaz de destruir a una persona o entregarle una nueva perspectiva de la vida.
Ese contraste que tanto adora Hollywood le puso a McConaughey medio Oscar en la mano pero él ha hecho un trabajo que merece un Oscar y medio. ¿Mejor que el de Di Caprio en El Lobo de Wall Street? Esa es una pregunta imposible de responder. Habiendo presenciado las dos interpretaciones yo no sería capaz de negarle ese premio a ninguno. ¿Acaso es mejor la interpretación de Jared Leto que la de Michael Fassbender en 12 años de esclavitud? A veces tener que decidir es una pena.

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