Crítica de ‘Anna Karenina’: Un regalo para los sentidos

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”Anna Karenina

Vista: Por la impresionante puesta en escena.
Tacto: El de las sedas y terciopelos de un vestuario de ensueño. 
Oído: Una música envolvente con clara influencia romántica. 
Gusto: El que se te queda, dulce y amargo, al terminar. 
Leí “Anna Karenina” hace un par de meses sólo para hacerme una visión propia de los personajes y el entorno. Ya conocía las versiones de Julien Duvivier en 1948, con Vivien Leigh en el papel de Anna, y la adaptación para televisión protagonizada por Sophie Marceau. Ambas son espléndidas. Pero nada de lo que había visto o leído me preparó para la magia que desprende la Anna Karenina de Joe Wright.

Orgullo y prejuício, Expiación… está claro que Wright no se amilana ante los grandes proyectos. Pero esta vez ha ido un paso más allá y ha contado con el laureado dramaturgo Tom Stoppard, cuyo trabajo como guionista cuenta con películas ya legendarias como El imperio del sol o Brazil. En esta ocasión hace de la historia una obra de teatro. Esa es la gran baza de la película. El encanto con el que pasamos de escena a escena entre bambalinas —de Moscú a San Petersburgo, de ahí a las zonas rurales— con actuaciones en ocasiones coreográficas, que llevan a amaneramientos delicados, propios de los brazos de una bailarina del Bolshoi. Los personajes salen y entran en escena rodeados de extras que perecen las cartulinas fijas de un teatrillo de sombras en el que se interpreta una historia que trata, sencillamente (si es que hay algo sencillo en ello), del amor. De miles de formas de amar. Tantas como personas hay en este mundo. 

Morgan Freeman dijo una vez que las películas de época eran las más fáciles de interpretar porque el vestuario ya te otorgaba el ochenta por ciento de la interpretación. Y sin desmerecer el trabajo de los grandes actores que formal el elenco de la película, he de decir que coincido con el señor Freeman. Quién no se va a sentir una gran duquesa, la esposa de un ministro, o una laboriosa segadora de trigo, cuando tiene la maestría de Jacqueline Durran para vestirla. La trayectoria de Durran le ha merecido ganar tres premios Oscar, los tres por su colaboración con Joe Wright,  y dos premios BAFTA. Con la colección del museo Victoria & Albert cerrada por dos años (lugar de referencia para todo diseñador de vestuario), Durran tuvo que recorrer distintos museos del traje, que le llevaron incluso hasta el propio Moscú. Pero para una Anna Karenina tan teatral, se pudo permitir ciertas excentricidades. Las joyas, todas de la firma Chanel, son actuales, mientras que los corpiños llevan líneas asimétricas y están envueltos en tul, con una clara influencia del vestido de noche de la década de los cincuenta. 
Por supuesto no podemos olvidar que nos movemos por la buenísima sociedad de la Rusia  prerrevolucionaria,  un ambiente tan sofisticado como asfixiante y cuya vida transcurre entre bailes, teatros y óperas. No podíamos esperar que Joe Wright encargara la banda sonora a otro que no fuese

Dario Marianelli, que ya había compuesto la escarizada banda sonora de Expiación, con ese piano acompañado de las teclas una máquina de escribir, en Anna Karenina compone mirando hacia los grandes músicos románticos como Schubert o Liszt, pero principalmente hacia el “Romeo y Julieta” de Tchaikovsky
¿Pero que es un teatro sin actores? ¿Qué belleza puede tener ese vestuario sin maniquíes que lo luzcan? Joe Wright tenía muy claro quien sería su Anna. Keira Knightley, que le ha acompañado en sus dos películas más afamadas, Orgullo y prejuicio y Expiación, tiene el aspecto perfecto para interpretar a una trágica heroína del siglo XIX. Su languidez, su fragilidad, y unos ojos tan profundos y tan brillantes consiguen que la cámara sencillamente se rinda a sus pies. Una mujer por la que nadie dudaría en poner patas arriba las encorsetadas convenciones sociales. Le acompañan en este triángulo amoroso, Jude Law, en el papel de Alexis Karenina, el ultrajado esposo, y Aaron Taylor-Johnson, que se dio a conocer en el papel de joven John Lennon en Nowhere Boy, como el conde Vronsky.
Junto a ellos, por la pantalla/escenario, desfilan caras conocidas como Matthew Macfadyen (Orgullo y Prejuicio, Un funeral de muerte) como Oblonsky, Kelly McDonald (No es país para viejos, Descubriendo Nunca Jamás) como Dolly. 
La segunda pareja de enamorados de la historia, Kitty y Levin, están interpretados por la actriz sueca Alicia Vikander (Un Asunto real) y Domhnall Gleeson, un pelirrojo tan pelirrojo que interpretó a Bill Weasley en las dos últimas entregas de Harry Potter
No quiero olvidarme de Olivia Williams, de Emily Watson, de Michelle Dockery…pero es que Anna Karenina, como buena novela rusa, tiene muchos personajes, y sospecho que aquel que no la haya leído se perderá un poco entre las caras. 
La película es en sí una obra de arte visual, a la altura de títulos como Las zapatillas rojas, de cuyo director de fotografía, Jack Cardiff, fue discípulo Seamus McGarvey, que asume ese mismo cargo en Anna Karenina, y no esconde las influencias que los trabajos de su maestro tuvieron a la hora de enfrentarse a las dificultades de ciertas escenas en ambientes claustrofóbicos. Nada en las luces o la fotografía es deliberado. Con ellas cambiamos no solo de escenarios e historias, sino también de estados de ánimo, hasta llevarnos a la locura de Anna. 
Así que todo aquel enamorado de la literatura rusa, de las grandes historias de amor, de la mirada a un tiempo pasado, disfrutará de una película hecha con el mimo y el gusto con el que se hace un huevo Fabergé. 

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