57 SEMINCI. Clausura: ‘The Words’ (‘El ladrón de palabras’). El verdadero amor contra el amor a la verdad

Las críticas de David Pérez “Davicine” en la 57 SEMINCI
The Words (El ladrón de palabras)
El ladrón de palabras (The Words) arranca con la publicación del primer libro de Rory Jansen, uno de esos acontecimientos arrolladores que sólo se dan una vez cada generación, que aviva la imaginación del público y la industria literaria por igual. Los lectores se lo recomiendan con entusiasmo a sus amigos, los críticos lo ensalzan; está por todas partes: los clubes de lectura, los aviones, los campus de las universidades… Con una narrativa fresca y una sabiduría de la vida en cierto modo atemporal, Rory se convierte de la noche a la mañana en una estrella de las letras. El joven escritor, carismático, inteligente y de talento, parece tenerlo todo: una maravillosa vida, una mujer afectuosa, el mundo a sus pies… y todo gracias a sus palabras. Pero ¿de quién son esas palabras? ¿Y de quién es esa historia, en definitiva? Rory deberá hacer frente a cuestiones como la creatividad, la ambición y las elecciones morales que ha hecho guiado por esos intereses.
Aunque tiene un reparto impresionante, lo más destacado de la película es el guión. Escrita y dirigida por Brian Klugman y Lee Sternthal, compinches en la infancia y colaboradores durante años, juegan con el viejo mito de un manuscrito perdido de Hemingway durante un viaje en tren por España. Pero en lugar de adoptar la narración artística de su musa, han construido un castillo de naipes de tres (o cuatro, según se mire) escritores y sus historias que se cruzan, pues ambos pensaron en lo que pasaría si esos manuscritos fueran encontrados por una persona sin escrúpulos que acabara publicándolos.

De esta manera, realidad y ficción se mezclan durante toda la película, planteándonos lo que estaríamos dispuestos a hacer para conseguir el éxito. El ladrón de palabras son historias dentro de historias, un conjunto de historias construidas alrededor de una serie de decisiones morales que capturan a los personajes por sorpresa. Es una película inteligente y persuasiva revelando el camino en el que el plagio se convierte en una opción para gente como Rory. Ese es el dilema que nos encontramos en el centro de la historia, pero está lejos de ser el único. 
Como un cuento para adultos, gran parte de la película y la historia central está enmarcada por escenas del popular autor Clay Hammond (Dennis Quaid) mientras lee fragmentos de su último best-seller, titulado “Las Palabras”. Así que tenemos dos autores: Clay leyendo y Rory ocupado intentando ser el protagonista. A ellos hay que sumar al anciano escritor que reclama su mérito, interpretado por un gran Jeremy Irons haciendo mucho con poco, el cual aparece de joven, en el París de los años 50 después de la guerra, interpretado por Ben Barnes.

Bradley Cooper tiene una sonrisa que embauca a las mujeres y un encanto especial que ya ha mostrado en anteriores trabajos, por lo que al principio puede ser difícil imaginarle como un escritor de prosa tan sensible e “interior” que incluso un editor de la vieja escuela le dice que es impublicable. Sin embargo, el escritor tiene defectos morales, y un padre (JK Simmons) que le emite cheques que mantienen a Rory en su escritorio, aunque siempre le advierte para que conozca sus limitaciones. Eso ayuda a que gane credibilidad su personaje.
La narración se presenta con éxito en capas yuxtapuestas de la película (ficción versus realidad, así como el verdadero amor vs amor a la verdad), aunque tan sólo dos de los tres temas logran representar de forma apasionante el drama en la pantalla. La parte de Hammond, que enmarca las historias posteriores y arroja dudas sobre las conexiones posibles, es efectuada con ciertos sermones acerca de lo que representa ser un autor, así como una extraña serie de escenas entre el personaje y una inquisitiva estudiante graduada de Columbia (Olivia Wilde). Cualquier química interesante entre los dos se ve ensombrecido por una serie de “respuestas” sobre el libro de Hammond y los personajes, aunque todavía enigmáticas. Es fácil entender la función de la trama de Hammond y, en su mayor parte, sirve a su propósito, pero es sin duda el más difícil y probablemente para algunos, confuso, elemento del conjunto.
Afortunadamente, la parte de Rory, así como la parte del joven, ofrecen buenas actuaciones, encuentros entre ricos personajes, e incluso algunos sorprendentes composiciones visuales que dan vida a la historia y laten con un arte cinematográfico cautivador. La historia centrada en Rory sí que relata a la perfección su transición de un idealista aspirante a novelista que quiere ser un autor célebre en una celebridad real desilusionada frente a la “verdad” absorbente. Las motivaciones de Rory son especialmente interesantes, y Cooper consigue presentar un personaje agradable y narrable, a pesar de una decisión cobarde. Dora (Zoe Saldana) es también un fuerte impulsor para la narrativa, ayudando a progresar la trama y servir como punto de comparación de algunos de los elementos más relevantes de la temática.
Pero a pesar de un enfoque de marketing más centrado en Rory y Dora, la historia del joven interpretado por Ben Barnes es sin duda el punto más fascinante de la película, logrando que el espectador tenga acceso al verdadero origen de las palabras, así como mostrando por qué Rory estaría tan afectado por la historia en un primer instante. Del mismo modo, el autor (Jeremy Irons) añade una complejidad inteligente de lo que sería una causa y efecto normal en la película.
El conflicto que atraviesa la película es la moralidad, y cómo se desarrolla el efecto dominó de una falta de ética importante. Eso debería haber sido más que suficiente para generar un temor grave de conciencia, y la posibilidad real de la exposición pública para Rory, aunque nada de eso consigue ser como debería ser, pues arranca como un thriller, con una sucesión de misterios, pero quizá debería haber dado otra vuelta de tuerca al desenlace.
En lo que respecta al aspecto visual es exuberante, y el director de fotografía Antonio Calvache y el diseñador de producción Michele Laliberte se superan a sí mismos con una hermosa paleta después de otra. La riqueza de las imágenes por sí solas pueden ser tan seductoras que es posible estar satisfechos durante un tiempo, pero, como sabemos, se desvanece la belleza y  nos deja en un ir y venir entre la vida de Clay, la vida de Rory, la vida del viejo hombre, la vida del Joven…
Como en muchas películas de Hollywood centradas en el mundo de las Letras, la conexión con el mundo real de los autores y editores palidece, y sobre el tema del plagio, la película portentosamente sí que se moja y ofrece discursos rimbombantes sobre el robo de identidad, la ficción y la realidad. Lo más interesante es que El ladrón de palabras rompe con los clichés habituales y es un intento de decir algo más inteligente acerca de los artistas, la inspiración y la verdad.
A pesar de la trama principal que cubre las otras dos subtramas, cumple con dos de los tres hilos narrativos que presenta y ofrece una meditación poco sugerente y evocadora sobre la verdad. Sin embargo, la película no es tradicional y aquellos que esperan una película de suspense dramático verán como se encuentra totalmente contenida por el intento de abordar grandes cuestiones filosóficas. No todas las palabras son únicas, pero la forma en que se unen debería proporcionar una experiencia conmovedora para cualquier persona amante del drama literario.

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