‘Mátalos suavemente’: Brutal intensidad intermitente

Las críticas de Carlos Cuesta: ‘Mátalos suavemente’

Andrew Dominik sigue fiel a su estilo pausado y a las historias de marginados y asesinos. En Mátalos suavemente nos cuenta con intensidad el relato del robo de una timba que pone del revés las salas ilegales de juego. Un grupo de empresarios afectado por el golpe contrata a un asesino (Brad Pitt) para que encuentre a los responsables y les de una lección. Las propias torpezas de los ladrones le pondrán el trabajo mucho más sencillo, pero las manías y excentricidades alcohólicas del sicaro al que subcontrata le obligarán a aplicarse a él mismo para resolver estas eventualidades.
La propuesta del director para adaptar la novela de George V. Higgins es original, es interesante y profundiza en un estilo donde la crudeza realista de la violencia sustituye a las escenas de acción imposible. Las secuencias están arropadas por un ambiente denso y arisco en el que los momentos de tensión transitan de forma perfecta. Sin embargo el escaso interés por algunos personajes y lo que dicen y el ritmo demasiado lento en algunos tramos, en los que parece que la narración se atasca sin remedio, lastran una película que estaba llamada a bastante más.
Los diálogos entre los personajes de Mátalos suavemente nos recuerdan los monólogos mundanos de las películas de Tarantino en los que comentarios aparentemente intrascendentes nos dan la clave del entorno en el que nos movemos y las reglas de convivencia de ambientes fuera de lo común. La ecuación que nos da una idea del entorno general de esta película se completa con una historia que nos recuerda, más aún por la presencia de Brad Pitt, una historia de violentos enredos como es Snatch, cerdos y diamantes de Guy Ritchie.
Sin embargo, en esta ocasión se insiste más en la marginalidad de unos Estados Unidos en pleno etapa de hundimiento de la política de George Bush hijo. El hilo de continuidad de la película son los discursos del presidente y del todavía senador Obama radiados y televisados, que nos acompañana a veces como el fondo sonoro y otras veces en plano a través de una televisión. Con ellos se nos ubica en el momento, se nos sitúa en un contexto de depresión económica para luego hacernos bucear en la verdadera pobreza y marginación de algunos barrios y meternos de lleno en el sótano de la corrupción moral de Norteamérica.
El planteamiento con el que busca contarnos esta historia es realmente arriesgado y peligrosamente pretencioso. Creo que se equivoca al insistir con cierta ambientación musical que quiere funcionar por contraste con la escena en la que aparece. Desde luego se equivoca al introducir una escena de efectos especiales en la que los cristales rotos por un balazo saltan a cámara superlenta de la ventana de un coche. No es que esté sobredimiensionando la importancia de una escena que no me gusta. La situación nos da el diagnóstico de la enfermedad. Demasiado lenta, equívocamente intensa y errada en los efectismos.
Brad Pitt es lo más destacado de la película. Borda un personaje desalmado, incisivo, calmadamente violento y fríamente humano, capaz de atemorizarnos o de sacarnos de quicio. Con respuesta para todo, resignado a situaciones absurdas que se complican, pero que nos transmite en todo momento la sensación de que se mueve en una situación que domina totalamente, por más que le incomode. Sus diálogos dentro de un coche con el hombre que le transmite el encargo (Richard Jenkins) tienen un ácido toque de humor y culminan con una escena sublime sobre el alma de América y el capitalismo voraz. Por su parte, el personaje de Ray Liotta no tiene ningún pero, aunque se le reserva poco más que golpes y más golpes para pagar los platos ratos de la timba organizada por él.
Es una película de pocos tiros, de pocas peleas, pero cuando ocurren son violentas al extremo. Como en El asesinato de Jesse James a manos del cobarde Robert Ford, no hay un balazo de más y cuando ocurren sobrecogen, dándonos la medida exacta de lo que supone disparar un arma y quitar una vida. Ese es el gran mérito de una historia que pone demasiado foco en algunas conversaciones que no van a ninguna parte y que se extienden demasiado (como ocurre con los diálogos con uno de los asesinos que contrata el personaje de Brad Pitt, y que interpreta de forma más que creíble James Gandolfini). El film tiene dos velocidades, la lenta y la superlenta. Cuando vamos en la primera, Mátalos Suavemente es un viaje cómodo, cautivador e intenso por unos escenarios cinematográficos poco habituales marcados por un estilo propio. La escena del atraco a la timba es el mejor ejemplo. Cuando vamos en la segunda velocidad, el camino se vuelve insoportable.

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