‘Los idus de marzo’: Nadie, nunca, es tanto como parece

Las críticas de Carlos Cuesta: Los Idus de marzo

Los mejores argumentos, la mejor preparación e incluso la justicia a veces no son valores suficientes para vencer, y en ocasiones ni siquiera son necesarios. Los Idus de marzo es un reflejo de las realidades políticas de campaña donde la imagen, la comunicación, la suerte y la implacabable tozudez de la matemática democrática son los auténticos reyes. Esta película refleja un proceso de primarias dentro de un partido, su trastienda y parte de sus cloacas.
Stephen Meyers (Ryan Gosling, Drive) es uno de los responsables de prensa de la campaña del candidato demócrata Mike Morris (George Clooney). Controlador, meticuloso, frío y convencido de la filosofía del hombre para el que trabaja, afronta un profundo dilema cuando accede a entrevistarse con uno de los encargados de la comunicación de su oponente. En dicho encuentro le demustran que el actual rumbo de su candidato les lleva hacia la derrota y le ofrece cambiar de bando para aprovechar su talento. Este halago impropio marcará el desarrollo de la campaña y de su futuro por completo.

George Clooney vuelve a demostrarnos que tiene mano para la dirección y nos regala una historia donde la palabra es crucial pero donde la imagen también es potente, llena de contraste, compuesta con gusto y vestida con elegancia con una profunda pero sutil banda sonora que aparece en los momentos adecuados y que se ausenta cuando procede. El tobogán dramático de tensión va cogiendo velocidad de la misma forma que la va haciendo una campaña real. Al principio lo ideal toma forma y se plasma en los mensajes; cuando llega el final, y si es necesario un último arreón, cualquier recurso, por sucio que sea, parece válido.
Gosling lleva en su rostro y en sus acciones el peso de la trama, y lo hace bien, aunque su sequedad y rigidez nos recuerde algunos momentos del personaje de la lacónica Drive. Le ayudan con mucho oficio Paul Giamatti  (Entre copas) y Philip Seymour Hoffman (La duda, Truman Capote), los primeros espadas de cada candidato en la trinchera de los medios. No son tan modernos, no son tan atractivos y no tiene tanta energía, pero la experiencia les ha hecho duros, les ha hecho sabios y sobre todo, supervivientes nada ingenuos. Meyers lo irá descubriendo con toda la crudeza posible.
Clooney, personaje clave de la trama como gobernador con aspiraciones a ocupar la Casa Blanca, interpreta un personaje que dosifica muy bien sus apariciones y borda cada una de ellas. Sus ausencias dan una medida de su importancia, de su poder, de su presencia, magnificada por una serie de iconos que lo asocian al triunfo del propio Obama. Cuando aparece, devora la cámara y atrae nuestra atención.
La película tiene mensajes agrios, suda consecuencias aparentemente injustas, tiene tramas secundarias que nos llevan a un desenlace dramático y momentos en los que lo correcto no es tan fácil de decidir, y que por ello nos dan la auténtica medida de personas que hasta el momento nos parecían íntegras e incluso de comportamiento intachable. Desde luego, decir que esta película puede llegar a revelarnos algo que nos escandalice o nos parezca increíble es demasiado decir. Sin embargo sí que es capaz de causarnos desasosiego e incluso incomodidad. La realidad nos ha anestesiado frente al mal olor de la política y quizá eso reste pegada al efecto de pasmo e indignación que se busca en nosotros. Por eso, quizá, ese picor interior que apela a nuestra ética tenga tanto o más mérito.
La adaptación de la obra teatral de Beau Willimon arrastra el aroma de integridad moral que George Clooney da a sus films, pero no es moralizante. En parte la historia es interesante porque crea un escenario en el que, al igual que en la realidad, los personajes sólo pueden existir y ser creíbles si no son perfectos. Los protagonistas de Los Idus de marzo, desde luego, no lo son.

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