‘De mayor quiero ser soldado’: O cómo la violencia devoró a la sociedad

Las críticas de Óscar M.: De mayor quiero ser soldado

La llegada de una pareja de gemelos a una familia provocará que el hijo mayor de una pareja elija ir por el camino de la violencia para llamar la atención de sus padres. Éstos intentarán solucionar, como pueden, un problema que afecta tanto a sus vidas como a la actitud del joven en el colegio.
La sociedad actual está totalmente deshumanizada y rebosa violencia por todas partes. A cualquier hora, en cualquier canal de televisión o en la propia calle se ven escenas de asesinatos, crímenes o guerras. No cesan las noticias sobre la violencia de género dentro de los propios hogares ni el número de víctimas; y, de vez en cuando, un adolescente decide irrumpir e interrumpir la vida de sus compañeros de estudios violentamente.

El cine y la televisión son un fiel reflejo de esta sociedad caótica y violenta, donde las guerras asolan el planeta desde hace siglos. El ser humano es violento, vengativo y está lleno de ira, pero la educación debe moldearlo y eliminar esa respuesta violenta a los problemas que vayan surgiendo en el día a día; es labor de los padres y de los educadores conseguir que ésto se produzca.
Este fenómeno no es nuevo, lleva años conviviendo con la raza humana: el cine (y la televisión) de evasión está plagado de películas con explosiones, asesinatos, robos, delincuencia y crímenes. Y desde ese mismo tiempo se ha intentado limitar el acceso de los infantes a este tipo de productos. Hay quien puede hablar de censura (como la que ha atacado al póster de esta película), pero sólo se trata de proteger a los que aún no tienen poder de decisión ni son capaces de distinguir entre lo que está bien y mal.
Hace casi treinta años las asociaciones de padres americanos mostraron su indignación contra series de animación como Dragones y Mazmorras o G.I. Joe, acusándolas de violentas, posteriormente contra series de imagen real, como Las pesadillas de Freddy (que curiosamente también contaba con Robert Englud) o Viernes  13, la serie (conocida en España como Misterio para tres), en este caso por la temática terrorífica que ofrecían ambas. Y más recientemente la serie de animación South park fue tachada de inapropiada para niños por su vocabulario y escenas escatológicas; aunque ya Los simpsons, en sus inicios, fueron declarados para adultos y, sin embargo, ahora podemos ver la serie a la hora de comer.
Los ejemplos son inmensos, la sociedad ha evolucionado de forma que lo que antes era violento e irrespetuoso ahora se ve al mediodía, los programas de famosos hablan sin inmutarse de violaciones, relaciones extramatrimoniales, mentiras y calumnias a la hora de comer. Todo por la audiencia. Una audiencia que, en la mayoría de los casos, está formada por adultos que ven la televisión acompañados de sus hijos.
Unos hijos que, desde pequeños, comienzan a trivializar asuntos tan importantes como la guerra, la muerte, el asesinato o la mentira y la traición. Unos hijos que comen mientras la televisión muestra el cadáver del último dictador derrocado o cómo los países se atacan y se asesinan unos a otros durante décadas por un trozo de tierra.
De mayor quiero ser soldado es el reflejo de estos hijos. Unos hijos que están creciendo sin respeto, sin educación y sin rumbo. Acusando, chantajeando, amenazando y extorsionando a sus iguales y a sus mayores. Los padres y los profesores se encuentran acorralados ante una sociedad donde un niño puede alegar que está sufriendo malos tratos aunque no sea cierto, porque no ha aprendido el valor ni las consecuencias de la mentira. Cada día ven por la tele que mentir es lícito, siempre que se quiera conseguir un bien (económico) mayor. Siempre habrá tiempo de redimirse y confesar la verdad (previo pago, claro).
La película es un fiel reflejo de cómo actualmente se suple la falta de tiempo y de muestras de cariño con regalos y con concesiones que hacen poco bien a los niños, y de cómo los niños se aprovechan de los adultos para conseguir todo lo que quieren.
La factura de la película es absolutamente perfecta (Christian Molina escribe y dirige como si hubiera nacido haciéndolo), con escenas reales de violencia de televisión y cine intercaladas, todo narrado por la descaradamente perfecta interpretación de Fergus Riordan, quien arrastra al espectador a una espiral de violencia sin límite.
Especialmente destacables son las escenas de tensión entre el personaje de Fergus y sus hermanos gemelos, donde el protagonista, casi sin inmutarse, conspira contra los pequeños. Riordan transmite una frialdad, una pasividad y un terror dignos del mayor asesino en serie jamás visto.
El resto de actores apoyan, con sobradas interpretaciones (especialmente Andrew Tarbet y Jo Kelly), la verosimilitud de las escenas, ejemplificando tanto el interés por solucionar el problema, en el caso de los adultos, como la provocación y la presión, en el caso de los jóvenes. Y tanto Robert Englud (como psicólogo) como Danny Glover (como director del colegio) ponen el detalle de estrellas implicadas en la causa, demostrando que nadie está libre del terror de la violencia.
Queda absolutamente patente y demostrado en la película que, una vez se ha despertado en el ser humano la expulsión de la ira mediante la violencia, la propia sociedad se encarga de aumentarla, fomentarla y engrandecerla (ya sea mediante las imágenes violentas o por la presión social) si no se hace algo al respecto para controlarla y erradicarla.
De mayor quiero ser soldado debería proyectarse en todos los colegios e institutos del planeta, para que los jóvenes sean conscientes del futuro que les espera si no dejan que los adultos los eduquen y guíen por el camino correcto, y para que los adultos sean conscientes de cómo están pervirtiendo la infancia de sus hijos por no establecer límites y controles cuando aún pueden hacerlo.

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