‘Criadas y señoras’: Ligero y aceptable vistazo a los conflictos raciales

Las críticas de Carlos Cuesta: Criadas y señoras (The help)
  

Explicar por qué ayer iba a ver Tintín y acabé en una proyección de Criadas y señoras es tan difícil de explicar que no gastaré líneas tratando de hacerlo. Lo que sí puedo es es comentar la positiva sorpresa que me llevé al terminar de ver la película. Y sólo tras verla completa, pues si la dividimos en dos partes nos encontramos con una primera sucesión de previsibles escenas de pretendida y fingida emotividad, pero también con una segunda más sólida, dura y dramática. Es como cambiar de película en el ecuador del metraje.
Nos movemos en el contexto de los años 60 en Estados Unidos, centrados en el estado de Mississipi para tratar los conflictos derivados de las discriminatorias leyes entre blancos y negros, normas que convierten a estos en ciudadanos de segunda clase. La clase alta cría a sus hijos mediante sirvientas negras con un sueldo por debajo del salario base y sin ningún tipo de seguridad social. Los niños que han tratado como a sus propios hijos se convierten en la siguiente generación en despóticos y miserables empleadores.
Eugenia Skeeter (Emma Stone) es una de las jóvenes que ha crecido con una mujer negra como asistenta, a la que ha tenido desde siempre como objeto de su admiración. Pese a contar entre sus amigas a todo tipo de esnobs señoras frías y clasistas se resistirá a apoyar el predominante ambiente de exclusión. A consecuencia de su nuevo trabajo en el diario local como columnista sobre consejos de limpieza, se acercará a la sirvienta de una de sus amigas (Viola Davis en el papel de Aibileen) para que le ayude. A raíz de estos contactos, la recién graduada se obstinará por intentar de contar a través de un libro la realidad de la discriminación racial desde el punto de vista de las sirvientas negras, con varias complicaciones: el miedo de las protagonistas y el hecho de que hablar de la igualdad racial entre blancos y negros es ilegal.

De esta adaptación de la novela de Kathryn Stockett no se puede decir que sea moralista, pero sí que la profundidad de los personajes queda frecuentemente mitigada por una visión extrema y maniquea, una división entre buenos y malos, a la hora de retratar una clase social que antepone las imposiciones sociales y las costumbres a la humanidad, los sentimientos y el sentido común.
Viola Davis en uno de los papeles principales, y en la figura de narradora, está excelente, al igual que Octavia Spencer como Minny Jackson, la mejor amiga de Aibileen, una mujer de gran carácter y bondad (ya nos explicará alguien la obsesión de Tate Taylor, como director, y de ella como actriz con el tema del pollo frito – ver Chicken Party). Ambas sostienen la tensión de una película que repele en un principio pero que llegue a interesar e incluso a emocionar en sus conclusiones. El talento de Emma Stone pasa de puntillas por la producción en un papel pasable, pero eclipsado por la buena interpretación de Davis y Spencer.
La verdad es que me quedé moderadamente satisfecho con la película, sobre todo por los motivos tan circunstanciales que me llevaron a verla de rebote. Sin duda, si la emotividad y la historias de superación personal es lo que te pone, adelante con ella, con paciencia hasta el final. No le falta humor, se permite algún momento escatológico e hilarante y nos ofrece en las dificultades para rematar el libro de Skeeter una historia muy humana que se crece por momentos.
Sin embargo, a la película le falta consistencia y le sobran convencionalismos. Los prejuicios raciales no son los únicos que encontraremos en estas películas. La disposición de los personajes nos impide construir una opinión sobre ellos porque nos la dan hecha. La sucesión de previsibles desenlaces ahoga los variados momentos de lucidez de una historia francamente interesante a la que Tate Taylor (Winter’s bone), como director y guionista, sólo le ha sacado la mitad del jugo.

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