‘Un juego de inteligencia’: Un relato incoherente estropea una buena idea

Las críticas de Carlos Cuesta: Un juego de inteligencia
 

La semana que ya nos ha abandonado nos dejaba la despedida, se supone temporal, de Andreu Buenafuente y su programa, con un divertido alegato contra la telebasura. Precisamente de este tema trata una película que tenía pendiente y en la que tenía puesto alguna esperanza y bastante interés. Pese al título, Un juego de inteligencia se convierte sin remedio en un insulto a la misma.

Hans Weingartner (Los Edukadores) nos trae la historia de transformación vital de Moritz Bleibtreu, un productor televisivo agresivo, adicto a las drogas y de conducta violenta que ha alcanzado el éxito gracias a populares programas de televisión basura. Después de sufrir un atentado contra su vida en una colisión de automóvil, sufre una experiencia cercana a la muerte que le revela el daño que está provocando al intelecto de la sociedad alemana a la que van dirigidas sus producciones.
Pegah (Elsa Schulz Gambard) es la autora del intento de asesinato y una joven cuyo abuelo se suicidó después de un reportaje difamatorio contra él, y que estuvo producido por Moritz, interpretado por Rainer Kuhhirt (Soul Kitchen, The experiment). Ambos personajes tomarán como suya una cruzada por cambiar el penoso contenido televisivo y hacer que la población se interese por una programación de calidad que no los atonte. Para ello intentarán dominar el sistema de medición de audencias y, si es necesario, manipularlo para que dé los resultados que desean para los programas de calidad, con lo que pretenden obligar a la industria a un cambio de tendencia.
La premisa que nos plantea no deja de ser atrayente pese a poco original (en cuanto al tema). El secreto para un hipotético éxito de Un juego de inteligencia podría venir en la manera de retratar esta cuestión de gran interés y de permanente actualidad. Sin embargo, no puedo definir esta película de otra manera que como tremendo fiasco. Las razones son muy claras, y se predicen desde los primeros minutos, con la extrema presentación del protagonista.
La primera razón es el drástico y apenas justificado cambio de actitud de Moritz. Que este hombre está atormentado por su trabajo es algo que apenas se desgrana ante el espectador. Lo que sí se evidencia es que está trastornado, algo muy diferente, y si no se razona de otra manera, uno tiende a pensar que su estilo de vida y la droga son los causantes. Que en él hay un conflicto interior no queda claramente explicado ante la pantalla en la presentación del productor (donde realmente sería necesario), y menos o nada explicado está la forma en que ha ido llegado en esta situación. La ausencia de trasfondo de los personajes y falta de profundidad de todos ellos es casi total es, a mi juicio el segundo error.
Los fallos argumentales y la escasa verosimilitud de la acción rematan la trilogía de bochornosas deficiencias de este título. Los esfuerzos de Moritz por robar un audímetro quedan ridículamente contrastados con la escena en la que compra 1.000 de estos aparatos porque son de libre adquisición en el mercado. La secuencia en la que recluta a sus aliados (parias desempleados de la sociedad) y el desastroso inicio de su empresa dan inicio a una injustificable y necia argumentación de la televisión como causante de todos los males del mundo, evitando cualquier tipo de responsabilidad de las personas sobre su lamentable situación (el que la tenga lamentable).
Los dos horas de duración de Un juego de inteligencia, tan poco creíble en su desarrollo como en su desenlace, se convierten en una insufrible tortura que divaga entre argumentos moralistas acerca de la responsabilidad de la televisión en la educación de la población. Lo siento por los que hicieron la película, pero a mí me ha resultado insoportable. Evitadla.

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