‘Esplendor en la hierba’: Cuando el ideal sucumbe ante la vulgar realidad

Las críticas de Carlos Cuesta: Esplendor en la hierba
Una mención de un amigo en un antiguo diario me ha empujado a ver un interesante título de Elia Kazán, Esplendor en la hierba. Una película que trata no sólo sobre el amor y el deseo desbordado, sino también la dignidad y el valor de la coherencia entre los sentimientos y la acción, además de ser una crítica sobre la doble moral.
Wilma (Natalie Wood) es una ingenua chica de Kansas procedente de una familia humilde, enamorada de un joven guapo y de familia millonaria con el que coincide en las clases del instituto. Él es un tipo impetuoso que trata de convencerla para mantener relaciones sexuales. Ante la negativa de ella a ceder, se genera una tensa pugna entre los sentimientos sinceros de Bud (Warren Beatty) y su propia impaciencia.

Ella lo adora, tiene fotos suyas en un altar en el espejo de su cuarto y se plantea ceder a sus pretensiones, pero su madre, muy atenta a la relación la avasalla con ideas sobre la dignidad y la pureza, mientras hipócritamente desea que él la despose cuanto antes para sacarles de su precaria situación económica. Mientras, el padre del joven pretende para su hijo un destino en el que continúe con sus negocios de explotación petrolífera, a pesar de que la idea de aquél es vivir de un rancho de la familia en compañía de su novia. La intransigencia del padre terminará por alejarlos en la distancia, por su obsesión de que estudie en Yale, y personalmente, cuando le aconseje que calme sus ansias con otro tipo de chicas más accesibles hasta que pueda acceder a Wilma tras el matrimonio.
Pese a que algunos de los pasajes de esta historia tienen ese toque sobreactuado de la década de los 60, una buena parte de las escenas tiene una carga interpretativa y emotiva muy convincente. Ella realmente parece una mujer desesperada que se sume en la locura conforme ve cómo pierde a Bud por preservar su virginidad, mientras él parece arrastrado por una lógica heredada sobre cómo es lícito saciar sus deseos.
Varias ideas hacen de esta película un relato relativamente actual. Desde luego es muy interesante el juego de doble moral, cómo una madre conservadora habla de un sexo marital sin placer como algo natural, tan solo para procrear, mientras insiste en la necesidad de que su hija se reserve para ser respetada, mientras sus palabras las motiva un mezquino interés personal de atar al joven millonario. Mientras, un padre que parece ausente, realmente está pendiente y preocupado, no da lecciones de moral y piensa en la auténtica felicidad de su hija.
Por contra, en curiosa simetría inversa, es el padre de Bud (Pat Hingle) el que interfiere en su vida, no escucha los deseos de su hijo y le impone un camino no deseado hacia la universidad sin preocuparse de la felicidad de su vástago. Mientras, en esta familia la ausente es la madre, quien ve cómo se va a reproducir en su la vida de hijo su propia infelicidad conyugal.
Al hilo de este juego de obediencia y sumisión, aparece el personaje de la hermana de Bud, una mujer que ha pretendido ser independiente y no ceder ante las imposiciones de su padre. En un pueblo conservador como el de esta película, su regreso tras un matrimonio anulado y su conducta vividora e indiscreta dará mucho que hablar en un lugar donde hace falta poco para despertar rumores. De nuevo surge en su entorno la doble moral. Aquellos que la cortejan y la desean en privado, se avergüenzan de ella y la rehuyen en público para no perjudicar su reputación.
Cuando la fidelidad de Bud se corrompa, Wilma entrará en un estado de locura y las decisiones erróneas de ambas se irán amontonado. Mientras, sus propios compañeros de instituto tenderán a mimetizar los comentarios de los más adultos. Sin ver el sentido de la verdadera relación de ambos, o directamente ignorándolo, no dudan en interferir para separar a la pareja, por mera popularidad o interés, o hablarán de la relación de Wilma y Bud como un, valga la vulgaridad, intento de braguetazo por parte de ella.
El título de Esplendor en la hierba proviene, como se muestra en la película, de un poema de William Wordsworth, Los signos de la inmortalidad. De alguna forma, el relato sigue paralelo al designio de sus estrofas, en tanto que el momento idealizado va sucumbiendo a una difícil, penosa y vulgar realidad, donde a veces sólo queda escoger el mal menor y, en ocasiones, perdida la inocencia y las posibilidades de pretensiones más elevadas, los sucedáneos tiene que ser válidos, imperiosamente, para aplacar la infelicidad.

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