‘Midnight in Paris’: Woody Allen vuelve a sus origenes

Las críticas de David P. “Davicine”: Midnight in Paris

Woody Allen regresa a su esencia con Midnight in Paris, lejos de su querida Manhattan, donde aprovecha para explorar las emociones humanas y los sentimientos que afloran en la ciudad del amor, todo ello aderezado con unos dialogos repletos de chispa y, sobre todo,diversión.
Supongo que comparar esta película con su predecesora, Vicky, Cristina, Barcelona, hace que veamos con mejores ojos la última obra de Allen, pero realmente estamos ante una película que supone el retorno del cineasta, en esta ocasión, acompañado por conocidos actores como Owen Wilson, Marion Cotillard, Kathy Bates, Michael Sheen o Adrien Brody, a las mejores historias de amor en la vida bohemia de París, donde, obviamente, nos narra una intensa historia de emociones, vivencias y deseos.

Muchos buscaran similitudes con Todos dicen I Love You, sobre todo por la presencia del protagonista principal que ambas tienen en común, Paris, pero es que además ésta es una historia sencilla, divertida y con el toque del anarquismo cómico del Allen de antaño.
Al igual que hace años el director dedicaba elogios a Manhattan, la ciudad de los amores de Allen, Midnight in Paris es una carta de amor a una ciudad que comienza con una cuidada presentación, con el jazz de fondo, donde vivimos la transición de la ciudad del día a la noche. Otro punto en común con anteriores películas es el protagonista, no por el actor, sino por el personaje en sí, el cual es un escritor con problemas : Gil, interpretado por Owen Wilson, alter ego de Allen que incluso adopta el pantalón clásico y la camisa típica del director. Nuestro protagonista se va de vacaciones a París con su novia, Inés (Rachel McAdams), y sus padres ricos y conservadores. Mientras Inés prefiere la compañía de sus padres o sus amigos, como Paul (Michael Sheen), un prepotente y creído académico, y su mujer Carol (Nina Arianda), Gil emplea su tiempo para intentar terminar el libro que espera que marque su transición, de famoso y completo guionista de Hollywood a un novelista de éxito.
Curiosamente, en sus paseos nocturnos en busca de inspiración es donde encuentra la base para su futuro, y mientras los personajes se mueven en La rosa púrpura del Cairo, aquí el protagonista sólo debe esperar a que un Peugeot clásico le recoja a medianoche para cambiar de década o de siglo. Ahí se verá introducido en increíbles fiestas de los años 20, a la Belle Epoque o al Renacimiento, con grandes personajes de la talla de Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Salvador Dalí (Adrien Brody) y Ernest Hemingway (Corey Stoll).
Todo ello podríamos decir que parece una locura y no se sabe como podría funcionar en una historia de Allen, pero el director lo resuelve con frescura, y es en esos viajes donde Gil logra el gran impulso que permite apartarle de la rutina de su crisis personal y logra sacar la parte más creativa de si mismo en el presente.
Los viajes en el tiempo sirven de metáfora a la necesidad que muchos tienen de regresar al pasado, de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, algo que sigue sucediendo decada tras decada, pero nunca nos planteamos si eso mismo les sucedería a las personas que viven en lo que, para nosotros, es la época dorada.
El reparto logra aportar veracidad a la historia, y los actores que dan vida a los personajes históricos lo hacen con una energía repleta de espíritu cómico que encajan perfectamente con Wilson en el papel del escritor que acaba perplejo en ese paraiso cultural. De hecho, Wilson logra apartarse de los típicos papeles de tontorrón para ofrecer su bis cómica más sobria, si eso puede existir, con una magnífica interpretación de novio inseguro que acepta con resinación los desprecios de sus suegros. A el le acompañan Marion Cotillard y Léa Seydoux, quienes son, de forma pasiva, las alternativas románticas de Gil en el pasado y el presente, mientras que Carla Bruni tiene un cameo algo escaso y poco relevante como guía turística. Pero está claro que de las tres me quedo con Marion Cotillard, que sigue encandilandome con su dulzura, su encantadora forma de mirar, hablar y bailar… Y qué decir de Adrien Brody, quien protagoniza una de las escenas más memorables de la película, que implica una pintoresca conversación entre Buñuel, Dalí y Gil, donde nos dejan ver las bases del genio que hay en cada uno de ellos.
Midnight in Paris logra funcionar como comedia, con un toque (o más de uno) de locura surrealista que sirve a Allen para realizar su particular homenaje a la capital francesa, y que mantiene un nivel de comedia elevado pues el director y el reparto parecen estar en la misma onda y Allen tiene como objetivo sorprender y divertir al espectador, con un estilo reconocible, pero que no cansa, y aporta su granito de arena al género de los viajes en el tiempo gracias a un París bajo la lluvia en una época que encandila.

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