‘El inocente’: Un tiburón con conciencia sigue siendo un tiburón

Las críticas de Carlos Cuesta: El inocente
Mick Haller (Matthew McConaughey) es un abogado de élite que representa a clientes adinerados, la mayor parte delincuentes, en Beverly Hills. Para él es más que un hábito, una forma de vida, moverse entre los resquicios de la ley y aprovecharse del sistema judicial para conseguir sus objetivos. Su moral flexible es uno de los motivos de su mala fama entre el resto de letrados y la Policía y, seguramente, una de las causas de su matrimonio fallido.
Esta es la carta de visita del protagonista de El inocente, una película de Brad Furman (The take), que arranca con una fórmula conocida que pretende a la vez presentarnos al personaje y deslumbrarnos con su rostro apuesto y su talante profesional desvergonzado, resolutivo y triunfador.
De esta manera, el arranque de esta película bucea sin miramientos en el estereotipo y nos introduce en la trama con evidentes esfuerzos por modelar a un personaje, hacerlo más humano, vulnerable y menos predecible  y rescatarle así del cliché, e incluso llega a conseguirlo.

El conflicto que hace que Haller pierda el equilibrio llega de la mano de un agente de fianzas que le pone en bandeja un caso relativamente sencillo que le brindará importantes beneficios. Se trata de un supuesto caso de agresión por parte de un niño rico procedente de una popular familia de administradores de propiedades.
Ryan Phillippe (Crueles intenciones, Sé lo que hicisteis el último verano) encarna a Louis Roulet, un joven que se niega a declararse culpable de una agresión frustrada a una prostituta y que buscará los servicios de Haller para salir absuelto. El desarrollo del caso demostrará que hay algo inconfesable en los motivos por los que Roulet ha escogido a su abogado.
El camino para conocer ese secreto, el proceso judicial, los turbios nexos con un anterior caso del abogado y los riesgos que entraman para Haller representar a su cliente se asentarán sobre una premisa que el letrado interiorizó a través de las palabras de su padre: ¿Puede un hombre con conciencia perdonarse el no haber conseguido defender a un hombre inocente?
El inocente nos suena a otras cosas que ya hemos visto acerca del grillete que puede suponer la confidencialidad entre el cliente y su representado, y también sobre las ingeniosas formas que un letrado astuto y carismático tiene para burlarlo. Es una lástima que en esta película el desarrollo se plantee de una forma predecible, aunque el nudo del film es capaz de presentarnos varios giros sorprendentes y de dejar sin explicación explícita los suficientes hilos como para que la trama y su desenlace puedan parecernos interesantes.
Sin duda, el personaje de McConaughey termina siendo uno mucho más completo que el guaperas bidimensional que nos presentan los primeros veinte minutos y su evolución nos permiten concluir que pese a la conciencia que se le supone, sus rutinas depredadoras se han asentado dentro de él lo suficiente como para que no pueda evitar desplazarse en una zona de grises morales vedada a las personas más corrientes.
Si debemos mencionar a otros personajes no podemos obviar a Marisa Tomei como su ex mujer, con la que tiene una hija en común. Se nos presenta como un ligero equilibrio a la conciencia del protagonista, pero el hecho de que demasiadas cosas entre ellos se expliquen con una borrachera que reduce la responsabilidad de sus actos resta credibilidad e interés a lo que ocurre entre ellos.
Laurece Mason (el Tin Tin de El cuervo de Alex Proyas) repite con Furman tras The take, al igual que John Leguizamo, y lo hace para interpretar al chófer de este abogado que despacha sus asuntos en un vistoso automóvil Lincoln. Mason es como una extensión del abogado que nos demuestra que es capaz de relacionarse con los bajos fondos, que es capaz de moverse con soltura en ellos.
Propuesta entretenida basada en una novela de Michael Connelly, a ratos capaz de transportarnos a la intriga y a la angustia, y que como el abogado se vale de trucos sucios para resolver un trama interesante pero que litigia demasiado con la evidencia y los lugares comunes y deposita sobre los hombros de McConaughey más peso del que un personaje como el suyo puede soportar durante el transcurso completo de una película.

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