‘El último exorcismo’: El proyecto del exorcismo de Nell

Las críticas de Óscar M.: El último exorcismo

Esta época de escasez de ideas, de recreaciones y remodelaciones de cosas ya hechas está dejando películas realmente aberrantes para la historia del cine. Si no teníamos bastante con los remakes y reinicios de las sagas de hace sólo cinco años, ahora intentan vendernos una nueva versión de El proyecto de la bruja de Blair, donde en lugar de buscar una bruja se intenta exorcizar a una adolescente.
El último exorcismo cuenta la historia del hijo de un reverendo de un pueblo del interior de Estados Unidos, Cotton Marcus (Patrick Fabián), que, tras una crisis de fe, se dedica a ir “exorcizando” a aquellos que se creen poseídos por algún demonio. En la mayoría de los casos la posesión resulta ser tan falsa como el exorcismo. Un equipo de reporteros, formado por una periodista (Iris Bahr) y un cámara, acompañarán a Marcus a estudiar el caso de Nell (Ashley Bell), una joven que cree estar poseída por un demonio.

La película está rodada en forma de falso documental con cámara al hombro, como ya lo estaba El proyecto de la bruja de Blair, y presenta los mismos defectos que aquella: planos desenfocados, cortes abruptos y movimiento exagerado de la cámara en las carreras por el bosque; pero también las mismas virtudes: transmite mucho realismo, desasosiego e intriga.

Sin embargo, este cruce entre El proyecto de la bruja de Blair y El exorcista tiene un error bastante evidente: cuando lleva una hora de metraje, el falso documental se convierte en película, y no porque se cambie la forma de grabación, sino porque empiezan a aparecer insertos de planos que sería absurdo que el cámara grabase (como los exteriores de la casa durante la noche o conversaciones entre los protagonistas) en ese punto de la historia.
Como buena heredera de El exorcista tiene todos los ingredientes que tuvo la película original en 1973: vómitos, sangre, blasfemias, giros de cabeza, objetos que se mueven y saltos y posturas corporales imposibles. Los guionistas (Huck Botko y Andrew Gurland) y el director (Daniel Stamm) no han escatimado ni se han avergonzado en plagiar la historia del exorcismo de Reagan (en la película original) y trasladarla a una granja apartada de la civilización para crear más tensión en el espectador.

Y éste es el único punto a su favor que tiene la película, la primera hora está muy bien escrita y montada, y el falso documental atrapa muy rápido e interesa al espectador hasta el punto de que parece tratarse de un documental verdadero y quiere ver si la posesión es real o no (son especialmente destacables los monólogos del reverendo a la cámara, donde explica sus trucos y cómo los realiza para conseguir el efecto deseado en el sujeto en cuestión).

Como buen falso documental las interpretaciones son extremadamente importantes, y en este caso son especialmente destacables el trabajo de los dos protagonistas, tanto de Patrick Fabian (que interpreta al reverendo) como de Ashley Bell (la adolescente poseída); sus estupendas interpretaciones transmiten un realismo extremo, incluso cuando exageran o fingen sobreactuar y aportan la fuerza necesaria como para hacer creíble la historia. Ésto unido al inteligente y escaso uso de la música hace crecer la tensión durante la primera parte de la película a pesar de que prácticamente no sucede nada realmente terrorífico.

Sin embargo, la última media hora resulta obvia y evidente, además de las pistas que dan durante el propio metraje, el final resulta ser predecible, precipitado y bastante similar al de El proyecto de la bruja de Blair. Y es muy probable que tanto el director como el productor (Eli Roth) lo hayan hecho a propósito, para arrastrar el éxito obtenido por [REC], a la cual le deben también mucho argumental (por el tema de las posesiones y del uso de la antorcha de la cámara) y técticamente (ya que básicamente está rodada de la misma forma).

A pesar de que esta película dará al público lo que van a buscar, es deseable que, tal y cómo reza el título, éste sea “el último exorcismo” y no continúe la idea de mezclar géneros, estilos y temáticas de diferentes películas, porque sólo conseguirán que el público deje de acudir a las salas a ver refritos sin personalidad propia como éste.

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