‘Código fuente’ = ‘Atrapado en el tiempo’ + ‘Déjà vu’

Las críticas de David P. “Davicine”: Código fuente

Una y otra vez se repite el mismo día, las mismas personas a tu alrededor pero acontecimientos distintos dependiendo de tus actos, los cuales puedes variar a tu gusto, a expensas de un “nuevo mismo día” en el que corregir tus errores. Bajo esas premisas podríamos estar hablando de la célebre Atrapado en el tiempo, donde Bill Murray vivía una y otra vez el día de la marmota. Ahora bien, si quitamos a Murray situando en su lugar a Jake Gyllenhaall, quitamos el humor y lo transformamos en acción, y suprimimos el amor de una mujer por la salvación de miles de personas, estamos ante Código fuente, la nueva joya de Duncan Jones.

De hecho, puede que la película se oriente un poco más hacia el Déjà vu de Denzel Washington por la forma de presentarnos la realidad alternativa, así como la sensación de thriller que  nos mantiene en vilo durante todo su metraje, pero siempre es mayor el peso de Murray que el de Washington .
Anadie sorprende que citemos a su director por su nombre, y no por como era conocido antes de su anterior película, Moon, momento en el que todos decían de él que era el hijo de David Bowie. Y efectivamente sigue siéndolo, ya que es algo que no se puede cambiar a excepción de una prueba de ADN que diga lo contrario, pero sí que ha cambiado la forma en la que nos referíamos a él, pues ya con Moon nos sorprendió a todos con un viaje al espacio, pero más aún con el viaje a la mente de su protagonista, similar al viaje al que aquí nos traslada, en el que un hombre debe averiguar donde está, en que mundo vive, distinguiendo realidad de “código fuente”.
Quizás Moon, superada la visión de la misma como un homenaje a la ciencia ficción de los setenta, nos ha quedado grabada en la retina por los laberintos de la conciencia que nos mostraba del astronauta protagonista, de la misma forma que Código fuente supera la evocación a Atrapado en el tiempo, e incluso a Déjà vu, para mostrarnos una magnifica estructura narrativa de reiteraciones que no acaban provocando pesadez, apoyándose en una dosificación de los tiempos para ir hacia el crescendo.
Esta película parte de una sencilla trama, nos presenta a Gyllenhaal en el papel de Colters Stevens, quien se despierta en un tren dentro del cuerpo de otro hombre con la misión de averiguar donde hay una bombre y quién es el terrorista que la ha colocado en el vagón en el que él viaja. Todo ello debe averiguarlo en ocho minutos, pero ocho minutos que puede revivir una y otra vez hasta cumplir su misión y evitar, de esta forma, un segundo atentado.
Es interesante ver como nos van descubriendo, a la vez que al protagonista, los detalles de la misión, pero no quieren que nos enteremos de los motivos del atentado inicial, siendo algo que queda en el olvido para centrarse en la identidad del culpable.
En lo que respecta al reparto, no es que sean las mejores interpretaciones del año, a pesar de haber demostrado cada uno de ellos, de forma independiente, su saber hacer, pero queda claro que no es el formato de película idóneo para el lucimiento profesional de los actores, así como las exigencias del director, que no estaban demasiado orientadas hacia ellos. Aún así, Gyllenhaal, logra hacernos creer que realmente duda de lo que ve,  sufre con los “viajes en el tiempo”,  y tiene temores del pasado que se le repiten en este presente…y junto a él tenemos a dos actrices de moda, como son Vera Farmiga, a quien ya vimos con George Clooney en Up in the air, y es una lástima que le hayan dado un rol tan soso, además de Michelle Monaghan, protagonista de Mision Imposible III.
Estamos ante una pequeña película de género que parte de unas premisas que la ciencia ficción literaria lleva empleando desde tiempos inmemoriables, y que ahora conserva exactamente el mismo mensaje, añadiendo un toque apasionado, que sin llegar a ser un sermón busca que la gente despierte y deje de dar por sentadas las cosas que suceden en sus vidas.

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