‘Vidas pequeñas’: Adversidad ingenua, poética y divertida

Las críticas de Carlos Cuesta: Vidas pequeñas

Llega a las carteleras la entretenida película del argentino Enrique Gabriel Vidas pequeñas, título que nos acerca una típica historia de vidas cruzadas con muchos protagonistas que comparten varios puntos en común: ser personas de condición humilde o venidas a menos que habitan en un camping junto a una urbanización de postín.
El hilo conductor o el motivo para acercarnos a ellos es el fracaso de una galerista y diseñadora de moda interpretada por Ana Fernández, quien se ve obligada a cerrar su negocio y ve como los acreedores le persiguen, los bancos le cancelar las tarjetas y sus propiedades le son embargadas. Acude a su madre en busca de ayuda, pero la condescendencia que recibe en el trato hace que el orgullo pueda más y se busque la vida por su cuenta.

Termina por emborracharse en el bar de un centro comercial donde conoce a un artista de calle (Roberto Enriquez, uno de los protagonistas de La señora e intérprete en la secuela sobre la República) que la conduce hasta el camping, allí percibirá y sufrirá el contraste con la buena vida que ha vivido hasta ahora y se escandalizará de las condiciones de vida de unas personas que en principio le parecerán grotescas y a las que se irá acercando poco a poco.
Divertidos diálogos de unos personajes que interpretan bien una historia tópica y de desarrollo previsible pero que consigue despertar risas en muchas ocasiones. Las conversaciones pueblan una producción que no se hace nada pesada y se permite pequeñas joyas como la interpretación de Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina (que si no son pareja en la serie Gran reserva, aquí son incluso un matrimonio desavenido). Algunos de los textos más mordientes les corresponden a ellos.
Los personajes son bastante curiosos, una madre soltera, dedicada a las estética y la depilación que se ve obligada a trasladarse a una caravana y que oculta a sus conocidos el hecho de que vive en ese lugar, y a la vez padece el trauma de una niña que no da un palo al agua pero se queja de la dureza de la vida, mientras ella soporta su soledad (a Alicia Borrachero le corresponde un buen papel que ella agradece con una interpretación a la medida); una charcutera harta de los chanchullos de un marido manirroto; una familia de feriantes; un dramaturgo venido a menos casado con una periodista que escriba artículas y libros sobre cómo conseguir la felicidad pero que no puede ser feliz; un transportista en continuo piquete; un cantante de variedades ruso que pasea solitario con su perro; un artista de calle que se sienta a hacer figuradamente sus necesidades mientras lee un periódico sentado retrete de color morado.
Una buena colección de interpretaciones de actores bien conocidos del cine español que flojea en lo ingenuo de la trama y en los repetidos intentos de la modista y el artista de hacernos partícipes de unos diálogos excesivamente grandilocuentes. Ana Fernández, yo no sé si con motivo de un redoblaje, o de qué, no parece nada natural cuando interpreta, y Enríquez es desigual en el nivel de unas aparaciones con muchos momentos aprovechables. Cine sin complicaciones, para echarse unas risas y disfrutar un poco con una historia que no trascenderá pero que puede servirnos para pasar un rato entretenido.

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