‘La herencia Valdemar’ recupera el inquietante terror cósmico de Lovecraft

Las críticas de Carlos Cuesta: La herencia Valdemar
  
La sensación es indescriptible, pero te transporta a un recuerdo de la infancia, cuando uno descubre que hay algo más allá de un espejo o cree tener motivos para temblar cuando percibe un rumor que responde desde la oscuridad impenetrable. La realidad se impone y la sociedad concede que todos esos temores son fruto de la imaginación, pero uno siente en su mente un picor que no acaba de marcharse. La sospecha de que la corrupción humana es sólo la proyección de algo más siniestro, la sombra de un mal.
La Herencia Valdemar es una película que logró arrancarme ese sentimiento, el gusto por las historias de terror cósmico de H.P. Lovecraft en torno a los mitos del dios primordial Cthulhu, gracias a una ambientación y una banda sonora que respaldan una apuesta narrativa interesante en torno a una casa victoriana que arrastra un secreto asociado a una tragedia.
La trama de la película nos cuenta las problemas de una misteriosa compañía por tasar una casa victoriana única en España y todo su contenido ante la inminencia de una subasta. La desaparición de sus técnicos les hace sospechar un expolio y se ven obligados a llamar a otra profesional que acuda a la mansión. En aquella inquietante estancia Luisa Llorente (Silvia Abascal) sufrirá un aterrador encuentro del que logrará huir, pero quedará retenida por los mismos trabajadores de la finca que la ayudaron a escapar.
La empresa contratará entonces a un investigador (Óscar Jaenada) para que resuelva el caso extraoficialmente. Para ayudarle en su tarea, la propia presidenta de la Fundación Valdemar le contará la leyenda que hay detrás de la casa, la historia de amor y desgracia del matrimonio Valdemar por acercarse a las fuerzas ocultas y desatar un mal insospechado.
La historia que nos ofrece el director José Luis Alemán está contada en un inicio en el momento presente pero regresa al pasado y conocer el idílico amor de una pareja que perderá su vida feliz por la ambición de terceras personas. Ese retorno al pasado será el grueso de toda la película, en un relato que en mi opinión debería haber intercalado mejor el tiempo presente con el pasado para lograr un mayor equilibrio en la forma en que cuenta una historia muy vívida, apasionante, misteriosa, tétrica y atrayente que va instalando en nuestro interior la angustia de un descalabro anunciado.
Película a la que, de todos modos, encuentro un gran pero, y me molesta mucho decir que ese pero son los actores. La mayor parte de los intérpretes no ofrecen la  naturalidad que reclama la historia e insisten en recitar más que en interpretar el papel para el cine. Quizá dan de sí mismos lo necesario con sus gestos y sus expresiones pero su locución suena en exceso fingida, falsa.
No me convence el papel de Silvia Abascal, y el exceso chulesco de Jaenada con el que se quiere reflejar la profesionalidad del investigador es un intento fallido. Daniele Liotti  y Laia Marul en los papeles protagonistas que encarnan al matrimonio emocionan sólo gracias a la inercia que transporta el peso literario de la historia. También cabe recordar que en esta película Paul Naschy nos regala su actuación póstuma como el sirviente del matrimonio Valdemar en un papel que sobre el que no tengo nada que objetar. Breve presencia también de Eusebio Poncela, gran actor que interpreta al máximo responsable de la empresa tasadora, detrás de la que hay mucho más, el presuntuoso Maximilian.
La música de Arnau Bataller es el mejor protagonista de una película que logra convencer gracias a su fotografía, sus escenarios y los efectos visuales, lo que permite atraer el interés hacia la segunda parte de esta película, que hoy mismo se estrena en los cines de España bajo el título de La herencia Valdemar II: La sombra prohibida, con el reclamo de la aparición de la figura de Cthulhu como uno de sus principales alicientes.

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