55 SEMINCI. Quinta Jornada (V), ‘Die fremde’: Pura empatía hacia una mujer valiente que desea ser feliz

Las críticas de Carlos Cuesta: Die fremde (La extraña)

La buena actuacíón general de todo el elenco de Diem fremde (La extraña) es una de las claves para entender la buena sensación y la solidez de una película que nos revuelve en el asiento, reacción motivada ante la incompresión general de casi todos los personajes hacia una mujer por el mero hecho de buscar su independencia y su felicidad, más allá de la dominación de un marido que la maltrata, la desprecia y la hace infeliz.
Umay es una chica turca atrapada en un matrimonio frustrante que le ha dado, sin embargo, el gozo de un hijo al que adora, pero se encuentra en una situación en la que no desea nada más del hombre con el que se casó. Tal es así que la película comienza con un aborto que oculta a su marido. Harta del maltrato y de la rudeza de este individuo, decide regresar a Alemania, donde reside su familia, para esconderse de él, con la intención de no volver.
Aunque en principio parece que su madre, su padre y su hermano menor serán un refugio para esta situación, la mentalidad tradicional de todos ellos, también de su hermana menor y de su hermano mayor, la sumirán en la soledad más profunda, cuando todos ellos se apeguen a un retorcido sentido del honor, el respeto, de la responsabilidad y la culpa y no encuentre apoyo en ninguno de ellos. Aunque todos conocen los maltratos, lo justifican porque conciben a la mujer como una propiedad de su marido.
El honor familiar y el respeto social se impondrá por encima de la felicidad de una hija o de una hermana. Todos ellos la mirarán como la mujer que les pone en ridículo ante su comunidad, como si fuera una puta, cuando sólo es una mujer con el deseo y la necesidad de ser feliz, que transmite valentía, arrojo e integridad a la hora de perdonar y seguir buscando el apoyo y el amor de sus parientes, a pesar de que, en un momento dado, tenga que recurrir a la policía para escapar de ellos, y buscar un trabajo e incluso una casa de acogida para vivir.
Dureza e incomprensión bien expresada a través de unos diálogos vivos y a veces descarnados e hirientes que nos empujan irremediablemente hacia la empatía para con el personaje de Umay (Sibel Kekilli, simplemente adorable), quien hace una brillante y conmovedora actuación. Una empatía que se repite cuando en un momento de la película parece encontrar de nuevo el amor y el espectador siente alegría por ella. Todos estos elementos nos permiten hablar sin dudarlo del éxito del primer largometraje de ficción de la vienesa (Feo Aladag). Seminci apuesta, arriesga y gana con la inclusión de la ópera primera en su Sección Oficial.
Muchos momentos crudos (los necesarios y adecuados) en una película que podría ser más rápida y fluida para conseguir que esta experiencia y la denuncia que trae consigo fuera menos agotadora y que (ojo que viene un spoiler) debería permitirse la concesión de un final feliz, que habría cumplido igual de bien o mejor con la denuncia que nos expone, y que hubiera dejado al público un mejor sabor de boca y, porque no decirlo, un poco de felicidad y esperanza.

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