55 SEMINCI. Cuarta Jornada (II). ‘Pájaros de papel’: Qué triste es la vida del comediante

Las críticas de Carlos Cuesta: Pájaros de papel
Éxito en la proyección de Pájaros de papel en la sección Spanish Cinema de la 55 Semana Internacional de Cine de Valladolid. Un público predispuesto de diferentes generaciones presenció la película dirigida por el polifacético y magnífico Emilio Aragón, quien nos presenta una producción que muestra todo lo bueno y parte de lo malo del cine español, pero con una prevalencia notable de lo primero.
La trama de la película nos sitúa en el Madrid de la Guerra Civil y la Posguerra para mostrarnos la vida de los actores teatrales de variedades y el drama particular de Jorge del Pino (Imanol Arias) artista y parte activa de la resistencia antifraquista, que se retirará de la vida pública, de esa faceta opositora al régimen y temporalmente de los escenarios, después de perder a su mujer y a su hijo en un bombardeo.

Tras un flojo arranque que parece abocarnos a una producción edulcorada y pastelona (y de apariciones de secundarios con una única frase que no llega al mínimo de interacción necesaria), el bombardeo y la terrible tragedia del protagonista provoca un cambio de registro en el personaje interpretado con coraje, maestría y talento por un incuestionable Imanol Arias que mantiene en pie una producción arriesgada, entrañable, entretenida y sincera.

Lluis Homar encarnará al incondicional compañero de Jorge del Pino, y asistirá con relativa solvencia al protagonista (lo siento por él, pero es que Imanol Arias es todo un eclipse) al interpretar el papel de un artista siempre en la mirada de las autoridades franquistas por su tendencia homosexual, que apadrinará la carrera de un despierto niño (Roger Príncep) que ha perdido a sus padres y que es maltratado por su padre adoptivo.
El papel del niño chico traerá algunos de los momentos más cómicos y tiernos, y aunque en un primer momento recibirá iras y desplantes por parte de Jorge del Pino, quien atosigado por su pasado no quiere recordar en aquél al hijo que perdió. La reacción del artista hacia al menor es uno de los puntos claves del personaje de Imanol, que sorprende por su dureza y por su carácter. El niño, Miguel, quien encarna muchos de los recuerdos infantiles del propio padre de Emilio Aragón, será el nexo clave de Jorge del Pino con su parte más humana y su esperanza y será el hilo conductor de toda la historia ante nuestros ojos.
De hecho, el niño será clave en algunos de los diálogos sagaces, llenos de sentido, hábiles y me mojo en decir que muy graciosos. Una comicidad que roza lo negro en algunos puntos y en los que se reconoce al realizador, y lo mejor del humor español tan característico.
Mención especial y aparte merece el papel descarado, orgulloso, natural y de carácter de la cupletista encarnada por Carmen Machí, muy del agrado del público. Un papel difícil que resuelve como ella sabe y que entraña el esfuerzo añadido de unos números musicales a los que la actriz aporta una gracia y una credibilidad muy de admirar, como también es necesario destacar el papel de Fernando Cayo como capitán del ejército y azote de los artistas sospechosos de colaborar con los pro republicanos. Sorprendente en muchos sentidos. La relación de los artistas con el ejército, a veces violenta y siempre descarnada, dará lugar a algunos de los momentos más tensos y a varios de los duelos dialécticos más cuidados y despiertos.
Pero no podemos dejar fuera un mención al buen papel de Luis Varela, el productor teatral, que nos recuerda al camarero que interpreta en la serie 7 Vidas; el personaje de José Ángel Egido como alcalde profranquista que contrata al grupo de actores, y que se gana al público con las caras de asombro y circunstancias y admiración hacia la cantante Rocío Moliner. Lo siento por Oriol Vila, quien hace las veces de militar infiltrado entre el grupo de artistas, pero su falta de naturalidad lastra alguna de las escenas clave de una película que necesitaba una actuación de más peso para momentos tan críticos.
Emotividad, humor, incluso algunos momentos de tensión e incertidumbre que generan lo que el cine tiene que generar. Se trata de una apuesta de riesgo de Emilio Aragón, con una banda sonora del propio artista que refuerza esa emotividad, grabada por cierto en nuestra tierra, en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid, con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León como soporte. Una producción recomendable con más de una sorpresa.

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