‘Los crímenes de Oxford’: Cine español a la americana

Las críticas de Carlos Cuesta: Los crímenes de Oxford

Ayer os contábamos en el blog que al fin ha llegado a Estados Unidos la película de Álex de la Iglesia Los crímenes de Oxford, basada en la novela de Guillermo Martínez ganadora del Premio Planeta en el año 2003. Tuve la oportunidad de verla la semana pasada, así que os contaré mis sensaciones acerca de esta coproducción hispano-británica.

La película nos relata cómo se le complicará la vida a un joven americano doctorando que se traslada a Oxford para tratar de conseguir que el afamado profesor de lógica Arthur Seldom dirija su tesis. Se hospedará en una casa propiedad de viejos conocidos del profesor, la mujer de un amigo de Seldom, y la hija de aquélla. El joven, que se mostrará en principio muy optimista, tratará de llamar la atención del docente durante una de sus clases magistrales, pero chocará de lleno con su autosuficiencia y su carácter, contrastada por otros personajes que le conocen y que tiene múltiples motivos para desearle mal, bien sea por la indiferencia que les muestra o por viejos rencores sentimentales.

El joven decide desistir de su intento y volver a Norteamérica, sin embargo, ambos coincidirán en la casa en la que se hospeda cuando Seldom acuda a ver a su amiga. La señora se encuentra muerta en el salón de su casa y todos se vuelven de pronto sospechosos. Parece que el propio Seldom podría llegar a tener también motivos para estar implicados, pero la cuestión es que el joven Martin y el profesor colaborarán para solucionar estos misterios, teniendo como base los mensajes de un posible asesino en serie que va revelando detalles de su siguiente asesinato en fragmentos de papel que continúan una serie lógica. Quedarán por conocer entonces la identidad del asesino y el motivo de sus actos.

Un interesante punto de partida que se quiebra de golpe en el momento en que ambos personajes hallan el cadáver de amiga y casera, respectivamente, pero parecen inmunes a todo tipo de reacción emocional y acto seguido, comienzan a resolver como máquinas sin sentimientos el enigma que se plantea ante sus ojos. Una inverosímil reacción que lastra el interés posterior del espectador ante la infantil respuesta de ambos.

Las reacciones entre personajes se hacen chirriantes por aceleradas, se transforman sin un desencadenante y de ellas se nos muestran en muchos casos momentos intrascendentes. Es el caso de la relación amorosa que surge entre Lorna (interpretada por Leonor Watling) y el joven estudiante (Elijah Wood). El hecho de que ella haya tenido previamente un romance con el profesor genera un interesa foco de celos en el joven, que pretende no sólo superar al maestro intelectualmente, sino también como amante. Esta fuente de frustración está mal explotada en la historia, y es poco creíble tanto en la forma en que se origina como en la forma en la que evoluciona y finaliza.

La actuación de estos dos actores es discreta, pero más destacada es la John Hurt al encarnar al profesor en un papel envidiable en torno al cual gira la trama y que el actor sabe sostener, pese a ese momento inicial en el que hallan el cadáver.

Los minutos van pasando y ellos van haciendo cábalas matématicas y lógicas mientras las personas normales nos preguntamos qué está ocurriendo y cuánto queda para que deje de ocurrir. La exaltación de sus egos, la profusión de documentación matemática, interesante hasta que deja de serlo, y la demostración de su inteligencia eclipsan una historia, un misterio y unas claves que sólo se revelan cuando ya es demasiado tarde. En el momento en el que la historia nos permite ser partícipes de forma real (y no sólo para aplaudir la inteligencia de los protagonistas) el interés se despierta al ver las posibles motivaciones del asesino, la posibilidad de detenerlo, lo oscuro de sus intenciones, más allá de lo que ellos creen un intento de mostrar su valía al profesor.

La falta de ritmo es el fallo fundamental de una producción valiente de la que muchos directores españoles deberían aprender. La estética de toda la película es fantástica y la presencia de actores de diferentes nacionalidades dentro de una producción española es inusual, sobre todo por la calidad de los mismos, aunque no lleguen a dar el cien por cien de ellos mismos. La vistosidad en la imagen y una banda sonora cargada de intención dramática, así como el escape por parte del director de las temáticas típicas del cine español es muy de agradecer.

Creo que la película recaudó en España más de 8.200.000 euros, suficiente para hacer frente a los gastos de producción, cifrados en ocho millones, lo que sumado a la recaudación de casi 3 millones en Francia permite además pagar la promoción y conseguir una buena tajada después de haber pagado unos cuantos sueldos, y eso que ahora toca el mercado americano que sumará otro tanto. Esto quiere decir que el riesgo tiene premio, y que el cine español, tan asustado a lo diferente, y tan anclado a un erróneo concepto del cine de autor, debería seguir el ejemplo de Álex de la Iglesia, al menos en la valentía, porque la ejecución, en este caso, dista bastante de la calidad de la que él a demostrado que es capaz.

El público se deja fascinar con los enigmas y las trampas, los misterios y los crímenes, pero no de cualquier manera. Los crímenes de Oxford fue líder en taquilla en España ya sólo con el hecho de mostrar algo diferente. Si ejemplos como éste fueran más extendidos, nuestro cine nacional evolucionaría de una forma notable y podríamos empezar a hablar de una verdadera industria del cine en España y no sólo de las películas que se hacen en España.

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