Cuaderno de la 71 Seminci: Día 7. De traumas de guerra, funcionarios sin carisma y gestión del duelo en Tenerife.

Las crónicas de José F. Pérez Pertejo en la 71 SEMINCI

Día de transición en la Seminci en la que el nivel cinematográfico de la sección oficial ha decaído bastante con respecto a lo visto hasta ahora. Las salas se siguen (casi) llenando y muchos espectadores han conseguido hacer con sus teléfonos algo más desagradable que hacerlos sonar durante la proyección y es hacerlos caer. ¿Tan difícil es guardar el teléfono móvil en el bolso, en el bolsillo del pantalón o en cualquier sitio para evitar que se caiga durante la proyección provocando un sobresalto general? Y ya que he sacado el apartado de quejas, ¿podría alguien explicarle a algunas señoras (lo siento, son señoras) que utilizar el abanico en el cine molesta al resto de los espectadores? Sí, lo que oyen. Sacudidas y agitación de abanico como si estuviéramos en misa de doce un domingo de agosto. Ocurrió ayer por la noche y ha vuelto a ocurrir hoy por la tarde en el Teatro Calderón. Dejemos de despotricar y vamos con las películas del dia (con las que también despotricaré).

Mr. Nelson, Did You Kill People (Shinya Tsukamoto, 2026) 

Hay varias películas en Mr. Nelson, Did you kill people? y ninguna es buena. La primera es una historia de redención humana contada burdamente y de la forma más simplista posible. El Sr. Nelson al que alude el título es Allen Nelson (Rodney Hicks), un veterano de la Guerra de Vietnam que, cuando se inicia la película, ha caído en la mendicidad, vive en un trastero destartalado y come de la caridad de una vecina y de lo que roba en un supermercado.

La segunda es una película bélica, del subgénero Vietnam, con secuencias de extrema violencia que bebe de otras películas que están a años luz en lo cinematográfico como Apocalipse Now (F.F. Coppola, 1979) o Platoon (Oliver Stone, 1986). La diferencia aquí es que todos los soldados que están en la primera línea de fuego son afroamericanos (aunque se menciona que también había hispanos y blancos pobres).

En tercer lugar, tenemos un drama familiar, el que viven Allen y su esposa Linda (Tatyana Ali) con sus hijos permanentemente en alerta por la inestabilidad psicológica de su padre que sufre un Trastorno de Estrés postraumático (TEPT) tras la guerra que le somete a fuertes cambios anímicos, alteraciones del sueño y tormentosas reviviscencias. La convivencia familiar es difícil a pesar de los esfuerzos y la comprensión de Linda y hay secuencias de mucha tensión y dramatismo.

En cuarto lugar tenemos una película de terapia psicológica con un montón de secuencias muy reiterativas entre Allen y su terapeuta el Dr. Daniels (Geoffrey Rush) en las que Allen revive los peores momentos de su estancia en Vietnam. En estas secuencias de entrevista terapéutica se inserta la película bélica. Hay cierta evolución en las emociones de Allen hasta que el Dr. Daniels le hace llegar al quiz de la cuestión ¿por qué matabas gente?

Y en quinto y último lugar, tenemos un biopic, pues el Sr. Nelson existió en realidad y durante los últimos años de su vida se dedicó a ser a activista por la paz, conferenciante y viajar por el mundo hablando de su experiencia en Vietnam. Fuera de Estados Unidos, se convirtió en un personaje muy popular en Japón donde ofreció su testimonio en más de mil ocasiones entre 1996 y 2008, trasladó su domicilio y finalmente reposan sus restos tras su fallecimiento en 2009 víctima de un mieloma múltiple vinculado con su exposición al Agente Naranja durante la guerra.

Así contado, el film puede parecer, a priori, muy atractivo. Y tiene mimbres y material dramático para serlo. ¿Cuál es entonces el problema? Pues que lamentablemente, su director, el japonés Cua, lleva la narración por un circuito caótico, las consultas con el psicólogo no tienen profundidad alguna y son un mero vehículo para justificar los flashbacks de guerra, las escenas familiares son excesivamente gritonas y todo, absolutamente todo, es reiterativo y machaconamente subrayado por una realización enfática e hiperventilada que abusa de los primeros planos y de las colocaciones de la cámara en lugares imposibles (los bajos de un coche, por ejemplo).

Algunas secuencias, como la del abrazo de los niños en la guardería provocan auténtico sonrojo y toda la parte final del film está muy edulcorada. Sin embargo, el momento más interesante del film, el de su primer discurso ante la clase de su hijo mayor, se nos hurta y no podemos escucharlo, sencillamente vemos su rostro y las reacciones de los estudiantes mientras escuchamos una música bastante intrusiva.

Todo es excesivo y tremendista, incluida la interpretación de su protagonista Rodney Hicks. Lástima. Mr. Nelson, did you kill people? es una oportunidad perdida para haber hecho un film antibelicista cargado de humanidad y autenticidad.

Un hombre de nuestro tiempo (Emmanuel Marre, 2026)

El director francés Emmanuel Marre, tras descubrir la existencia de unas cartas familiares intercambiadas entre sus bisabuelos Henri y Paulette Marre, consideró que ahí había una historia que merecía ser contada y decidió escribir un guion y filmar una película centrada, fundamentalmente, en su bisabuelo Henri, un ingeniero y consultor de 49 años arruinado que en 1940, durante la ocupación alemana de parte de Francia y la instauración del gobierno de Vichy regido por el Mariscal Pétain en la Francia “libre”, consiguió un trabajo como funcionario en el Ministerio de trabajo desde el cual trató de medrar y poner en práctica sus teorías políticas y laborales expuestas en su libro “Notre Salut” (Nuestra Salvación).

Hasta aquí todo bien. Si Emmanuel Marre quiere contar la historia de su bisabuelo porque considera que es lo suficientemente interesante y que, a partir de ella, puede abundar más sobre un periodo oscuro de la historia de Francia está en su perfecto derecho. Lo que no tengo ya tan claro es que pueda y deba hacerlo con 158 largos minutazos de película filmada cámara en mano con cierta estética de videocámara de los noventa, disfrutando con los anacronismos musicales (¿en serio el Life is Live de Opus en plena manifestación de 1941?) y poniendo en práctica libertades creativas con las que, probablemente, pensará que es muy “cool” pero que resultan, mayormente, estomagantes.

El caso es que no hay pulso ni tensión narrativa. La primera hora de película es farragosa argumentalmente y para los que no estén (estemos) muy al tanto de ese periodo de la historia de Francia puede resultar incomprensible. Henri (Swann Arlaud) es un tipo gris, mediocre y ambicioso de la manera más lamentable posible: sumiso de sus superiores y adulador de Pétain hasta la náusea hasta el punto de hacer a la gente ensayar un ¡Viva el Mariscal! para recibir la visita de Pétain a Limoges. He soltado mi única carcajada cuando un compañero del Ministerio le ha recomendado no hablar con tanto fervor del Mariscal porque se van a pensar que es gilipollas. Y un poco debía serlo porque a la hora de elegir secretaria, elige a la peor candidata de entre las que se le presentan; a la hora de ponerse en una foto de esas en las que un político debe lucirse, no es capaz de encontrar posición y aparece tapado. En fin, un desastre de tío.

La cosa mejora un poquito cuando se reúne con él su familia en Limoges y aparece el personaje de su mujer, Paulette (Sandrine Blancke), que aporta un poco de sensatez. Está claro que Emmanuel Marre no quiere ensalzar demasiado a su bisabuelo (hacerlo sería, probablemente, ensalzar los valores de Pétain pegados al más abyecto colaboracionismo con los nazis), pero la pregunta entonces es ¿valía la pena realmente contar esta historia? y si la respuesta es que sí, que podría aceptarlo, se me ocurre una segunda ¿era necesario hacer pasar a los espectadores 158 minutos en la compañía de un tipo tan poco carismático?, para esta segunda pregunta ya me costaría mucho aceptar un sí.

Everytime (Sandra Wollner, 2026)

No he visto las dos primeras películas de la realizadora austriaca Sandra Wollner, así que me he enfrentado a la proyección de Everytime sin saber muy bien qué me iba a encontrar, aunque sabía que había sido la ganadora de la sección Un Certain Regard del pasado Festival de Cannes, lo cual, teniendo en cuenta las decisiones que toman últimamente los jurados de los festivales no era garantía absolutamente de nada. Una vez vista, lo entiendo, me parece una película muy premiable de acuerdo a los cánones que se siguen ahora en los festivales a la hora de decidir el palmarés. Creo que va a estar en el palmarés de la Seminci y no precisamente por sus méritos cinematográficos sino por eso de ir en el canon. El que quiera entender que entienda.

Y ojo, no estoy diciendo que sea una una mala película, tiene unas cuantas virtudes y un incuestionable sello autoral. Se pueden compartir o no las decisiones formales y estéticas de Sandra Wollner a la hora de contar la película, pero que huye de los convencionalismos no se puede discutir. La pregunta es ¿hacia dónde huye?

La primera media hora de película (aproximadamente, no he estado mirando el reloj), Wollner apuesta por el distanciamiento. La película se compone a base de planos tomados a gran distancia de los actores en los que la cámara va por un lado, generalmente lejos, y las voces por otro. No tenemos muy claro por tanto quién está hablando en cada momento. Deducimos, no sin esfuerzo, que tenemos a una madre con dos hijas, una niña y otra adolescente, y un chico que todo apunta a que es el novio de la mayor.

Tras esa media hora, tenemos una impactante secuencia en la cual el asunto de la distancia se magnifica más aún, la cámara está a muchísimos metros y todo se filma con un enorme zoom, y ocurre algo absolutamente determinante en la trama argumental y en lo que va a ser la película a partir de aquí. Si uno no ha leído previamente la sinopsis tardará en pillarlo. Y si la ha leído, lo pillará manteniendo ciertas dudas. Wollner administra la narración de manera fragmentada y ofrece el relato al público como piezas de un puzzle desordenado que no cobrará cierto sentido (si es que lo tiene) hasta más adelante. El caso es que tras este suceso trascendental que conviene no contar, el posicionamiento de la cámara cambia, comenzamos a ver a los rostros de los actores y a entender un poco lo que ha ocurrido y qué vínculo tenían entre sí los personajes.

Everytime es una película compleja de exigente visionado para el espectador y con decisiones argumentales un tanto caprichosas hasta llegar al tramo final en el que Wollner tira por la calle del medio y opta por una distopía. Sin embargo, es este tramo final distópico el más hermoso del film y el que, si el espectador entra, puede resultar hasta entrañable. Detrás quedan casi dos horas de observación minuciosa sobre la pérdida y la gestión del duelo y la culpa.


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