Las crónicas de José F. Pérez Pertejo en la 71 SEMINCI
Pasado ya el ecuador del festival, la jornada del miércoles ha quedado marcada por el dramático accidente ferroviario ocurrido en la provincia de Toledo que en el momento de escribir estas líneas ha ocasionado ya 68 fallecidos. La Seminci, con muy buen criterio, ha decidido suspender sus actos lúdicos nocturnos y lo cierto es que uno entra a las salas de cine con la sensación de que todo pasa, como mínimo, a segundo plano. Vamos, sin embargo, a hablar un poquito de las películas vistas en la jornada de hoy.
Prosecution (Faraz Shariat, 2026)
Seyo Kim (Chen Emilie Yan) es una jovencísima fiscal de origen y rasgos asiáticos que trabaja en los juzgados de una ciudad alemana ficticia. El caso es que, tras algunas intervenciones judiciales, despierta la suspicacia de un compañero fiscal de mayor edad y filiación ultraderechista y la animadversión de miembros de un grupo de neonazis que, finalmente, le provocarán una brutal agresión. A partir de aquí, Seyo Kim tratará de impartir justicia y, aunque contrata para su asistencia letrada a una abogada experta en neonazis (Julia Jentsch), asumirá ella misma su propia defensa legal en el juicio.
Es extremadamente fácil estar de acuerdo con los hechos que denuncia la película: la violencia racista de los neonazis alemanes y la complicidad de ciertos sectores de la extrema derecha no me plantea cuestionamiento alguno. Igual de fácil o más es empatizar con la protagonista que es brutalmente agredida por esta gentuza, primero tirándola de la bicicleta y después arrojándole material inflamable que le provoca importantes quemaduras.
Y sin embargo, me molesta profundamente la forma en la que el realizador Faraz Shariat construye y orienta esta Prosecution. Otra vez el eterno debate entre el fondo y la forma en la creación artística en general y el cine en particular.
El relato está construido de forma absolutamente unidireccional, la protagonista representa la justicia genuina aunque sus métodos sean muy poco ortodoxos y pongan en peligro o dañen a sus compañeros. Los “malos” son mostrados sin matices, no solo los acusados de la agresión, sino el “villano supremo” que es el fiscal corrupto. La orientación de la cámara no es ajena a esta manipulación del espectador. No hay espacio para la duda, para las contradicciones ni para hacerse preguntas incómodas. Y esto resulta particularmente problemático cuando la película parece dar por bueno todo lo que hace la protagonista aunque también plantee dilemas morales (comprarse un arma, un coche blindado o vulnerar la seguridad del juzgado para conseguir expedientes a los que no debería tener acceso).
Prosecution es una de esas películas que no confía en la inteligencia del espectador ni en su capacidad para sacar sus propias conclusiones y le dice continuamente lo que tiene que pensar y sentir. Incluso las películas que han retratado de forma más terrible el holocausto nazi dejaban pensar al espectador, Vencedores o vencidos (Stanley Kramer, 1961) es la primera que me viene a la mente y no quiero alargarme con más títulos, pero ejemplos hay a montones. Lo que Faraz Shariat nos plantea es un relato demasiado simple y manipulador por mucho que el aire de thriller esté bien conseguido, el ritmo del film sea el adecuado y las interpretaciones de los actores sean más que correctas. Todos sabemos (o deberíamos saber) que los nazis son muy malos, pero Sr. Shariat, déjenos llegar a esa conclusión a nosotros mismos. Los espectadores no somos tontos (o al menos, no todos).

El arte del engaño (Pierre Salvadori, 2026)
Es muy agradecible que, a mitad de semana, el equipo de selección de la Seminci haya tenido a bien programar una comedia para distender un poco al público de tantas películas, más o menos pegadas a la realidad, que nos hablan de familias desestructuradas, desastres de la guerra, abusos laborales, gente perseguida, desigualdades, marginaciones y sufrimientos en general. Un cine de autor que constituye la identidad de este festival, pero que no tiene porqué estar reñido con el cine entendido como espectáculo, diversión o simple entretenimiento, especialmente como, cuando como es el caso que nos ocupa, es de gran calidad. Hay pantallas y butacas de sobra para todo.
Y es que la nueva película de Pierre Salvadori con la que inauguró el pasado Festival de Cannes, El arte del engaño (qué título tan horrible han puesto en España a una película que en su original francés se titula La Vénus électrique) es una alta comedia construida sobre una base romántica pero que emparenta con la picaresca y las películas de enredo.
Y como en (casi) todas las buenas comedias, todo nace en un buen guion y aquí lo tenemos. Benjamin Charbit, Benoît Graffin y el director Pierre Salvadori lo escriben basándose en una idea de Robin Campillo y Rebecca Zlotowski. Muchas cabezas para alumbrar esta historia divertida que nos sitúa en el París de 1928 donde se ha establecido una especie de circo ambulante de atracciones de feria (no de carpa). Una de las atracciones estrella es “La Venus Electrificata” en la que una mujer da besos al mismo tiempo que hacen correr por ella una descarga eléctrica que transmite con sus labios al hombre besado (no lo intenten en sus casas).
La Venus en cuestión es Suzanne (Anaïs Demoustier) que gana cuatro perras explotada por el dueño del espectáculo y que comparte carromato con una vidente. Una noche es visitada por Antoine (Pio Marmaï), un pintor en horas bajas abatido por la muerte de su esposa Irene (Vimala Pons) con quien quiere contactar en una sesión de espiritismo a través de la vidente a la que ha confundido con Suzanne. Como el dinero no es un problema para Antoine y es precisamente lo que Suzanne necesita, ésta comienza a fingir sesiones de espiritismo que pronto cuentan con la complicidad de Armand (Gilles Lellouche) galerista de Antoine que está entusiasmado con la creatividad artística recuperada por su artista desde que contacta con su fallecida.
Como ven, el enredo está servido, a partir de aquí, Pierre Salvadori filma con oficio y un conseguido sentido del rimo esta cuidadísima producción (la dirección artística, vestuario, maquillaje y dirección de fotografía son impecables) que mezcla con acierto la comedia física (algunos toque de slapstick son fantásticos) con la de enredos y con algunas convenciones de la comedia romántica clásica.
Los personajes del cuarteto protagonista están muy bien construidos desde el guion y los actores lo saben. El carisma de Pio Marmaï y la elegante comicidad de Gilles Lellouche engrandecen a una película en la que destaca particularmente una adorable Anaïs Demoustier llena de matices y recursos cómicos que van más allá de la parodia o la burda suplantación de otro personaje.
Deliciosa película, inteligentemente divertida y filmada con acierto y buen gusto. Tras este oasis, volvamos al drama, no se nos vaya a olvidar dónde estamos.

Un monstruo amable (Marie Kreutzer, 2026)
En Un monstruo amable, la directora austriaca Marie Kreutzer explora un tema turbio, incómodo y desasosegante como es el de la posesión y distribución de pornografía infantil. Pero no lo hace en un contexto sórdido o marginal con psicópatas estereotípicos, no, y ahí está lo más desasosegante, la exploración se produce en un contexto familiar de aparente normalidad, felicidad incluso.
Una pareja de artistas, música ella, Lucy (Léa Seydoux) y director audiovisual él, Philip (Laurence Rupp) ha decidido abandonar la ciudad y mudarse a una casa en el campo donde pueden trabajar (ella tiene su piano y él su equipo de grabación y edición) y llevar una vida más tranquila y apacible en la que, además, podrán educar a su pequeño hijo en un contexto más “sano” que la hostil ciudad.
Todo parece discurrir de forma casi idílica cuando un día la policía se presenta repentinamente en la casa para requisar todos los dispositivos digitales de Philip, su móvil, ordenador y discos duros habrán de ser confiscados para ser revisados en profundidad. No hay una acusación formal de nada, no hay ni siquiera una detención, Philip puede acompañarlos si quiere, de forma voluntaria, a comisaría, pero no está detenido. El proceso se puede prolongar durante meses y lo que prima, de momento, es la incertidumbre, especialmente en Lucy que no sabe que pensar del hombre con el que lleva conviviendo durante años y con el que tiene un hijo.
Porque de eso va, precisamente, Un monstruo amable, de hasta que punto uno conoce a la persona que tiene a su lado a pesar de compartir vida, intimidad, recursos y un amor que parecía incuestionable. Pero el asunto es que la película no plantea la situación desde la certeza sino desde la duda, y esto es lo más inquietante y desasosegante, que es como un duelo diferido, no saber si el castillo de naipes va a derrumbarse o todo puede ser un equívoco… o quizá pueda uno aferrarse a que exista una explicación razonable para algo tan inequívocamente horrible.
Por todo este estado emocional pasa el personaje de Lucy y lo hace a través de una actriz extraordinaria como es Léa Seydoux. Porque esta historia no podría contarse si no es con una intérprete de este calibre. Seydoux hace un trabajo visceral que atraviesa todas las emociones a las que le lleva su duda, su desencanto, su miedo y su anhelo por aferrarse a algo que explique el horror sin horror.
A medida que el metraje avanza y las dudas van, poco a poco, disolviéndose, el relato se va haciendo más farragoso hasta el punto de que da la sensación de que la guionista y directora no tenía muy claro por donde llevar el film. Solo así pueden explicarse algunas decisiones narrativas un tanto caóticas como un flashback a dos años atrás que, no aporta gran cosa o algunas secuencias resueltas de manera confusa o inexplicable (la visita de Lucy a sus suegros y su conato de irse, por ejemplo).
Tampoco parecen conseguidos los intentos de enriquecer el relato principal con algunas historias accesorias de los personajes secundarios como la policía que encabeza la investigación (Jella Haase) que dice disfrutar su trabajo porque por primera vez siente que sirve para algo, mientras se esfuerza por no ver (o no asumir) que tiene por padre a un anciano que precisa cuidados y que, a su manera, abusa de su cuidadora. Por no hablar del personaje de la madre de Lucy, la siempre magnética Catherine Deneuve cuya presencia parece totalmente desaprovechada.
Marie Kreutzer ha escrito y dirigido un film interesante que plantea un montón de preguntas sin dar las respuestas, deja aire al espectador para pensar lo cual es muy agradecible, sin embargo, no termina de atar el relato lo suficiente para dejar un poso mayor del que finalmente queda, y tanto el tema como la actriz principal merecían un resultado más sólido y compacto que este monstruo amable.

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