Cuaderno de la 71 Seminci: Día 3. De vínculos familiares, heridas de guerra y viajes iniciáticos.

Las crónicas de José F. Pérez Pertejo en la 71 SEMINCI

Nunca he entendido demasiado bien el asunto del cambio de hora al que nos someten dos veces al año basándose en razones que me parecen un tanto trasnochadas, pero he de reconocer que hoy he agradecido la cantinela esa de «a las tres vuelven a ser las dos» y tener una hora más para dormir antes de iniciar una nueva jornada festivalera. Hay que reconocer que madrugar para ver una película a las ocho y media de un domingo es para los muy cafeteros, nunca mejor dicho, pero también es cierto que sarna con gusto no pica así que lo último que haré será quejarme. La programación de la sección oficial avanza a ritmo de matacaballo, tanto con sus proyecciones como con las ruedas de prensa cuya agenda parece la de un médico de la sanidad pública.

Hermanas (Ione Hernández Sáenz, 2026) 

La tercera jornada de la Seminci comienza, al igual que ayer, con una película española y, para mayor coincidencia, con una ópera prima, la de Ione Hernández Sáenz. Pero a pesar de ser su debut en la dirección de un largometraje de ficción, no estamos, ni mucho menos, ante una recién llegada al cine. Ione Hernández ha escrito y dirigido cortometrajes y documentales, imparte docencia en cinematografía y forma parte, además, del comité de selección del Festival de San Sebastián.

Para su primer largometraje, Hermanas, ha elegido un tema controvertido, el de los abusos sexuales intrafamiliares. Para ello ha escrito un guion que sitúa el meollo argumental en una reunión familiar con el propósito de celebrar el cumpleaños de Lucas (Leon Martínez) un chico de dieciocho años que acaba de sacar una notaza en la PAU e inicia su último verano antes de ir a la Universidad. Junto a su madre Marta (Elena Anaya) llega al caserío de sus tíos Chelo (Emma Suárez) y Javier (Josean Bengoetxea) y primos, una residencia de verano con piscina y al lado de la playa. La diversión parece garantizada, pero todo se tuerce cuando tras una noche de desfase incontrolado en una fiesta adolescente playera, a la mañana siguiente, su prima Sofía (Carlota Keiko), de trece años, acusa a Lucas de haber abusado sexualmente de ella.

Con este punto de partida argumental, Ione Hernández realiza un film con algunos méritos notables y alguna que otra debilidad que lastra el resultado final. Lo mejor de todo es que el film no cae nunca en adoctrinamientos y deja pensar al espectador, lo cual es muy agradecible. Resulta indiscutible que un abuso sexual a una menor no admite opiniones, es un acto aberrante y no cabe la disensión, pero cuando el abuso se produce dentro de la familia y hay unos vínculos afectivos que condicionan el juicio y ciertos factores que podrían ser tenidos como atenuantes, el asunto comienza a tener tonalidades grises con las que Ione Hernández consigue teñir su película gracias precisamente a poner el acento en esos vínculos familiares y a base de dosificar mucho la información que conocen unos personajes que parecen establecer una conspiración de silencio un tanto desquiciante, para ellos y para el espectador.

Ese es precisamente el mayor problema de Hermanas, que durante buena parte del film el guion se estanca en el empeño de no desvelar lo que realmente ocurrió. Excelente trabajo actoral en general, muy particularmente Elena Anaya, en el papel más complejo de la película, llenando de matices a esa madre en la encrucijada moral y emocional.

Hermanas

I Rarely Wake Up Dreaming (Isabelle Stever, 2026)

Hay películas sobre las que resulta particularmente difícil escribir una «mala» reseña porque tienen buenas intenciones, tratan temas sensibles o se ocupan de visibilizar realidades que a menudo son ignoradas cuando no despreciadas o marginadas. Y soy consciente de que disentir del film I Rarely Wake Up Dreaming me hace correr el riesgo de ser señalado como homófobo, tránsfobo o sencillamente insensible a una realidad trágica como es la guerra de Ucrania. Y no, nada de eso, todas mis objeciones a esta película son estrictamente cinematográficas. Su estructura narrativa, que algunos califican como audaz, a mí me resulta caótica y deslavazada hasta el punto de poner en grave riesgo la inteligibilidad de la película.

El asunto fundamental es la relación amorosa entre Olya (Tania Myronyshena) y Oleh (Markus Bright), una joven pareja queer ucraniana a la que la invasión rusa pilla en plena transición de género de Oleh, algo que no parece del todo bien aceptado por Olya (que llega a decir “me veo metida en una relación heterosexual que no he decidido”) y que, además, pasa a segundo plano cuando la guerra pone todo más difícil y exacerba la intolerancia a todo aquello que se aparta de lo “normativo”. Unamos a esto que Oleh, al haber decidido ser hombre, tiene que alistarse en el ejército y que ambos huyen acompañados de los conservadores padres de Olya y tendremos una ensalada argumental que ni Anna Melikova es capaz de convertir en un buen guion ni Isabelle Stever de convertir en un film consistente.

La película avanza a trompicones narrativos fragmentados y no lineales que alternan algunas secuencias brillantes y sensibles, incluso con genuina carga poética, con otras insustanciales cuando no frívolas. El film trata de poner el acento en el papel de las redes sociales en tiempo de guerra, pero se queda a medias, también hay algún intento fallido de denunciar la corrupción consustancial al ser humano y agudizada por la guerra y alguna frase grandilocuente del estilo a «la guerra hace que pierdan sentido hasta los libros que uno ha leído». Así, sin matices.

Es cierto que hay una hermosa y esperanzadora secuencia final que no voy a desvelar con una petición desgarrada de una madre anónima. Deja un buen sabor de boca, pero no basta para compensar los cien minutos de caos narrativo que la anteceden.

Rose (Markus Schleinzer, 2026)

No he visto las dos primeras películas del austriaco Markus Schleinzer ninguna de las cuales tuvo una gran repercusión internacional a pesar de estar en las secciones oficiales de Cannes y San Sebastián. Con su tercer largometraje, Rose, sin embargo, obtuvo los parabienes casi unánimes de la crítica en el pasado Festival de Berlín donde recibió, además, un incuestionable Oso de Plata a la mejor interpretación para su protagonista, la infalible Sandra Hüller.

Introducida y conducida mediante voz en off (Marisa Growaldt), la narración nos sitúa en un pueblo protestante de Alemania, a principios del siglo XVII, tras una gran guerra que ha durado décadas (la Guerra de los Treinta Años). Allí llega un viajero solitario, un soldado con el rostro desfigurado por una cicatriz que afirma ser el legítimo heredero de una granja abandonada. Aunque al principio es recibido con escepticismo, poco a poco va ganándose la confianza del pueblo a base de mostrarse trabajador y religioso, dar trabajo y enseñar a leer y escribir a varios aldeanos. El caso es que el soldado en cuestión no es un hombre sino Rose (Sandra Hüller), una mujer que lleva años haciéndose pasar por hombre y que tras la guerra asumió la identidad (documentos mediante) de un compañero fallecido.

La cosa se complica cuando, llevada por la codicia, acepta casarse con la hija de un terrateniente a cambio de ciertos beneficios sobre sus tierras y un arroyo. Este matrimonio con Suzanne (Caro Braun), que así se llama, complica la existencia de Rose, especialmente cuando tiene que «consumar» el matrimonio. A partir de aquí, el film adquiere dimensiones morales aún mayores a pesar de que argumentalmente tenga algún vacío que deja sin explicación posible algunas de las cosas que suceden y que no se deben contar para no destripar la película.

Podríamos reducir Rose a una película sobre una mujer que intenta construirse una vida propia en una sociedad que no le permitiría hacerlo por el simple hecho de haber nacido mujer. Y no es poca cosa, pero además supone un lúcido cuestionamiento sobre dónde reside la verdadera naturaleza de la identidad y cómo el género tiene muchos condicionantes además de los biológicos. Si Rose consigue engañar a una comunidad no es por su aspecto masculino (de hecho, como espectador, el film exige cierto sobreesfuerzo son la suspensión de la incredulidad) sino porque demuestra que es capaz de asumir los roles y funciones que se le atribuyen y en cierto modo exigen a un hombre: trabajar la tierra, tener fuerza física, ser valiente y fecundar a una mujer para preservar la especie.

Schleinzer ha rodado un film austero, sobrio y de gran frialdad formal que huye de la grandilocuencia y del maniqueísmo; su protagonista no es pintada como una heroína a la que el espectador deba adherirse incondicionalmente, de hecho está llena de aristas y lados turbios con los que resulta muy difícil empatizar. Toda la concepción estética es congruente con este planteamiento, incluyendo una depurada y pulcra fotografía en blanco y negro y una distancia emocional que permite al espectador pensar por si mismo. Nada que ver con un melodrama convencional.

La Gradiva (Marine Atlan, 2026)

La Gradiva, debut en el largometraje de la directora de fotografía Marine Atlan toma su título de una novela corta del escritor alemán Wilhelm Jensen que, con el subtítulo de «una fantasía pompeyana», trata de un arqueólogo alemán que se obsesiona con un bajorrelieve que representa a una joven caminando a la que llama la gradiva (la que avanza). Sobre esta novela, escribió Sigmund Freud un ensayo psicoanalítico titulado «El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen», donde analiza la obsesión del protagonista.

La película trata del viaje de fin de curso de un grupo de estudiantes franceses de secundaria a Pompeya para conocer sus ruinas, como todos estos viajes, la experiencia tiene un poco «de estudios» y un mucho «de lúdico». El grupo, no demasiado numeroso y bastante heterogéneo está acompañado por dos profesoras, una de las cuales, Madame Mercier (Antonia Buresi) es la verdadera promotora del viaje y, a pesar de ser profesora de latín, explica con el mismo entusiasmo cuestiones científicas como la vulcanización del Vesubio que el significado histórico y artístico de unas pinturas murales. Se trata de una mujer solitaria, una profesora vocacional pero terriblemente cansada de lidiar con unos chicos a los que, por otra parte, disfruta escuchando. Un personaje tremendamente rico en matices que funciona como engrudo de todos los demás. Y todos los demás son los estudiantes, una veintena de chicos y chicas de una generación que ha crecido guiada por las redes sociales y que, como todas las generaciones que en el mundo han sido, tiene sus códigos particulares acerca de todo, sus dinámicas de relación, sus tensiones y sus pulsiones.

Marine Atlan explora estas pulsiones y retrata a estos jóvenes con lucidez, con naturalidad, sin juicios ni exaltaciones y les dota de inteligencia y una humanidad nada idealizada. Hay varios de ellos sobre los que el guion (y en consecuencia la cámara) se detiene más: Toni (Colas Quignard), un chico bromista en público pero atribulado por su sexualidad y por la relación con su madre que quiere aprovechar el viaje para investigar los orígenes de su familia precisamente en la Pompeya de los años 80 del pasado siglo; James (Mitia Capellier), un muchacho de sexualidad un tanto desbocada que rehúye los vínculos afectivos o Suzanne (Suzanne Gerin), una chica acomplejada por su poco atractivo físico y con ciertas dificultades de relación que es, sin embargo, la más brillante del grupo desde el punto de vista académico y artístico. Ellos tres y todos los demás configuran un grupo variopinto que discute sobre el sistema educativo francés con el mismo vigor que se divierte bañándose en la playa o bailando en una fiesta nocturna.

A pesar de su duración, 148 minutos, el film no se hace largo gracias al pulso de su directora que hasta en los momentos más contemplativos, que también los hay, consigue imágenes de gran belleza que completan una película magnética, hipnótica y, a su manera, divertida. Con La Gradiva, ha llegado a la sección oficial de la 71 Seminci la primera firme candidata a alzarse con la Espiga de Oro. Larguísimos aplausos despidieron la película y recibieron a la directora en el escenario del Teatro Calderón para el coloquio tras la proyección, un coloquio al que pese al tardío horario se quedó gran parte del público.


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