Cuaderno de la 71 Seminci: Día 4. De violinistas, jefas de recursos (in)humanos, escritoras despiadadas y Hamlet con SIDA.

Las crónicas de José F. Pérez Pertejo en la 71 SEMINCI

Valladolid sigue con días luminosos y temperaturas suaves, de hecho hace más frío en algunas sesiones del Teatro Calderón que en la calle. La Seminci continúa avanzando tanto en la sección oficial como en sus sesiones paralelas y seguimos con un ritmo exigente de proyecciones dada la gran cantidad de películas programadas en la sección oficial. 31 películas son muchas, se mire por donde se mire, por mucho que nueve de ellas estén fuera de competición. Me pregunto las razones por las que algunas no han encontrado un mejor acomodo en alguna de las muchas secciones paralelas del festival. En la jornada del lunes hemos vuelto a ver cuatro películas, algunas de ellas de gran calidad. Vamos con ellas.

La violinista (Ervin Han y Raúl García, 2026) 

Por segunda vez en la historia de la Seminci, una película de animación participa en la sección oficial a competición tras el precedente de Azur y Asmar (Michel Ocelot, 2006). Se trata de La violinista, coproducción entre España, Singapur e Italia y codirigida por el singapurense Ervin Han y por el experimentado animador español Raúl García (ganador del Goya por El lince perdido en 2008).

Conviven dos narraciones en La violinista, por un lado la historia argumental de dos niños, Kai y Fei, virtuosos del violín, a los que la concatenación de guerras que sufrió Singapur durante gran parte del siglo XX terminó separando y, por otro, una crónica histórica del propio país desde 1932, año en que arranca el relato hasta 1982 en el que se cierra con un muy emotivo final. La historia, sin embargo, está contada desde el presente, cuando un periodista español consigue entrevistar a una anciana Fei, ya retirada de los escenarios, que será la que irá contando la historia desde su infancia cuando comenzó a tocar con Kai hasta el momento de su retirada. A lo largo de su carrera, recorriendo todo el mundo y tocando en los escenarios más importantes, nunca perdió la esperanza de volver a encontrar a Kai.

La historia de Singapur, es contada con hechuras de cine bélico, tono de suspense y carácter histórico. Los diferentes conflictos bélicos se van detallando mediante rótulos que sitúan al espectador en cada momento. El resultado es una película muy entretenida, emotiva y estéticamente muy lograda a pesar de que la animación no ofrezca nada novedoso. El principal problema de La violinista es un guion demasiado literario y un tanto «sobrescrito» que le resta naturalidad (un chico que quiere alistarse no dice «quiero sumarme al esfuerzo bélico», por poner un ejemplo). Tampoco me ha parecido nada del otro mundo el doblaje, un tanto artificioso y engolado en la mayoría del film. Sin embargo resulta impecable tanto la partitura musical compuesta específicamente para la película por Ricky Ho e Isabel Latorre como la selección de piezas de música clásica que pueden escucharse a lo largo del film (Paganini, Mendelssohn, Chaikovski o el Intermezzo de Cavallería Rusticana para que se hagan una idea).

Un bon petit soldat (Stéphane Brizé, 2026)

Fantástica película del realizador francés Stéphane Brizé que vuelve, una vez más, a situar el foco sobre el mundo laboral, las condiciones de trabajo, los dilemas éticos que se plantean a la hora de tomar decisiones y, muy especialmente, las repercusiones sobre la vida personal de una dedicación muy comprometida con el trabajo (ya sea por exigencia o por obsesión). Brizé sitúa su argumento en el equipo directivo de una empresa aseguradora que quiere hacer una campaña de marketing para relanzar la imagen de marca haciendo hincapié en el bienestar de sus empleados y en otros valores bien vistos por la sociedad como las políticas de inclusión.

Carla (Alba Rohrwacher) es contratada como nueva gerente de Recursos Humanos y será corresponsable de diseñar la campaña junto a su jefe directo y bajo la supervisión del presidente de la empresa (magnífico, como siempre, Vincent Lindon), un tiburón sin pelos en la lengua que presume de pasarse la corrección política por el arco de triunfo. La empresa contrata a un realizador de documentales para que filme el vídeo de la campaña promocional y, al mismo tiempo, a una especie de psicólogo (muy risible) que imparte talleres para mejorar el ambiente laboral. Brizé no disimula su escepticismo con todas estas bienintencionadas acciones de una empresa que prima, por encima de todo, el cumplimiento de objetivos y los beneficios y a la que el bienestar de sus empleados le importa poco tirando a nada. El excelente guion, premiado en Cannes, lleno de sarcasmo y mala leche, pone el acento en retratar la falsedad e hipocresía de todos los directivos, aduladores del presidente hasta la náusea y centrados únicamente en conservar su empleo y aumentar su cuenta de beneficios.

Pero, además, Un bon petit soldat o A good little soldier (desconocemos cómo se va a titular en España cuyo estreno no ha sido todavía anunciado), se centra particularmente en el personaje de Carla, una mujer muy autoexigente y exigente con los demás (particularmente con su hijo de diez años) que ha descuidado su vida personal y familiar por la ambición de forjarse una exitosa carrera laboral. Un personaje con el que Rohrwacher huye de estereotipos para componer a una mujer vulnerable y llena de dudas que, sin embargo, puede ser tremendamente implacable si ve peligrar su estatus.

La película está llena de secuencias memorables, algunas francamente divertidas, que desnudan la ridiculez de ciertas dinámicas de baratillo (busque un momento feliz en las últimas 24 horas) y la hipocresía de la empresa en general y de Carla en particular, que pasa de considerar inadmisible que un mando intermedio grite y humille a una subordinada a perder los nervios haciendo los deberes con su hijo y gritándole y humillándole ella misma porque solo saca notables y no es capaz de comprender conceptos matemáticos elementales. Encuentros con su hijo que siempre se realizan por videollamada desde el trabajo. No parece casual que en ningún momento veamos a Carla en su casa o fuera de la empresa.

Talento para matar (Anton Corbijn 2026)

Talento para matar es una película más que estimable, de excelente factura y muy entretenida, pero cuya presencia en la sección oficial de la Seminci resulta difícilmente explicable a pesar del prestigio de su director, el neerlandés Anton Corbijn que si por algo pasará a la historia será por su carrera como fotógrafo y como director de videoclips musicales.

El guion, de Joanna Murray-Smith, desarrolla una historia de ficción a partir de un agente literario (Alden Ehrenreich), que es enviado a Suiza para convencer a la escritora Patricia Highsmith (Helen Mirren) de que escriba una sexta novela de la saga de Ripley. Aunque como he dicho se trata de una historia de ficción, Helen Mirren interpreta con verosimilitud a la escritora británica, célebre por su difícil carácter, cuando ya, sobrepasados los setenta, se encontraba visiblemente enferma.

El inicio del film se desarrolla en un tren con guiño incluido al guion de Extraños en un tren que escribió para Hitchcock. Allí el agente literario se encuentra con una desconocida, también neoyorquina (Olivia Cooke), con quien luego coincidirá en el pueblo suizo en el que se desarrolla la historia. El juego del guion consiste en desdoblar la línea narrativa del film con el argumento que ambos, agente y escritora, discurrirán a medias para la sexta novela de Ripley. Con algún momento divertido y menos suspense del esperable, el film transcurre por cauces previsibles. Película tan agradable de ver como fácilmente olvidable pasados unos días.

Elsinore (Simon Stone, 2026)

Para completar el día, uno de los platos fuertes de esta edición de la Seminci, la proyección (también fuera de competición) de Elsinore (ya saben, el castillo de Hamlet), un drama basado en hechos reales sobre el actor Ian Charleson, célebre por interpretar a uno de los protagonistas de Carros de Fuego (Hugh Hudson, 1981) que, gravemente enfermo de SIDA, fue elegido para protagonizar Hamlet en el National Theatre de Londres en 1989. El actor, al que da vida Andrew Scott en una interpretación descomunal, no quiso rechazar el personaje que era el sueño de su vida (y el de casi cualquier actor) y se embarcó en el proyecto desoyendo los consejos de su médica, la doctora Margaret Johnson (Olivia Colman), pionera en el tratamiento de enfermos de SIDA en el Reino Unido.

Tras una breve introducción en la que se presenta a Charleson y su círculo de amistades en el Londres de los 80 cuando el SIDA hacía estragos en la comunidad homosexual masculina, el film se centra en el año 1989, alternando la lucha del actor con la enfermedad acudiendo diariamente al hospital para recibir tratamiento con los exigentes ensayos de un personaje de una dificultad brutal (más de cuatro mil líneas de texto). Es decir, entre el Hospital Royal Free y el Olivier Theatre (la sala grande del National Theatre) se desarrolla la mayor parte de este drama intenso y emotivo que es, además, un canto a la amistad, al sentido de comunidad y a la lucha por dignificar la vida.

El guion de Stephen Beresford se apoya con firmeza en el propio texto de Hamlet y todo el tramo final del film se desarrolla con un emocionante montaje paralelo entre las representaciones de la obra de Shakespeare y la lucha de Charleson contra el dolor y el agotamiento físico. Hay un interesantísimo diálogo entre las frases de Hamlet donde la muerte está tan presente con la realidad de un actor crepuscular que convive con la inminencia de su propia muerte tratando de apurar los últimos sorbos de vida sobre el escenario: «Prefiero morir de Hamlet que de SIDA».

Estamos ante una grandísima película, aunque también es cierto que hay algunos excesos de realización y algunas secuencias claramente encaminadas a magnificar más aún el lucimiento de Scott y apuntalar su candidatura a todos los premios de interpretación del año. Quedan todavía muchas películas por estrenarse, pero será difícil que no se lleve muchos de ellos incluyendo el Óscar, algo que será muy de celebrar porque estamos ante uno de los mejores actores del panorama cinematográfico (y teatral) actual. También está muy bien (como siempre) Olivia Colman dando vida a una mujer entregada a su deber como médico y a su lucha por prolongar la vida de sus pacientes.


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