Las críticas de Laura Zurita:
Tiempo de victoria
Quedan 72 horas para el Día D y todo está listo salvo un elemento clave: el tiempo. El capitán James Stagg, jefe del servicio meteorológico británico, recibe el encargo de elaborar el pronóstico más trascendental de la historia. Unas condiciones climáticas adversas podrían arruinar la mayor invasión marítima jamás realizada, mientras que cualquier retraso podría suponer que los servicios de inteligencia alemanes descubrieran las intenciones aliadas. El general Eisenhower deberá tomar la decisión que determine el destino de la Segunda Guerra Mundial.
Dirección: Anthony Maras. Guion: Anthony Maras y David Haig, basado en la obra de teatro homónima de Haig, estrenada en 2014. Reparto: Andrew Scott (James Stagg), Brendan Fraser (Dwight Eisenhower), Kerry Condon (Kay Summersby), Damian Lewis (Bernard Montgomery), Chris Messina (Irving Krick), Tamsin Topolski (Liz Stagg), Con O’Neill (mariscal del aire Leigh-Mallory), entre otros. Estreno: 18 de septiembre de 2026 de la mano de DeAPlaneta.

Un soldado a su pesar
La guerra no se hace solamente en el campo de batalla. Nada sustituye el coraje de las tropas que se dejan la piel y, a veces, la vida combatiendo en el terreno. Pero también hay personas que apoyan, evalúan y toman decisiones. Y, en un campo de batalla abierto, sobre todo en una región como Normandía, el tiempo puede convertirse en un factor determinante. Todo esto viene a cuento de Tiempo de victoria, una película que trata sobre un meteorólogo. A pesar de esta sinopsis, la película es estupenda, mucho mejor de lo que promete la introducción.
En Tiempo de victoria conocemos al capitán Stagg, un hombre minucioso, inteligente y con pocas habilidades sociales. Físico de formación, meteorólogo de profesión, fue elegido jefe del departamento de meteorología de las fuerzas aliadas en un momento crítico, mientras se prepara el Día D. Mucho se jugaba ese día, quizás la guerra entera, y tanto las fuerzas aliadas como su jefe, el general Eisenhower, son muy conscientes de ello. El propio título original, Pressure, juega con esa doble idea: la presión atmosférica que Stagg tiene que interpretar y la presión humana y política que recae sobre él para que acierte.
La tensión en el cuartel general se mastica, sobre todo porque el detallado e implacable método de trabajo de Stagg no es precisamente fotogénico, ni él es un hombre dado a ceder ante las presiones sociales. Tiempo de victoria muestra que los generales necesitan maniobrar y hablan un lenguaje distinto al del científico que trabaja con datos. La película convierte así algo tan poco espectacular como una previsión meteorológica en un auténtico enfrentamiento, porque de esos datos depende una decisión de la que dependen miles de vidas.
Hay una larga tradición de películas de la Segunda Guerra Mundial que han mostrado distintos aspectos del conflicto. Al principio fueron más heroicas, después comenzaron a mostrar los entresijos y las oscuridades de la guerra. Tiempo de victoria no inventa nada ni es revolucionaria, pero sí está hecha con mucha maestría. Tiene ritmo, está bien rodada y bien fotografiada y, como signo de los tiempos, muestra a una cantidad importante de mujeres desempeñando trabajos dentro de una estructura militar en la que su labor resulta imprescindible. Y, sobre todo, tiene un protagonista que da vida a una persona que está en la guerra casi por casualidad, un científico que nunca quiso ser soldado.
La música, épica y muy presente, acompaña el desarrollo de una historia en la que los personajes están encerrados dentro de un cuartel general. En ese contraste está buena parte de su acierto: recuerda a las grandes películas bélicas clásicas y consigue elevar situaciones aparentemente estáticas. La puesta en escena militar, los uniformes, los rangos y la distribución de los personajes ayudan además a situarnos dentro de una estructura llena de mandos y responsabilidades diferentes.
El desenlace de Tiempo de victoria está bien construido. La película nos lleva finalmente hasta quienes están luchando en el campo de batalla, pero deja claro que detrás de esos hombres existe una enorme maquinaria logística. La guerra no la ganan los meteorólogos, evidentemente, pero su trabajo puede resultar decisivo. Y ahí está una de las virtudes de la película: mostrar que una guerra también se libra en despachos, mapas, informes y previsiones. La película consigue fotografiar y transmitir los mecanismos difíciles de desentrañar de la meteorología, dando a las nubes, el viento, la niebla y las olas una dimensión narrativa impresionante, casi mágica.
Impecable Andrew Scott
Otra idea subyacente es la juventud de los soldados. La película nos recuerda constantemente que muchos de ellos, sobre todo en aquella etapa de la guerra, eran chicos, poco más que adolescentes. Tiempo de victoria es consciente de que el imaginario del Día D ya ha sido construido por películas como Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) o El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, 1962). Por eso no necesita repetir esas imágenes una vez más. Sugiere la terrible crudeza de la batalla y utiliza material de archivo para ampliar la dimensión del desembarco sin convertir la película en otra recreación espectacular de la batalla.
Andrew Scott nos ofrece una interpretación impecable, con un personaje con una fuerza no por callada menos arrolladora. La obstinación, la concentración y la seguridad que tiene en sus datos hacen que el personaje se vaya consolidando como el protagonista. El resto del reparto lo acompaña con talento y dedicación, con un Brendan Fraser convincente como un Eisenhower capaz, pero agotado por la responsabilidad de tener que decidir qué hacer con una información que puede cambiar el curso de la guerra.
Hay además un detalle de producción increíble pero cierto. Para ordenar las imágenes de archivo se contrató a un ayudante de montaje llamado James Stagg, sin que nadie, ni siquiera él mismo, supiera que era el nieto del verdadero meteorólogo al que interpreta Andrew Scott en la pantalla.
En resumen, Tiempo de victoria es una película clásica, muy bien hecha y que sabe manejar la tensión con notable eficacia. Su conflicto está en la responsabilidad de tomar una decisión cuando nadie puede estar completamente seguro de tener razón. Y nos regala, además, la impecable actuación de Andrew Scott al frente de un estupendo reparto.
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