Las críticas de Laura Zurita:
Motor City
En el Detroit de los años 70, John Miller, un mecánico de clase trabajadora, ve cómo su vida se hace pedazos cuando un gánster local, tras descubrir que se ha enamorado de su novia, lo incrimina y lo envía a prisión. Años después, sale con una única misión: la venganza.
Dirección: Potsy Ponciroli. Guion: Chad St. John. Reparto: Alan Ritchson (John Miller), Shailene Woodley, Ben Foster, Pablo Schreiber. Producción: Stampede Ventures / Gramercy Park Media. Distribución: Vértice Cine. Estreno: 24 de julio de 2026.
Lenguaje visual
Motor City nos demuestra el gran poder del lenguaje visual en una película. Nos presenta una historia de esperanza: La de un hombre que quiere dejar atrás su pasado y construir una vida sencilla junto a la mujer que ama. Miller en Motor City parece estar en un momento brillante de su vida. Se ha rehabilitado; su novia lo quiere y ambos desean formar una familia. Esto se cuenta con mucho detalle: su apartamento es modesto, sus uniformes de trabajo delatan claramente que se trata de empleos precarios. Han elegido alejarse de un pasado turbio para empezar una historia modesta, pero juntos. Esa construcción del entorno de Miller transmite de forma creíble su condición social sin necesidad de explicarla con palabras. Solo que ese sueño no va a poder ser, y ahí empieza la lucha por la propia vida y la supervivencia.
La historia de la película se nos comunica con facilidad porque nos resulta conocida, y por eso puede contarse de manera sucinta, con pocas palabras. Lo mejor de la película no es su historia, sino la manera en que se nos cuenta. Motor City confía en la narración visual, prescindiendo casi por completo del diálogo, lo cual es su mayor virtud: la película respeta la inteligencia del espectador en un momento en el que abundan las películas y series que hablan de más, explicando lo que ya estamos viendo por si no lo hemos entendido bien.

Tropos bien traídos
Motor City se apoya en muchos tropos de cine negro ya conocidos y cuenta con la complicidad del espectador. Se la entregamos con gusto, porque están bien traídos y bien conectados. La historia resulta reconocible y, paradójicamente, por eso la apreciamos. Esto contribuye a que podamos entenderla de manera intuitiva y con pocos diálogos, dejando que sea la puesta en escena la que cargue con el peso dramático. Pero esa misma familiaridad tiene un lado débil, y es que al apoyarse en un género tan conocido, la película se vuelve previsible, y se adivina buena parte de su recorrido. El propio estilo, tan pendiente de la composición visual y musical, corre el riesgo de parecer un mero ejercicio de estilo. Ahora bien, Alan Ritchson como Miller nos resulta cercano y confiable, e introduce emoción en lo que podría haber sido un conjunto estiloso pero frío.
Por una parte, es cierto que Motor City ganaría dando algo más de espacio a esos personajes y dosificando mejor los momentos de exhibición visual y de acción. Pero por otro lado, el ejercicio es tan fascinante y está tan bien hecho que tocar su alma supondría el riesgo de destrozarla.
Eso sí, la banda sonora de Motor City es en sí misma una obra de arte. Precisamente por esa parquedad de diálogos, es ella quien narra el paisaje emocional y explica, con ayuda de la buena dirección de actores, lo que los personajes sienten. La música original de Steve Jablonsky convive con una selección de temas de los años setenta supervisada por el músico Jack White, que presta a la película energía y atmósfera.
En resumen, Motor City es una demostración de cómo el cine puede contar mucho con poco, apoyándose en la fuerza de la imagen antes que en la palabra, aunque esa misma apuesta la deja cercana a sus propios tropos. Eso sí, su banda sonora es, por sí sola, una obra de arte.
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