Crítica de ‘Renoir’: Bella sucesión de recuerdos

Las críticas de Laura Zurita:
Renoir

La aclamada directora Chie Hayakawa teje en Renoir una emotiva historia sobre la resiliencia, el poder sanador de la imaginación y una familia traumatizada que lucha por conectar entre sí. Tokio, 1987. Mientras su madre sostiene el hogar y su padre lucha contra la enfermedad, Fuki, una niña de 11 años con una imaginación desbordante, vive un verano marcado por una curiosidad inmensa por el mundo que la rodea. Entre juegos, fantasías y pequeños descubrimientos, emprende un viaje íntimo y luminoso para comprender la realidad cambiante que se despliega ante ella.

Está escrita y dirigida por Chie Hayakawa (Plan 75). En el reparto encontramos a Yui Suzuki, Hikari Ishida, Lily Franky, Ayumu Nakajima, Yumi Kawai, Ryôta Bandô, Gilles de Jesus, Hana Hope, Keiko Morikawa  Jeffrey Rowe. La película se estrena el 17 de abril de 2026 de la mano de Adso Films.

Renoir

Sucesión de vivencias

Renoir no responde a una narrativa al uso. La película se construye desde una lógica fragmentaria, hecha de recuerdos, y encuentra su origen en una experiencia profundamente personal. La directora se inspira en su propia infancia, marcada por la enfermedad y la muerte de su padre a causa del cáncer.

A partir de ahí, la película se compone como una sucesión de vivencias vinculadas a esa pérdida. La protagonista es una niña que se enfrenta a un entorno que la desborda: un padre gravemente enfermo, una madre apenada y desbordada por el trabajo, y una soledad que va más allá de lo que ella misma alcanza a comprender. Sin embargo, Renoir no es solo tristeza. Hay también momentos de dulzura (la niña con sus amigas y con su padre) que conviven con una creciente fascinación por la muerte y el más allá. La radio, que no transmite otra cosa que noticias sensacionalistas, y la imaginación desbordante de la niña terminan configurando un universo propio, a ratos inquietante, donde lo real y lo imaginado se entrelazan sin jerarquías.

Renoir retrata la vida de la niña con una belleza serena, llena de gracia y delicadeza. Todo está filtrado por su mirada: una mirada que es, al mismo tiempo, inocente y sorprendentemente lúcida. A través de ella, el espectador percibe los claroscuros del mundo adulto (el agotamiento, la ausencia, la incapacidad de sostener la situación) sin necesidad de explicitarlas. No hay narrador omnisciente, solo unos ojos abiertos.

Construcción de un mundo propio

En este sentido, el apartado formal de Renoir adquiere un peso decisivo. El diseño de sonido es particularmente notable, aportando profundidad y personalidad a las imágenes y convirtiéndose en una herramienta esencial para la construcción del mundo de Renoir. A ello se suma una banda sonora intensa y matizada, cuyo uso no es meramente acompañante, sino estructural: la música interviene activamente en la modulación de la atmósfera, desplazando el tono de las escenas y amplificando su dimensión emocional.

Sin embargo, esa misma fidelidad a la lógica del recuerdo constituye también su principal limitación. La película avanza como una acumulación de fragmentos, de instantes que se suceden sin un hilo conductor claro. Si bien esta estructura responde a la naturaleza misma de la memoria, en la práctica termina generando una sensación de dispersión. El resultado es que la narración se resiente: el ritmo tiene altibajos y el conjunto adquiere un carácter algo deslavazado, como si la película no encontrara una forma de articular sus propios materiales.

La joven protagonista, Yui Suzuki, hace que la película se sienta cercana. Sus enormes ojos y su expresión serena favorece que la veamos como una persona real, de carne y huesa, y sus expresiones y emociones nos resuenan y conquistan. Su actuación se siente más profunda y sabia que la de sus contrapartes adultos.

Renoir se presenta como una propuesta sensible y coherente con su punto de partida: no busca construir una historia cerrada, sino aproximarse a la experiencia de la pérdida desde la percepción infantil, con todo lo que ello implica de confusión, intuición y extrañeza. La película evoca y sugiere, más que narrar. Y en esa apuesta, tan frágil como arriesgada, reside tanto su belleza como sus límites.


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Renoir

6.8

Puntuación

6.8/10

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