Las críticas de Laura Zurita:
Prime Crime: A True Story
Una historia real de 1977. Tras ser estafado por un banco, Tony Kiritsis se presenta en sus oficinas y secuestra al hijo del presidente de la compañía atándole al cuello un dispositivo mortal con un alambre conectado al gatillo de una escopeta. Exige que le devuelvan su dinero y una cuantiosa indemnización, además de una disculpa pública que será retransmitida por televisión y vista por millones de estadounidenses en prime time.
Prime Crime: A True Story está dirigida por Gus Van Sant sobre un guion de Austin Kolodney. En su reparto nos encontramos con Bill Skarsgård, Dacre Montgomery, Al Pacino, Colman Domingo, Myha’la, Cary Elwes, Kelly Lynch, John Robinson, Todd Gable y Mark Helms. La película se estrena el 17 de abril de 2026 de la mano de Vértigo Films.
Conflictos de identificación
Tras unos años con películas irregulares y algo fallidas, Gus Van Sant parece estar recobrando su voz. Bajo su apariencia de thriller basado en hechos reales, Prime Crime: A True Story construye un relato que se aleja deliberadamente de los códigos más convencionales del género para llevar al espectador a un territorio donde se presentan conflictos de identificación. La justicia tiene claro quién es culpable, pero la población de Indianápolis, y el espectador en la sala, quizás no.
La premisa de Prime Crime: A True Story (un secuestro retransmitido en directo) fuerza al espectador a creer en unos hechos que, en sí mismos, parecen inverosímiles. Sin embargo, la película opta por una puesta en escena medida, apoyada en planos largos y en una recreación de época que apuesta por la reconstrucción de los hechos por encima del impacto inmediato. La fotografía, de tonos apagados y cierto grano, remite con claridad al cine de los años setenta y sitúa al espectador en un tiempo narrativo pre-digital, más pausado y, en cierto modo, más ingenuo, menos habituado al terreno de la sobreexposición mediática. La reconstrucción fidedigna de las fotografías y las grabaciones de la época nos ayuda a encuadrarnos en el contexto geográfico y temporal.
Prime Crime: A True Story no intenta hacer los acontecimientos en que se basa más cinematográficos de lo que fueron ni convertirlos en una metáfora. Más que trabajar con escenas de acción, Van Sant trabaja con la espera y la tensión latente que se genera a partir de la situación, así como con el contraste entre las prácticas policiales en Indianápolis y los nuevos métodos del FBI, que ya presagian la criminología actual. Por otra parte, la mirada implacable del director ilumina la avidez de los medios por la audiencia, por encima de reparos morales.
Tensión y espera
Esa tensión está presente en Prime Crime: A True Story durante la mayor parte de su metraje y mantiene al espectador atento y expectante. En algunos tramos, sin embargo, la narración se dilata y la progresión pierde intensidad. No obstante, esa dilación forma parte de su coherencia interna y refleja la manera en la que los protagonistas del espectáculo lo vivieron. Se muestra que el miedo y la expectación pueden convivir con una forma paradójica de aburrimiento.
En última instancia, Prime Crime: A True Story trabaja un equilibrio delicado entre el retrato fiel y una narración que se adecúe al espectador contemporáneo. No busca impresionar, sino observar los conflictos de intereses y la motivación de cada uno de los personajes. Su mirada reposada le confiere una singularidad en el panorama cinematográfico actual.
Las interpretaciones adquieren un peso central en Prime Crime: A True Story. Bill Skarsgård compone de manera impecable un personaje lleno de contradicciones, apostando por una contención y una cierta forma de bonhomía que resulta inquietante. Dacre Montgomery funciona como contrapeso, en el que la culpa se insinúa justo bajo la superficie, mientras que Al Pacino, en un papel breve, encarna a una persona real que es casi una caricatura de un manipulador.
En conjunto, Prime Crime: A True Story plantea un relato sobrio que rehúye el espectáculo para centrarse en la observación de un suceso real desde sus fisuras morales y mediáticas. A través de un ritmo pausado y una puesta en escena sobria, construye una tensión sostenida que no siempre busca resolverse, sino instalarse en la ambigüedad. Entre la reconstrucción fiel y la distancia emocional, el film invita al espectador a cuestionar su propia posición frente a los hechos, más que a juzgarlos.
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