Las críticas de Daniel Farriol:
Mi querida señorita
Mi querida señorita es un drama español que está dirigido por Fernando González Molina (Palmeras en la nieve, El guardián invisible), sobre un guion de Alana S. Portero que toma como referencia el escrito por Jaime de Armiñán y José Luis Borau. Está producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, «Los Javis».
Adela, solitaria hija única de una familia conservadora, pasa sus días entre la tienda de antigüedades familiar y las clases de catequesis que imparte, marcada por la protección de su madre y el silencio sobre su intersexualidad, que desconoce pero condiciona su vida. Una inesperada y hermosa amistad con un sacerdote recién llegado, el regreso de un gran amigo de su infancia y la irrupción de una mujer, Isabel, provocan una reacción en cadena que lleva a Adela a un viaje en busca de sí misma, de Pamplona a Madrid, donde la identidad necesitará del amor y la ayuda de los demás para revelarse…
Está protagonizada por Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León, Nagore Aranburu, Manu Ríos, Lola Rodríguez, Eneko Sagardoy. La película se estrenó en España en la Sección Oficial del Festival de Málaga 2026, y comercialmente en salas el día 17 de abril de 2026 de la mano de TriPictures y el 1 de mayo en Netflix.

Un actualización de Mi querida señorita que no debe verse como un remake al uso
La nueva versión de Mi querida señorita, producida por Los Javis para Netflix, poco tiene que ver con la inolvidable película de 1972 realizada por Jaime de Armiñán y protagonizada por José Luis López Vázquez, ya que ambas parten de lugares distintos y deben entenderse como reflejos de las respectivas épocas en que se realizaron, así que lo mejor que se puede hacer al acercarse a este remake es no compararlas. El director Fernando González Molina plantea una visión honesta sobre la intersexualidad que puede extender sus reflexiones acerca de la identidad personal mucho más allá de la propia sexualidad, algo que aquí se transforma en un acto de liberación ante la represión social, familiar, política y religiosa de un entorno que constriñe constantemente nuestro desarrollo vital.
La película se centra en Adela, interpretada por la actriz intersexual Elisabeth Martínez que, de ese modo, comparte la misma realidad biológica de la protagonista y ofrece un acercamiento tan sincero como sensible a su personaje. Adela ha crecido en un ambiente conservador y profundamente religioso, algo que ha condicionado su madurez emocional y la comprensión del entorno. Sin embargo, la sobreprotección de su madre y los secretos ocultos sobre su identidad sexual estallarán en mil pedazos cuando Adela se debata entre el amor por un amigo de su infancia y la atracción creciente que siente por una joven fisioterapeuta. Entre dudas, descubrimientos y miedos, Adela iniciará un viaje hacia la libertad y el autoconocimiento que pasará por distintas fases en las que deberá explorar sus sentimientos más profundos para reconocer quién es y quién quiere ser.
La película puede entenderse entonces como un coming of age tardío que visibiliza el tabú de la intersexualidad, la propia protagonista ha manifestado en diversas entrevistas que «las personas intersexuales seguimos igual de invisibilizadas que hace 50 años» (época en que se realizó la película original).

De la sutileza al estereotipo
El guion de Mi querida señorita, escrito por la activista LGTBIQ+ Alana S. Portero, se acerca de manera consciente a los nuevos públicos, introduciendo humor y situaciones de sitcom televisiva para conectar más fácilmente con los jóvenes, no olvidemos que la película está destinada a verse principalmente en plataformas. La puesta en escena que propone Fernando González Molina se sirve igualmente de un lenguaje directo y visualmente vistoso que, en su primera mitad, rezuma la evocación de un clasicismo que parece homenajear a la película original, pero que, en su segunda mitad, a menudo cae en excesos y desmanes formales.
La sutileza y contención de la trama que acontece en Pamplona se acerca peligrosamente a la caricatura y el estereotipo cuando nos trasladamos a Madrid, por ejemplo, en el perfilado de algunos personajes secundarios con los que se pretende ofrecer un alivio cómico. Es ahí donde la película se tambalea sin llegar a caerse y es ahí donde para seguir adelante sin perder de vista lo importante, el espectador necesitará realizar un acto de suspensión de credibilidad (por ejemplo, frente a ese imposible sacerdote interpretado por Paco León, tan divertido en pantalla como absurdo en su esencia levítica). De todas formas, esas licencias cómicas no lastran la hondura real del viaje interior de la protagonista, lleno de extrañeza, tristeza y melancolía, donde la incertidumbre ante el futuro se torna un desafío constante que empuja al descubrimiento y la valentía.
Probablemente, Mi querida señorita gustará mucho a un público joven que sentirá esta nueva película como un acto de transgresión, aunque su halo de modernidad puede llegar a desesperar a los espectadores de generaciones anteriores que saben que la verdadera transgresión estaba presente en la película de Jaime de Armiñán, en tiempo y forma.

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