sábado, febrero 24, 2024

Crítica de ’Saltburn’: Transgrediendo en la era de la corrección política

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Saltburn

Apenas sobrepasado el primer cuarto de hora de Saltburn, en una conversación entre los dos principales protagonistas del film, se pronuncia el nombre de Evelyn Waugh, el novelista británico que, hace más de siete décadas, satirizó a la aristocracia británica en varias de sus novelas, particularmente en la que más popularidad le granjeó: “Retorno a Brideshead”. La alusión al célebre escritor londinense no es casual ni inocente, más bien parece una especie de prevención de la guionista y directora Emerald Fennell para justificarse por haberse basado groseramente en el punto de partida argumental de la citada obra, llevada a la televisión en una reputada serie protagonizada por Jeremy Irons y Anthony Andrews allá por 1981.

No hay por tanto que ser un lince para ver las similitudes argumentales y de construcción de personajes: Oliver Quick (Barry Keoghan) es un estudiante de extracción (relativamente) humilde que va a estudiar a la prestigiosa Universidad de Oxford, sus dificultades para encajar y relacionarse con alguien que no sea el rarito de turno parecen allanarse cuando trama amistad con Félix Cattib (Jacob Elordi) perteneciente a una aristocrática familia inglesa que vive en una mansión llamada Saltburn a la cual Felix invita a Oliver a pasar el verano.

A partir de la galería de personajes, más o menos excéntricos, que habitan Saltburn, Emerald Fennell compone un guion que podría haber sido escrito por Evelyn Waugh si le hubieran arrancado de las manos su fina pluma y se la hubieran cambiado por un rotulador grueso (a ratos muy grueso).

El problema de Fennell es que como guionista está absolutamente volcada en el empeño de transgredir y como directora en el de resultar epatante con la composición estética de sus planos. Con estos dos empeños, pasan a segundo término cuestiones como afinar en la escritura, cuidar la narración, perfilar los personajes y colocar la cámara en el lugar más coherente y no en el más efectista.

Todo esto lleva a que fondo y forma vayan cada uno por un lado y, mientras asistimos a secuencias presuntamente transgresoras (algunas más que transgresoras son desagradables), la trama argumental se queda en lo superficial. El retrato de la aristocracia británica cae más del lado de la parodia que del de la sátira y los personajes (en general bien interpretados) piden a gritos que la directora se centre más en lo que les ocurre y menos en cómo quedan de vistosos en el plano.

Saltburn 1

Y es que se ha puesto complicado lo de transgredir en esta era de corrección política en la que las escenas de sexo son filmadas bajo la atenta supervisión de un “coordinador de intimidad” como si estuviéramos bajo un nuevo Código Hays. Eso sí, el sufrido Keoghan luce sus atributos en un larguísimo plano secuencia que, como todo el film, busca más epatar que otra cosa. Si la transgresión ha quedado reducida a lo que el protagonista hace en sendas secuencias metido en una bañera o acostado sobre una tumba, aviados vamos.

La amistad (vamos a llamarla así) entre Oliver y Felix, que es el motor de toda la trama, incorpora, una vez llegados a Saltburn, a toda una pléyade de variopintos personajes cuya principal característica es, además de su exquisita amoralidad, tenerse a sí mismos como eje absoluto del universo. La madre de Felix (Rosamund Pike), auténtica gobernanta del clan que lleva al extremo su absoluta falta de principios, el excéntrico y ensimismado padre (Richard E. Grant) que sobrepasa casi continuamente la línea de la caricatura; su nihilista hermana Venetia (Alison Oliver), el primo americano (Archie Madekwe) auténtica némesis del “sufrido” Oliver o un inquietante mayordomo (Paul Rhys) son solo algunos de ellos. También tenemos a Carey Mulligan, brillante protagonista del primer film de Emerald Fennell, Una joven prometedora, haciendo un breve y estrafalario personaje bastante prescindible.

Saltburn 2

Pero si en toda la película los caprichos de Fennell gobiernan la filmación, lo de la media hora final roza la línea del delirio. Lo mejor es no cabrearse y tratar de dejarse llevar hasta el retorcido final porque si no, la única solución posible sería coger el mando a distancia y apagar el televisor (la película se ha estrenado directamente en Prime salvo que haya habido un fugaz estreno en cines del que no hayamos tenido constancia).

Lo más destacable del film es el conjunto interpretativo aunque a menudo parezcan un poco huérfanos de dirección actoral. Jacob Elordi está francamente bien encarnando el deseo en un personaje con una sexualidad fluida y efervescente, pero sobre todo el reparto sobresale el joven Barry Keoghan que ya despuntó en Almas en pena de Inisherin (Martin McDonagh, 2022), nominación al Óscar incluida. Su personaje lleno de aristas y dobleces, con una ambigüedad moral de las que asustan, se apropia de cada secuencia en la que interviene.

En conclusión, Saltburn es una película incuestionablemente entretenida y con un acertado sentido del ritmo que hace que no pesen sus 127 minutos, pero ante la que uno tiene la sensación de haber asistido a una mera exhibición de superficialidades y banalidades que apenas llegan a arañar el barniz de aquello que pretenden diseccionar.

Saltburn

5

Puntuación

5.0/10

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