miércoles, febrero 28, 2024

Crítica de ’La ballena’: El capitán Ahab acecha en el frigorífico

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
La ballena

El octavo largometraje de ficción de Darren Aronofsky adapta la obra teatral The Whale (La ballena) del dramaturgo estadounidense Samuel D. Hunter que ha sido, además, el autor del guion cinematográfico basado en su propia pieza dramática.

Y es en esta adaptación, que se despega muy poco del medio teatral y apenas adopta recursos cinematográficos, donde radica el mayor hándicap de una película que, la mayor parte de su metraje, se aparece como una representación teatral filmada. Bien filmada, bien interpretada, de acuerdo, pero, al fin y al cabo, teatro filmado. A algunos espectadores entre los que me encuentro, que amamos el cine y el teatro, cuando vamos al teatro deseamos ver una función teatral y cuando vamos al cine esperamos encontrarnos una película. Hunter no parece dominar el lenguaje cinematográfico (tan emparentado y, al mismo tiempo, tan lejano del teatral) con la misma pericia con la que escribe obras de teatro. Y esto arrastra a Aronofsky a una puesta en escena demasiado pegada al “escenario” con la que consigue una atmósfera asfixiante muy adecuada a la historia que quiere contar, pero que termina resultando demasiado restringida para las casi dos horas de duración del film.

El punto de partida argumental es incuestionablemente atractivo: Charlie (Brendan Fraser) es un hombre enfermo de obesidad mórbida que se esconde del mundo y vive recluido en su apartamento desde el cual imparte clases online de creación literaria a través de un ordenador con la webcam permanentemente “estropeada”. La única visita que recibe con regularidad es la de su amiga y cuidadora Liz (Hong Chau) con quien mantiene un vínculo que se irá desvelando a medida que vaya avanzando el relato.

El resto, apelando a la naturaleza teatral, será una sucesión de escenas (más que de secuencias) desarrolladas a lo largo de cinco días (de lunes a viernes) en las que Charlie en soledad come con voracidad, que se alternan con otras en las que recibirá las visitas de diferentes personajes que irán desde un repartidor de comida (basura) a domicilio hasta Ellie (Sadie Sink), su hija adolescente que vive en un permanente estado de rencor por el abandono paterno, pasando por Thomas (Ty Simkins), un joven predicador que introduce el elemento religioso tan presente en muchas de las películas de Aronofsky o la aparición final de Mary, ex mujer de Charlie, con la que Samantha Morton se come la pantalla en apenas unos minutos.

Aronofsky vence la tentación de presentar la obesidad mórbida como un defecto físico y profundiza en su carácter de enfermedad, que es lo que realmente es. El guion hace explícitas alusiones a la insuficiencia cardiaca congestiva y a los desórdenes metabólicos ocasionados por la misma, pero, a pesar de que la esencia de la automarginación de Charlie obedece a su aspecto, su aislamiento está más emparentado con la profunda depresión en la que vive, sumido por la culpa, el duelo y la necesidad de redención ante una hija a la que se empeña en amar aunque sea manifiestamente odiosa.

La película está sazonada por el mencionado elemento religioso (cuya intención no me queda demasiado clara) y por un componente literario que, a pesar de su pomposo envoltorio, no es más que una analogía entre el protagonista y Moby Dick, la ballena de Herman Melville que justifica el título de la pieza teatral y de la película que nos ocupa.

En cuanto a las interpretaciones, es tan incuestionable la brillantez del trabajo de Brendan Fraser como que no todos los méritos son suyos. Estamos ante uno de esos papeles de apabullante transformación física que tanto gustan a los votantes de premios cinematográficos y que han situado al protagonista de George de la jungla o La momia como uno de los grandes favoritos al Óscar al mejor actor. Lo cierto es que el equipo de maquillaje de la película ha hecho un trabajo absolutamente prodigioso al sepultarlo bajo aparatosas capas y prótesis de látex (y otros materiales que desconozco) que le dan una muy creíble apariencia de obeso.

También está nominada Hong Chau a la estatuilla a mejor actriz secundaria, un personaje escrito con delicadeza e interpretado con emotiva humanidad. Me gusta particularmente, como anticipé antes, Samantha Morton a pesar de su breve intervención, y no tanto una Sadie Sink a quien la dirección actoral ha llevado por el camino del arquetipo de adolescente resentida, sin apenas matices, que hace poco creíble la secuencia final.


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La ballena

6

Puntuación

6.0/10

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