Centenario Ava Gardner: Crítica de ‘La viuda del diablo’ (1970)

Las críticas de Daniel Farriol:
Centenario Ava Gardner
La viuda del diablo (1970)

La viuda del diablo (The Ballad of Tam Lin / The Devil’s Widow) es un drama romántico británico con elementos de intriga y fantasía que está dirigido por Roddy McDowall con guion de William Spier (Willy, Steve Canyon) inspirándose en el poema «The Ballad of Tam Lin» de Robert Burns. La historia muestra a una mujer rica y madura que se niega a envejecer y vive una vida llena de placeres y juegos prohibidos en una gran mansión junto a jóvenes a los que mantiene económicamente para su gozo personal. Está protagonizada por Ava Gardner, Ian McShane, Richard Wattis, Cyril Cusack, Stephanie Beacham, David Whitman, Fabia Drake y Sinead Cusack.

Un cuento de hadas escocés reconvertido en metáfora sobre el declive del movimiento hippie

La viuda del diablo es la única y extrañísima incursión detrás de las cámaras del actor Roddy McDowall, niño prodigio que de adulto se convertiría en el simio científico Cornelius de la mítica saga de El planeta de los simios, de la que tuvo precisamente que renunciar a participar en la secuela Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970), por encontrarse enfocado en los preparativos de su ópera prima como director. Esta película poco conocida y que fracasó en su día en taquilla, ha adquirido cierta aureola de culto bajo una mirada actual que va más allá de la relectura de un cuento popular o de su innecesaria clasificación como película de terror, de ahí el absurdo título The Devil’s Widow, que se aleja mucho del espíritu que tenía el original Tam Lin o The Ballad of Tam Lin.

Y es que el guion de William Spier pretende ser una modernización del poema «The Ballad of Tam Lin» escrito por Robert Burns, en cuyos versos se relata una historia perteneciente al folclore escocés sobre un hombre que fue convertido en elfo para satisfacer las necesidades de la Reina de las Hadas. En un encuentro fortuito del elfo, Tam Lin, con la joven Janet, la chica queda embarazada y aunque es instada a abortar, ese fruto de un amor verdadero les llevará a desafiar a la poderosa Reina que querrá sacrificar al elfo y solo Janet será capaz de salvarlo con el amor que siente por él. En la película no aparecen hadas ni elfos y ese mundo fantástico se traslada a finales de los años 60 para escenificar el declive del movimiento hippie ya convertido en una moda hedonista que había perdido sus valores políticos y contraculturales.

El guion que adapta el cuento

De esa forma, en La viuda del diablo vemos a una mujer inmensamente rica y madura llamada Michaela Cazaret «Mickey» (Ava Gardner) que se niega a envejecer en una mansión en la que vive rodeada de todo tipo de lujos donde acoge a jóvenes guapos para organizar juegos y fiestas (por la época en que se realizó la película se suavizan las orgías sexuales y el consumo de drogas). La anfitriona suele escoger entre todos los jóvenes masculinos de la casa a un amante privado con el que disfrutar de una segunda juventud, aunque se cansa rápido de ellos y suele desecharlos pronto. Lo vemos al inicio de la película cuando echa de casa al que estaba siendo su amante porque ha decidido sustituirlo por Tom Lynn (Ian McShane).

La situación se complica cuando Tom se enamora de la ingenua Janet Ainsley (Stephanie Beacham), la hija del vicario del pueblo, que aparece un día por casualidad en los jardines de la mansión y posteriormente se la vuelve a encontrar durante un paseo por los bosques cercanos. De ese encuentro sexual (fuera de cuadro), la chica se queda embarazada y, aunque en un principio se plantea abortar, la pareja finalmente decide seguir adelante y reafirmar su amor frente a la oposición de Michaela que considera una ofensa que alguien pueda rechazarla. En el acto final, se produce un cambio de estilo en la película que sí vira más hacia al terror cuando Tom es drogado y se produce una caza humana como parte de los juegos que se llevan a cabo en la mansión.

Romance y folk horror

Hay cierta indefinición estilística que perjudica a La viuda del diablo, probablemente debido a los cortes y diversos montajes que tuvo, pero Roddy McDowall parece no decidirse si su película es un drama romántico, un cuento fantástico o la crónica de la decadencia de unos valores sociales. Todo está ahí y nada resulta evidente, algo que también transforma el visionado en una experiencia personal subyugante y de carácter atemporal. El director, con la complicidad del fotógrafo Billy Williams, crea unas imágenes bucólicas y de gran belleza que están envueltas en un aura de onirismo latente que atraviesa lo romántico con el desasosiego del folk horror.

Esa comuna de hippies que, paradójicamente, en poco se diferencia de la burguesía nocturna de La dolce vita (Federico Fellini, 1960), es también un colectivo formado por seres fantasmagóricos que solo existen bajo los designios de su benefactora Michaela Cazaret y que harán lo que ella les pida para mantener sus privilegios. En cierta manera, es trasladar el mundo pagano y rural de El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973) a una ciudad donde una buena cosecha es sustituida por el acceso a las riquezas, lujos y vicios, aunque sea a costa de tener que sacrificar a alguien. Durante esa caza humana, Tom ha sido obligado a consumir una sustancia psicotrópica que le hace tener alucinaciones como luchar contra una serpiente inexistente o transformarse él mismo en oso, no es gratuito, es otro guiño al cuento original donde sucede algo parecido cuando la Reina de las Hadas persigue al elfo.

El mito de la eterna juventud

Sin embargo, decisiones como esa, convierten La viuda del diablo en una rara avis, una película ambigua e inclasificable que está llena de simbolismos que pueden desconcertar al espectador. También hay decisiones extrañas en la puesta en escena como la secuencia del encuentro de los amantes en el arroyo que está filmada mediante fotos fijas u otro instante donde la imagen del rostro de Ava Gardner cambia el color por el blanco y negro, sin olvidar ese inicio en el que se escucha un saxofón en la banda sonora y de pronto aparece el saxofonista en escena para convertirse en uno más en el harén de Michaela.

McDowall se centra obsesivamente en los primeros planos de los actores, estirando las escenas de miradas entre los amantes y utilizando el recurso de los ojos de Ava para generar cierta tensión dramática (que culmina con la escena de la máscara). La presencia de la música de Stanley Myers y, en especial, las canciones del mítico grupo de folk británico Pentangle, otorgan a todas esas imágenes un estado de ensoñación constante que solo perturban algunas cuestiones de tono sobrenatural como la aparición de una tarotista con poder para ver el futuro o la sensación de que Michaela podría tratarse en realidad de una vampiresa cuyo secreto para la inmortalidad es rodearse de jóvenes lozanos a los que exprimir la sangre. Es así, pero de manera figurada. Otra vez, lo fantasioso como telón de fondo de algo mucho más realista.

Un homenaje a Ava Gardner

En cuanto a Ava Gardner, ya tenía 48 años cuando filmó esta película y son evidentes en su rostro las cicatrices del paso del tiempo y, en especial, de la caída de un caballo que sufrió poco tiempo atrás en el rancho de Ángel Peralta mientras aprendía a rejonear un toro. El torero sevillano escribió un guion titulado «El centauro de las marismas» (que era su apodo en las plazas) que debía interpretar junto a la actriz, pero nunca llegó a realizarse tras mantener ambos una relación sentimental tormentosa que no terminó demasiado bien. McDowall mantenía una buena amistad con Ava y quiso que el papel de Michaela Cazaret fuera un homenaje hacia ella, un «acto de amor». La actriz le correspondió con un trabajo entregado donde luce su porte de diva que sienta como un guante al personaje, aunque en algunas escenas su interpretación resulta un poco forzada.

La viuda del diablo no es probablemente una gran película, pero sí una que merece ser recuperada para entender mejor la filmografía de cineastas actuales como Peter Strickland y su fascinación por el erotismo que desprende lo retro. Más allá de cuestiones estéticas, el único filme como director de Roddy McDowall acaba siendo uno de los testimonios más certeros del fin de un era, cuando se confundió libertad con libertinaje y las ideas se mercantilizaron hasta perder su esencia primogénita, por algo las palabras hippie y hipster proceden del mismo vocablo… Pese al error habitual de adscribir la película al género de terror, La viuda del diablo es en realidad un drama romántico con trasfondo metafórico fantástico.


¿Qué te ha parecido la película?

La viuda del diablo

7

Puntuación

7.0/10

Deja un comentario (si estás conforme con nuestra Política de Privacidad)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
A %d blogueros les gusta esto: