Centenario Ava Gardner: Crítica de ‘Los caballeros del rey Arturo’ (1953)

Las críticas de Daniel Farriol:
Centenario Ava Gardner
Los caballeros del Rey Arturo (1953)

Los caballeros del rey Arturo (Knights of the Round Table) es un filme británico de aventuras medievales dirigido por Richard Thorpe (Todos los hermanos eran valientes, Ivanhoe). El guion corre a cargo de Noël Langley (El mago de Oz, El prisionero de Zenda), Talbot Jennings (Ana y el rey de Siam, Caravana hacia el sur) y Jan Lustig (Los contrabandistas de Moonfleet, La reina virgen), adaptando la novela de Thomas Malory «Le Morte d’Arthur» y la leyenda artúrica. La historia nos muestra al rey Arturo con la ayuda de Lanzarote, su caballero más fiel, intentando unificar toda Inglaterra bajo su mando, pero Sir Mordred quiere destronarlo sacando a la luz la relación entre Ginebra, la esposa del rey, y Lanzarote. Está protagonizada por Robert Taylor, Ava Gardner, Mel Ferrer, Anne Crawford, Stanley Baker, Felix Aylmer, Robert Urquhart y Maureen Swanson.

Espadas y amoríos medievales

Con el paso del tiempo, Los caballeros del rey Arturo se ha convertido en una de las adaptaciones de la leyenda artúrica más mítica dentro del imaginario colectivo, aunque también sea una de las menos fieles a la obra original. Richard Thorpe dirige un filme de aventuras y romances prohibidos enfocado al gran público, distanciándose de los aspectos nigrománticos e históricos que contiene el relato original, por ello, prefiere centrarse principalmente en la pura acción del campo de batalla y en el triángulo sentimental formado por el rey Arturo, la reina Ginebra y el caballero Lanzarote. El resultado acaba siendo deslavazado y algo superficial en lo emocional, pero como espectáculo de espadas y sandalias funciona a la perfección.

Esta fue la primera película producida por la MGM (Metro-Goldwyn-Mayer) que fue rodada en Cinemascope y en Technicolor como respuesta a las del estudio rival, la 20th Century Fox, que se había adelantado en su uso con la epopeya histórica La túnica sagrada (Henry Koster, 1953) o en la comedia Cómo casarse con un millonario (Jean Negulesco, 1953). Así pues, el encargo hecho a Richard Thorpe, un artesano con fama de rodar más rápido de lo previsto en los planes de producción, se siente algo precipitado en busca de aprovechar la anchura del formato con grandes planos generales que renuncian a los primeros planos de sus estrellas protagonistas en una historia que precisamente demandaba mostrar las emociones de los personajes por encima de todo lo demás. Es un contraste tan extraño como frustrante que debilita la trama amorosa, pero que acrecienta los valores que podemos hallar en las escenas de acción.

Una aproximación al mito poco fidedigna

La trama de Los caballeros del rey Arturo tiene como verdadero protagonista a Lanzarote (Sir Lancelot del Lago), interpretado por Robert Taylor, el fiel caballero que ayuda al rey Arturo (Mel Ferrer) a mantener la unidad de Inglaterra para conducirla la región a la paz. Se conocen tras un encuentro casual que da lugar a una escena de lucha cuerpo a cuerpo entre ambos con ciertos toques cómicos. Allí iniciarán una amistad incorruptible que incluso llevará al caballero a rehusar a sus sentimientos más íntimos hacia la reina Ginebra (Ava Gardner). Ella es una bella mujer de la que se ha enamorado a primera vista, sin conocer su identidad, tras rescatarla del cautiverio al que era sometida por el Caballero Verde (Niall MacGinnis), personaje que aquí nada tiene que ver con la imaginativa representación realizada recientemente por David Lowery.

La aproximación de Thorpe al mito artúrico es bastante endeble, los conocedores de la leyenda pueden sentirse algo defraudados. Todos los elementos fantásticos o relacionados con la magia, tan presentes en el relato original, son aquí cercenados, manteniendo únicamente la presencia testimonial del Mago Merlín (Felix Aylmer) del que tan solo conoceremos su faceta de consejero. También se eliminan de la historia los aspectos más escabrosos. De ese modo, las razones de los malvados Mordred (Stanley Baker) y Morgan Le Fay (Anne Crawford) para destronar al rey parecen extraerse de su desmedida ambición por el poder, obviando que Morgana es la hermanastra de Arturo y que según algunos textos fue violada por él engendrando a Mordred, hijo al que nunca reconoció como suyo.

Hay que entender que estamos en el año 1953 y nos encontramos ante una película de aventuras medievales realizada para un público familiar. Si queremos acercarnos más al espíritu del relato original disponemos a nuestro alcance de Excalibur (John Boorman, 1981) donde igualmente se incide con mayor relevancia en toda la mitología relacionada con la legendaria espada que en el film de Thorpe queda reducida a la escena en que Arturo extrae la espada de la roca. En el batiburrillo del guion de Los caballeros del rey Arturo se toca de soslayo la búsqueda del Santo Grial en una subtrama que parece despegada del resto e incluso se añade una escena relacionada con la leyenda de Guillermo Tell que, en realidad, debería situarse históricamente en un momento bastante posterior. De hecho, las licencias históricas de la película son muchas como la propia denominación de Inglaterra que debería ser Bretaña.

Las batallas en Scope lucen mejor

No todo es malo en Los caballeros del rey Arturo. El filme se abre con un leve travelling lateral que anticipa la que será una de las escenas más espectaculares también realizada mediante ese tipo de movimiento de cámara. Se trata de una batalla en campo abierto donde se enfrentan los defensores y detractores de Arturo en la que la cámara sigue lateralmente el avance de los caballos que se lanzan al ataque y van aumentando progresivamente su trote hacia una carrera propia del Derby de Epsom. Es una escena rodada magistralmente que aún hoy asombra por el gran dominio que se hace del movimiento, el encuadre y el foco. En general, todas las escenas de batalla y luchas a espadas son las que mejor logradas están en el filme. Hay cierto aroma de wéstern en su concepción (el ataque de los Pictos) y se nota que se buscaba ofrecer al público una función escénica que encandilara por la acción por encima del argumento aprovechando el formato panorámico del Scope, es decir, lo que hoy en día llamaríamos un blockbuster.

También se hace un buen uso del color con sentido dramático. La fotografía de Freddie Young y Stephen Dade saca partido a la irrepetible textura del Technicolor en sus paisajes con planos de gran formato donde se resalta aún más las acertadas elecciones en el vestuario que identifican los colores de las prendas con la personalidad de cada uno de los personajes que las porta. Por ejemplo, uno de los momentos cumbres del filme o, al menos, uno de mis favoritos, es cuando nuestra admirada Ava Gardner (aquí en un papel donde no parece sentirse demasiado cómoda, cuya primera aparición se demora 37 minutos) se enfunda en mitad de la noche una especie de capa roja que cubre su ropa para dormir. El rojo es el color de la pasión, de la sangre, del pecado y de lo prohibido. En esa escena, la reina Ginebra consuma de manera casta el adulterio con Lanzarote (no hay sexo, solo un breve beso en plano general), acudiendo a los aposentos del caballero en mitad de la noche ante la siniestra vigilancia de Mordred y Morgana.

El uso del color para definir a los personajes

A nivel escénico y de planificación de cámara, esa «escapada» nocturna de Ginebra es muy interesante. El rojo de la capa flotando en el aire mientras la mujer corre por las escaleras en busca de su amado se convierte en uno de los instantes que graba la película en nuestra retina. El rojo del pecado se transformará en el blanco que simboliza la pureza cuando la mujer sea encerrada en un convento como castigo por ser una mujer adúltera. Durante la película pueden encontrarse muchos más paralelismos del uso del color en el vestuario, por ejemplo, no son casualidad las tonalidades suaves que resaltan la candidez de Elaine (Maureen Swanson) ni los colores aguerridos con que viste Lanzarote.

En ese contexto el personaje de Arturo queda un poco desdibujado y siempre a la sombra de su servidor. Es un rey cornudo que posee nula química sexual con su mujer, lo que siendo ella Ava Gardner debería ser delito penado por ley. Arturo y Ginebra no parecen pareja, algo probablemente buscado a tenor de una conversación que mantienen en lo alto de un torreón en la que ambos declaran lo mucho que echan de menos a un ausente Lanzarote y donde el rey manifiesta un bucólico «Yo también le quiero», ofreciendo una clara connotación homosexual a una atracción que en la mayoría de versiones se basa en la camaradería, el respeto y la admiración mutua.

En definitiva, Los caballeros del rey Arturo es un entretenido filme de aventuras medievales con enfoque romántico que, más allá de la superficialidad con la que aborda la mitológica artúrica, ofrece algunas escenas de batalla para el recuerdo y destaca por su impresionante reparto de estrellas hollywoodienses de la época donde destaca el porte de Robert Taylor como héroe de la función (aunque como demuestra la escena final el verdadero héroe es su caballo).


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Los caballeros del rey Arturo

7

Puntuación

7.0/10

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