Crítica de ‘Rūrangi’: Transiciones e identidades superpuestas

Las críticas de Daniel Farriol:
Rūrangi

Rūrangi es un drama neozelandés creado por Oliver Page y dirigido por Max Currie con guion de Cole Meyers y Oliver Page. Inicialmente fue creado como una webserie de 5 episodios cortos, pero también existe una versión en formato de largometraje que se ha podido ver en diversos festivales de cine, en especial, de temática LGTBI+. Cuenta la historia de Caz Davis, un activista transgénero que, tras una década de haber huido de su ciudad natal, se enfrenta en su regreso a su padre, novio y amigos a los que no ve desde antes de su transición. Está protagonizada por Elz Carrad, Arlo Green, Awahina Rose Ashby, Kirk Torrance, Aroha Rawson, Renee Sheridan, Ross Harper y Renee Lyons. La serie puede verse en Filmin desde el día 29 de Abril de 2022.

Lo personal y lo colectivo

Rūrangi es un interesante y emotivo drama sobre un hombre transgénero que tras un tiempo ausente debe regresar a su pueblo natal para enfrentarse a todo lo que dejó atrás. Es un modo de reconciliarse con su pasado y asumir, por fin, cuál es su verdadera identidad con el arrojo suficiente de no esconderse ante los demás. La historia se inicia con Caz Davis (Elz Carrad), un activista en los derechos del colectivo trans que ofrece charlas motivacionales a jóvenes que están pasando por las mismas incertidumbres que tuvo él siendo un adolescente. Por otro lado, mantiene una apasionada relación secreta con un deportista de élite que está casado y oculta al mundo su orientación sexual hasta que llega un momento que no puede soportarlo más y se suicida. Ese hecho trágico afecta gravemente a Caz, el cuál decide romper con todo su mundo actual, pero el destino le gastará una broma durante esa huida a ninguna parte estropeándole el coche junto al letrero de bienvenida a Rūrangi, su población natal.

A partir de ahí veremos a Caz haciendo las paces consigo mismo en la necesaria reconciliación con su padre (Kirk Torrance), su novio (Arlo Green) o algunos amigos que dejó atrás antes de su transición sin tan siquiera haberles ofrecido una explicación de su marcha. En especial, está Anahera (Awahina Rose Ashby), una chica lesbiana que era su mejor amiga y se convierte en el contrapunto clave en la serie para unificar la temática de identidad sexual con la del pueblo maorí. La serie muestra ese regreso al pasado con mucha sutileza y realismo, sin caer en el sentimentalismo de postal, a través de cinco episodios cortos de apenas 20 minutos escasos que se pasan volando y te dejan con la sensación de querer seguir indagando en la evolución vital del personaje y de ese entorno aquejado de problemas medioambientales que afectan a la salud de sus ciudadanos. La acción transcurre en una pequeña ciudad de Nueva Zelanda, con mayoría de habitantes de etnia maorí, adentrándose en el conflicto cultural de un pueblo arraigado a su pasado histórico que se va diluyendo con los nuevos tiempos, algo que ejemplariza esa lengua milenaria casi en extinción que hay que estudiar al margen de la educación convencional.

Al igual que hacía el cineasta valenciano Adrián Silvestre en sus dos obras sobre el mundo trans, Sedimentos (2021) y Mi vacío y yo (2022), en las que extrapolaba sus reflexiones mucho más allá de la identidad sexual, en Rūrangi sucede lo mismo y se superpone la transición física de Caz a la transición cultural maorí, lo que hace que la serie sea doblemente atractiva.

‘Rūrangi’, una nueva Ítaca

Rūrangi es una obra sencilla realizada por un grupo mayoritariamente de género no binario tanto en el elenco artístico como en el apartado técnico. El atormentado protagonista, Elz Carrad, tiene el carisma suficiente para convertirse en un Ulises moderno adaptado a las preocupaciones de hoy en día. Pese a la profundidad de los temas que trata, la serie está contada desde la ligereza, en el buen sentido, todo fluye sin aspavientos adoctrinantes y con una total ausencia de pretenciosidad. En un segundo plano tenemos la subtrama medioambiental que sirve como catalizador en el final del trayecto para el personaje principal, pero queda demasiado diluida en el global, tal vez, sería una forma distinta de abordar una posible segunda temporada.

Es cierto que el guion es algo convencional y que tiene un desarrollo previsible, lo que peyorativamente podría definirse como telefilmero, sin embargo, tanto la honestidad que encontramos en los personajes como las buenas intenciones en el tema tratado, hacen que la propuesta sea tan emocional como genuina. El trabajo de cámara está por encima del enfoque televisivo habitual y se adivina cierta intencionalidad dramática en la manera en que se filma el viaje interior de Caz haciendo las paces con un pasado doloroso. Y qué mejor final, tras tantos minutos de contención, que llegue la explosión festiva con la mítica canción «Smalltown Boy» de Bronski Beat que, precisamente, relata en su letra la soledad de alguien rechazado por su condición sexual y cuya melodía se convirtió en los años 80 en un himno para el reconocimiento del colectivo LGTBI+ en su lucha contra la discriminación social.


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Rūrangi

7.5

Puntuación

7.5/10

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