Centenario Ava Gardner: Crítica de ‘Pandora y el holandés errante’ (1951)

Las críticas de Daniel Farriol:
Centenario Ava Gardner
Pandora y el holandés errante (1951)

Pandora y el holandés errante en un melodrama de producción británica y rodado en España que está escrito y dirigido por Albert Lewin (El retrato de Dorian Gray, La vida privada de Bel Ami). La historia recrea la pasión que provoca en los hombres Pandora Reynolds, una mujer de una belleza arrebatadora que parece incapaz de amar hasta que aparece en su vida el misterioso marinero Hendrick van der Zee, cuyo espíritu está condenado a vagar sin rumbo hasta que encuentre una mujer que muera de amor por él. Está protagonizada por James Mason, Ava Gardner, Nigel Patrick, Sheila Sim, Harold Warrender, Mario Cabré, Marius Goring y John Laurie.

El romanticismo fatalista de una leyenda que ha envejecido mal

Cuenta la leyenda del holandés errante que un capitán de barco fue condenado por Dios a navegar eternamente sin rumbo tras realizar un pacto con el Diablo. En la posterior obra teatral de Edward Fitzball se añadió el componente romántico de que el capitán tenía la oportunidad de redimirse de tal maldición bajando a tierra una vez cada varios cientos de años para hallar a una mujer con la que compartir ese viaje eterno, alguien podría decir con ironía en un símil de la vida matrimonial. En la majestuosa ópera de Richard Wagner esos cientos de años se convirtieron en tan solo siete, vamos a ponérselo más fácil al desdichado hombre.

El guionista y director de Brooklyn Albert Lewin se sirvió de la famosa leyenda y sus posteriores modificaciones para crear un universo onírico de romanticismo fatalista para su película Pandora y el holandés errante, una de las más conocidas de su breve carrera en la dirección. En el filme elimina el componente religioso y asocia el origen de la maldición al asesinato cometido por celos de un hombre hacia su esposa infiel, siendo castigado después al descubrir que esas sospechas eran infundadas y producto de su insana imaginación.

Eran otros tiempos donde el heteropatriarcado campaba a sus anchas sin atisbo de crítica social y, sin duda, en los tiempos actuales resulta harto peligroso el romantizar un crimen machista ofreciendo la redención al asesino mediante el sacrificio y amor eterno de la mujer. Eso es lo que plantea la adaptación de la leyenda a la película, en la que el holandés errante vagará por los mares en su velero fantasmal con la posibilidad cada siete años de descender a tierra firme para encontrar a una mujer capaz de morir de amor por él. Tanto eso como el rancio perfilado de la mayoría de personajes masculinos y femeninos en base a roles de género muy marcados ha hecho que la película haya envejecido mal en algunos aspectos si se avista únicamente desde la superficie, aunque respecto a otros elementos de carácter más técnico o cinematográfico el filme se mantenga asombrosamente moderno e innovador.

Una femme fatale en plena época franquista

Pandora y el holandés errante no fue un éxito comercial en su momento, más bien lo contrario. Se trata de la primera película a color protagonizada por Ava Gardner, aunque su estrenó se demoró y se presentó al público con posterioridad al musical Magnolia (George Sidney, 1951). Su aureola mítica se fue estableciendo con el paso del tiempo en base también a las habladurías de la prensa rosa más preocupada en resaltar lo que sucedía fuera del plató que en los propios méritos que tenía la película. Los más viejos del lugar recordarán que gran parte del rodaje se efectuó en una preciosa población catalana de la Costa Brava, Tossa de Mar, en plena época franquista, algo que marcó a toda una generación por la necesidad de libertad y aperturismo que requería la sociedad en aquellos momentos en los que el cine era una evasión, pero también un espejo donde mirarse. La actitud descarada (en el buen sentido) que poseía Ava en su relación con los hombres, la fiesta y la diversión sin límites, trajo consigo un desafío a la moral establecida que incomodaba profundamente al régimen. Supongo que tampoco les haría mucha gracia ver la escena inicial con unos pescadores hablando en catalán.

Albert Lewin realizó una película de halo casi tan maldito como su protagonista masculino. Las imágenes resultan extrañas, abstractas, alegóricas e incluso petulantes, integrando dentro de su adaptación cinematográfica del holandés errante todo un batiburrillo de cosas externas a la leyenda que proceden, por ejemplo, de la mitología griega o del folclore español. De ahí el nombre del personaje que interpreta Ava Gardner, Pandora Reynolds, la mujer que expandió todas las desgracias para la humanidad al desobedecer y abrir la famosa caja entregada por los dioses. En el filme, Pandora es convertida en una auténtica femme fatale propia del cine negro que enamora con su belleza a todo hombre con el que se cruza, juega con ellos y los sume en la desgracia al no ser correspondidos. Por suerte, Lewin, no se limita a pintarla como una harpía malvada sino que su belleza es también para ella una especie de maldición que destruye a la gente que le quiere. Esa imposibilidad de amar se debe a que su corazón pertenece sin aún saberlo al holandés errante. Es el destino de los amantes que cruza océanos del tiempo como lo era para Drácula y Mina en la versión romántica que hizo Coppola del mito vampírico creado por Bram Stoker.

La lírica nihilista

Tossa es rebautizada en Pandora y el holandés errante como Esperanza. No es un nombre escogido al azar, ya que es lo último que resta dentro de la caja abierta por Pandora, según la leyenda, antes de ser cerrada. Albert Lewin plaga su película con metáforas visuales de un lirismo casi teatral en un contexto escénico en el que tienen cabida desde esculturas griegas vigilando la playa como vestigio de lo inmortal e imperecedero hasta los tablaos flamencos y las corridas de toro como parte de un imaginario cultural que ensalza la pasión y la muerte.

El director no tiene miedo a viajar en el tiempo para recrear a mitad de película, durante más de 10 minutos, la leyenda del holandés errante en imágenes mientras el personaje de James Mason lee en voz alta un manuscrito. Tampoco se corta un pelo al transcribir textos del poeta del siglo XI Omar Khayam extraídos de su obra «Rubaiyat», tan densos para el espectador medio con frases tipo «El dedo implacable sigue y sigue escribiendo. Seducirlo no podrás con tu piedad o tu ingenio para lo escrito tachar o con tus lágrimas borrar ni una coma ni un acento». El libro referenciado, al igual que la película, forman una amalgama poética que ensalza el amor, el erotismo y el pensamiento nihilista acerca del destino de la vida.

Ava Gardner, siempre eterna

Nuestra homenajeada Ava Gardner aparece en Pandora y el holandés errante tan bella como una Diosa griega. De hecho, muchos años después del rodaje, concretamente en 1998, su esbelta figura fue inmortalizada en Tossa de Mar con una estatura de bronce a tamaño natural creada por la artista Ció Abellí desde donde el alma de la actriz observa con eterna melancolía el mar donde fue feliz. Al igual que sucede en multitud de películas anteriores (no entiendo esa obsesión), Ava interpreta una canción, esta vez con su voz real, la balada romántica «How Am I to Know?» de Jack King. La actriz estaba en su plenitud como mujer y todas sus apariciones arrojan un misticismo que trascienden a un personaje al que le falta profundidad psicológica. Hay que reseñar la importancia que tiene la fotografía e iluminación llevada a cabo por el genial Jack Cardiff (Narciso negro, La Condesa descalza). Según se cuenta, en una reunión con la actriz, ésta le pidió que tuviera especial cuidado cuando comenzara a menstruar, ya que la cámara podía captar la acidez en su piel. No sé si será cierto, pero es indudable que Ava aparece más bella que nunca en esta película.

El binomio formado por Cardiff y Lewin nos regala un repertorio de imágenes subyugantes y alucinantes. Además de la sublimación que hacen del Technicolor (que con la restauración efectuada se puede apreciar en la actualidad en toda su inmensidad), los encuadres resultan intrépidos y arriesgados, así como la utilización de la profundidad de campo también resulta asombrosamente atípica y vanguardista. Por ejemplo, las secuencias de toreo y de baile no buscan el realismo de la situación sino recrearse en una representación pictórica que ensalce la plasticidad de los movimientos. Pandora y el holandés errante es una obra conceptualmente prodigiosa, mucho más interesante en su forma que en su contenido donde si podemos hallar desbarres en la configuración de unas relaciones sentimentales ancladas en la posesión-amor-odio del mito de Otelo. En el fondo, el film de Lewin es una tragedia shakespeariana y es así como debe entenderse la reacción exacerbada que tienen algunos personajes en su manera de confrontar vida y muerte.

El mar trágico

La pasión central entre Pandora y el holandés errante no acaba de funcionar. No saltan chispas como deberían entre Ava Gardner y James Mason, lo que perjudica la credibilidad dramática de los acontecimientos. Ambos habían trabajado juntos en Mundos opuestos (Mervyn LeRoy, 1949) y lo harían posteriormente en Mayerling (Terence Young, 1968), pero no veo química como pareja entre ellos. Del torero Mario Cabré actuando mejor no comentar mucho, su robótica interpretación solo es comparable a su spanglish que escuchado en versión original puede producir alguna risa involuntaria. El corto affair que Ava mantuvo con el torero fue otro de los escándalos que se recuerdan asociados al rodaje de esta película al que se presentó un encolorizado Frank Sinatra que era la pareja por aquel entonces de la actriz. El torero quedó absolutamente embelesado por Ava, pero al igual que Pandora ella no le correspondía de igual forma.

Pandora y el holandés errante es un filme de belleza atemporal que colaboró a agrandar el mito de Ava Gardner dentro y fuera de la pantalla. Se trata de un melodrama de tono fatalista con fugas hacia la fantasía surrealista que la emparenta con el espíritu de Jennie (William Dieterle, 1949), aquí también adquiere importancia un cuadro y el mar. Se podría asegurar que la obra de Albert Lewin es una película de culto por aspectos que van mucho más allá de lo puramente cinematográfico, pero también hay que decir que conserva un aliento trágico y onírico arrebatador a través de algunas imágenes inolvidables.


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Pandora y el holandés errante

8

Puntuación

8.0/10

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