Crítica de ‘Los santos inocentes‘: Brillante adaptación, acertada dirección y sobresaliente elenco

Las críticas teatrales de José F. Pérez Pertejo:
Los santos inocentes

Acudíamos a la segunda representación del estreno de Los santos inocentes en el Teatro Calderón de Valladolid con cierta sensación de acontecimiento. No podía ser otro teatro sino ese en cuyas butacas tantas veces se sentó Don Miguel como espectador teatral y cinematográfico el que alumbrara la puesta sobre las tablas de otra de sus obras que, sin haber sido concebida como texto dramático, ha transitado de la narrativa a la escena teatral por obra y gracia de la brillante adaptación del recientemente desaparecido Fernando Marías. Una adaptación llena de aciertos que se fundamenta en una reverente fidelidad al vocabulario y las locuciones que habitaban en el universo lingüístico de la obra de Miguel Delibes.

Pero a pesar de que el material de partida es incuestionablemente literario, a la dificultad de adaptar a texto dramático la novela de Miguel Delibes y ponerla en escena, se suma el reto de afrontar y resistir la ineludible comparación con el referente cinematográfico que está presente en la memoria de varias generaciones de espectadores españoles. Y no estamos hablando de un referente cualquiera, la película Los santos inocentes de Mario Camus estrenada en 1984, tres años después de la publicación de la novela, figura en los primeros puestos de cualquier listado que se precie sobre los mejores films de la historia del cine español. Las interpretaciones de Terele Pávez, Ágata Lys, Agustín González o Juan Diego son portentosas, pero, sin duda alguna, el Paco el bajo de Alfredo Landa y el Azarías de Francisco Rabal, que compartieron el premio de interpretación masculina en el Festival de Cannes, son una de las más altas cumbres de la historia de la cinematografía patria.

Sin embargo, y acaso sea este el mayor mérito de entre los muchos que atesora el montaje de Javier Hernández-Simón, nada más comenzar la representación, como espectador se toma conciencia de estar asistiendo a algo genuino, la función cobra desde el minuto inicial una carta de identidad puramente teatral, la dramaturgia y el tratamiento escénico de Hernández-Simón son tan coherentes en la forma y el estilo como poderosos en la creación de ambientes, pulsiones y estados de ánimo. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, con tres simbólicas puertas al fondo y un cielo plagado de pájaros, resulta tan evocadora como funcional y las diferentes escenas se encadenan con un acertado sentido del ritmo que mantiene, en todo momento, una pulcra coherencia dramática.

Ayudan en este sentido el diseño de iluminación de Juan Gómez-Cornejo y Ion Anibal, la composición musical, sobria y tensa, de Álvaro Renedo Cabeza y el vestuario de Elda Noriega. Todos estos elementos artísticos se integran en un todo sobrio y armónico.

Acierta también Hernández-Simón en la dirección de actores y aquí resulta inevitable hacer una apreciación que ojalá fuera innecesaria pero, a fuerza de ver en los escenarios españoles repartos plagados de uno o dos nombres importantes (por su presencia televisiva o cinematográfica) y un resto de intérpretes mediocres, es de justicia subrayar que hacía mucho tiempo que no veíamos sobre un escenario a un reparto tan homogéneo y en el que absolutamente todos los intérpretes estuvieran a gran altura. A pesar de que, a priori, los nombres de Javier Gutiérrez (como Paco el bajo) y Luis Bermejo (Azarías) sobresalen en cuanto a notoriedad y podían hacer temer una repetición de esta enfermedad de los elencos, las dudas se disipan en cuanto todos los actores hacen presencia en el escenario y abren la boca.

Las creaciones de Gutiérrez y Bermejo son muy potentes, Javier Gutiérrez empapa a su personaje del fatalismo y la resignación con que Delibes creó el personaje y lo eleva a una humanidad sobrecogedora, Luis Bermejo por su parte, elude con talento todos los riesgos de caricatura que entraña un personaje como el de Azarías y compone un personaje riquísimo en registros y absolutamente natural en el uso de un lenguaje casi propio. Ambos están acompañados por un monumental Jacobo Dicenta como el señorito Iván, Pepa Pedroche que también se abona al fatalismo y carga de matices sus cambios de registro según quien sea el interlocutor o un Fernando Huesca que barniza de atribulación y tormento su personaje a medio camino entre el señorito que nunca será y el de los pobres parias a quienes no acierta a tratar.

La joven Yune Nogueiras está sencillamente fantástica como Nieves, la hija de Régula y Paco el bajo, su interpretación es un claro ejemplo de que existen jóvenes intérpretes capaces de funcionar en un elenco armónico, lo mismo puede decirse de José Fernández que se desdobla con solvencia y acierto en dos personajes, algo que también hace Marta Gómez con la pulcritud y perfecta dicción de la marquesita y el patetismo de la niña chica. Sobre Raquel Varela recae la papeleta de encarnar a la mujer insatisfecha prototípica de un quiero y no puedo que tanto sufrieron las mujeres de varias generaciones en ese estrato social intermedio que había de conformarse con haber salido de la miseria; lo hace administrando la rabia, la sumisión y la humillación en un amplio abanico de registros.

La segunda representación en Valladolid arrancó largos y sentidos aplausos del público y acabó poniendo de pié a más de tres cuartas partes de los espectadores. Excelente acogida para este montaje de Los santos inocentes que resulta, en conclusión, en un brillante y atinado espectáculo sobre la inmortal obra de Miguel Delibes, un retrato del fatalismo y la miseria de una España que, afortunadamente de manera menos frecuente que en los años sesenta en que Delibes situó su novela, permanece vigente en determinados modos y lugares de esta otra España que, barnizada de modernidad, sigue avanzando a dos (o más) velocidades.


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