Crítica de ‘El triunfo’: El poder sanador del teatro

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El triunfo

Como lo he vivido, puedo asegurar que formar parte de una compañía de teatro supone una experiencia vital que trasciende el hecho teatral mismo. A poco que consiga crearse un ambiente de camaradería, no digamos ya amistad, el grado de implicación personal con el grupo y el proyecto está muy por encima de lo estrictamente “obligatorio”. Desconozco si esto ocurre siempre así en el ámbito de las compañías profesionales, imagino que la apretura de las cifras que hay que cuadrar y las ambiciones particulares de cada uno marcarán indudables diferencias, pero los contactos que he tenido con amigos profesionales me han hecho ver que las cosas en el escenario funcionan tanto mejor cuanto mejor funcionan también fuera de él.

El poder transformador del teatro ha sido probado en numerosas ocasiones en todo tipo de colectivos, desde enfermos psiquiátricos a personas con necesidades especiales pasando por instituciones penitenciarias que es, precisamente, donde se desarrolla la película francesa El triunfo, de Emmanuel Courcol, película que fue proyectada en la gala de clausura de la sexagésimo quinta edición de la SEMINCI y, posteriormente, fue galardonada con el premio a la mejor comedia europea en los Premios del Cine Europeo. Un film de difícil clasificación atendiendo a los géneros al uso pues partiendo del realismo (no en vano está basada en un documental) dosifica con acierto el tono de comedia con cierto tinte dramático en un conjunto de película carcelaria.

Courcol, autor también del guion, parte de un personaje entrañable, Etienne (Kad Merad), un actor teatral en plena crisis personal y profesional, que acepta dirigir un taller de teatro en una prisión. Tras unos titubeos ensayando unas fábulas de animales, que ni le gustan a él ni entusiasman a sus pupilos, descubre que la vida de los reclusos, en permanente espera, encuentra un fiel reflejo en la obra maestra del teatro del absurdo, Esperando a Godot de Samuel Beckett.

Los cinco integrantes del taller, al que pronto se unirá un sexto en labores técnicas, parten de un grado de implicación diferente para integrarse en el proyecto común que no es otro que poner en escena la obra del genial irlandés. El guion no subraya las vidas personales de los reclusos y pasa de puntillas por sus antecedentes o por la causa concreta de que se encuentren en situación de reclusión, sin embargo, sí define sus diferentes perfiles psicológicos a través de sus conductas, sus reacciones y su manera de afrontar las dificultades y el éxito que el montaje obtiene. Lo que le interesa a Courcol es la evolución, mostrar ese poder transformador del teatro en las vidas de estos hombres y en la recuperación de una dignidad individual dentro de un colectivo.  En este sentido es fundamental el brillante trabajo de los variopintos “actores que dan vida a los actores”: Saïd Benchnafa, Lamine Cissokho, Sofian Khammes, Pierre Lottin, David Ayala y Wabinlé Nabié, todos ellos rostros poco conocidos pero que impregnan su personalidad en el film.

Courcol dirige con un eficaz sentido del ritmo sin caer en la astracanada, ni el drama ejemplarizante, ni en la “feel-good movie” convencional, los tres riesgos más graves que corría y que consigue evitar gracias a una justa dosificación de los momentos de comicidad y los elementos dramáticos. A partir del estreno del montaje, la película discurre por las vicisitudes de la compañía, sus sueños de libertad, cierto retrato superficial de la rutina en prisión y la vida personal, esta sí, de su protagonista Etienne.

Kad Merad es uno de esos raros actores con un amplísimo espectro interpretativo. Aunque el cine francés ha desviado su carrera predominantemente hacia la comedia a partir de su tronchante papel en Bienvenidos al Norte (Dany Boon, 2008), los que le han visto saben de su notable registro dramático gracias a su tono de voz, su mirada melancólica y su capacidad de introspección. En El triunfo firma un excelente trabajo engrandecido en el tramo final de la película con una inolvidable secuencia que, por inverosímil que parezca, está basada en un hecho real. Completan el reparto Laurent Stocker y la siempre brillante Marina Hands (Lady Chatterley, 2006).

El triunfo es, en conclusión, una película bien escrita, dirigida con acierto e interpretada con brillantez, que resulta ligeramente divertida, enormemente entretenida e inmensamente humanista.

El triunfo

7

Puntuación

7.0/10

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