Crítica de ‘Claroscuro’: Imitación a la vida

Las críticas de Daniel Farriol:
Claroscuro

Claroscuro (Passing) es un drama estadounidense escrito y dirigido por la actriz Rebecca Hall adaptando la novela de Nella Larsen. La acción de la historia nos traslada hasta los años 20, con el reencuentro de dos amigas de la infancia. Clare es una mujer mulata que se hace pasar por blanca y está casada con un racista, pero echa de menos la vida que tenía cuando no fingía ser otra. Irene también es mulata, pero ha preferido formar parte activa de la comunidad negra de Harlem, aunque en el fondo anhela la libertad que parece respirar su amiga. Está protagonizada por Tessa Thompson (Aniquilación, Little Woods), Ruth Negga (Ad Astra, Loving), André Holland (The Eddy, Castle Rock), Alexander Skarsgård (The Northman, The Stand), Bill Camp (Gambito de Dama, El visitante), Kerry Flanagan, Derek Roberts y Frank Holley. La película se ha estrenado en Netflix el día 10 de Noviembre de 2021.

Dos formas distintas de mirarse en el espejo

No puede ser más sorprendente y estimulante el debut tras las cámaras de la actriz británica Rebecca Hall. Claroscuro es una maravillosa obra de orfebrería en la que adapta una novela de Nella Larsen, una escritora afroamericana de escasa trayectoria que, sin embargo, es considerada como una de las principales artífices del movimiento cultural «Renacimiento de Harlem» que sacudió intelectualmente el Nueva York de los años 20. El argumento de la novela y el filme propone un fascinante estudio sobre la identidad a través del fortuito reencuentro de dos amigas de la infancia que comparten el hecho de ser mulatas con un color de piel tan claro que podrían pasar por ser blancas.

Clare, así lo ha decidido. Tiene un marido racista al que le ha ocultado su procedencia étnica y se hace pasar una mujer blanca para disfrutar de aquellos privilegios que durante décadas le han sido arrebatados a las mujeres de su raza. Por contra, Irene, sigue viviendo en Harlem y está involucrada en causas que reivindiquen el sentido de comunidad para la gente negra. Aunque cada una de ellas ha escogido un camino distinto para alcanzar su felicidad, en realidad ocultan en su interior que desean parecerse cada una a la otra. Clare echa de menos la vida en el barrio donde no debe ocultarse tras una máscara social mientras que a Irene le gustaría formar parte de una sociedad en la que nadie juzgase el color de su piel. El tiempo que pasarán juntas les influirá de manera distinta, sacándolas de su lugar de confort para enfrentarlas a sus respectivos miedos y debilidades que creían olvidados en el transcurrir de unas vidas construidas en la mentira. La tragedia es inevitable y de consecuencias inesperadas.

El subtexto de la puesta en escena

Claroscuro está rodada con una elegancia escénica que recuerda a los melodramas del Hollywood dorado y a cineastas como John M. Stahl. En formato de pantalla recortada y con las texturas del fotógrafo catalán Eduard Grau (Quién te cantará, Suite francesa), el sofisticado blanco y negro de la imagen no es únicamente una decisión de estilo. La ausencia de color permite jugar con los contrastes de una manera más acentuada, desdibujando de manera abstracta el trasvase del blanco al negro y viceversa en un universo en el que todos los personajes caminan por la luz y las sombras al mismo tiempo. El empleo de la luz y los encuadres de cámara ofrecen un subtexto dramático que va mucho más de lo aparente y de lo reflejado en su teatralizado texto. A menudo más interesante que escuchar los diálogos es centrarse en la puesta en escena que tiene la película y todo lo que se sugiere a través de los silencios, las miradas y la forma en que son iluminados los rostros. Sin duda, dirigir no es un capricho de Rebecca Hall, tiene un talento innato para hacerlo.

Claroscuro reflexiona sobre las diferencias sociales y sobre el racismo que aún sigue imperante en las sociedades actuales. Aunque ya no había esclavos, el racismo subyace en algunas de las conversaciones, en la tensa escena con el marido de Clare o en los comentarios que el marido de Irene hace a sus hijos para alertarles sobre actos violentos que se están produciendo en las calles contra la comunidad negra. Las escenas de Irene con el escritor Hugh sirven para deslizar algunos diálogos mordaces y afilados sobre la manera en que se relacionaban los blancos con los negros. Es una manera de dar un respiro dentro de un melodrama frío que adquiere un tono cada vez más enrarecido e irrespirable bajo su apariencia falsamente relajada.

También existe un contrapunto irónico en todo eso cuando comprobamos que el matrimonio Redfield, de nivel adquisitivo alto pese a vivir en Harlem, tiene a una empleada del hogar negra que Irene evita denominar como criada ante los ojos de Clare. Las dos amigas han vivido negando sus respectivas realidades y han crecido imitando las vidas que soñaban tener. Al reencontrarse entre ellas como quién descubre de sopetón su reflejo en un espejo es como si las despertaran de un estado de ensoñamiento inducido para obligarles a reconocerse en sus verdaderas identidades. Sin embargo, la película va mucho más allá de ser una crónica racial de la época. Está mucho más cercana a ser una visión íntima que se concentra en la psicología y en la sexualidad femenina como forma de adentrarse en las insatisfacciones e incertidumbres con las que convivían las mujeres negras en los años 20. Claroscuro es un melodrama con sabor a cine clásico rodado con exquisito buen gusto y con dos protagonistas superlativas, Tessa Thompson y Ruth Negga, en roles tan antagónicos como complementarios, el yin y el yang, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.


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Claroscuro

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