Crítica de ‘Las niñas’: Cuando la infancia te aprieta el alma

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Las niñas
 

Como muchos cineastas, Pilar Palomero debuta en la dirección con una historia muy personal. Esto suele conllevar muchos riesgos, quizá el mayor de ellos sea que la historia sea tan particular que pueda no interesar a mucha gente, algo que Palomero trata de solventar en Las niñas con una cuidada recreación estética y continuas referencias a la época (inicios de los 90) para dar ese salto de lo particular a lo general y convertirse en un retrato (nada nostálgico) de un momento y un país. Tanto el formato cinematográfico (4:3) como la fotografía mate y deliberadamente deslucida de Daniela Cajías se ponen al servicio de una propuesta estética coherente con su planteamiento.

Hay diversas virtudes en Las niñas, pero acaso la mayor de ellas sea la sutileza. Uno está acostumbrado a que temas como la educación tradicional católica en colegios religiosos sea tratada con cierto tremendismo que levanta ampollas en los que, o bien no lo vivieron así, o bien creen a pies juntillas en los métodos conservadores (por no llamarlos represivos) de enseñanza.

No hay nada escabroso en la mirada que Pilar Palomero dirige al colegio donde sitúa a su grupo de niñas, y a los que nos educamos en colegios de monjas no nos resulta difícil reconocer a algunas de nuestras “educadoras” en las desabridas monjas que Palomero retrata con bastante asepsia, desde la directora del coro que obliga a hacer playback a aquellas que no cantan bien a la profesora de matemáticas que aprovecha las operaciones de mínimo común múltiplo para endosar una regañina de tintes morales.

Palomero ejerce una dirección muy limpia, sin asumir demasiados riesgos autorales y poniendo la proximidad como principio rector de la puesta en escena. Una proximidad que apoya, además de en el formato cinematográfico elegido, en una colocación de la cámara siempre al límite de la distancia interpersonal. La sobreabundancia de primeros planos y la escasez de movimientos de cámara hace que, como espectador, sea casi imposible mantenerse al margen de la vida de este grupo de niñas y su tránsito de la infancia a la adolescencia. Las secuencias de apertura y, especialmente, de cierre del film son, como toda la película, sutiles, delicadas y de una profunda madurez en la realización. 

Pero sin lugar a dudas, el descubrimiento de la película es la joven Andrea Fandos de la que solo el paso del tiempo dirá si es la nueva Ana Torrent del cine español como muchos críticos y comentaristas se han apresurado a decir. Es cierto que hay algo especial en su mirada, un candor que emana de una inusitada mezcla entre fragilidad y fortaleza y, especialmente, una sobriedad y una contención emocional absolutamente inusual en las intérpretes de su edad, por lo general mucho más tendentes al exceso gestual y verbal. Andrea Fandos no necesita llorar a lágrima viva ni reír a mandíbula batiente para hacer llegar al espectador su estado emocional, basta mirar su rostro para entender su pena, su miedo, su fragilidad, su desconfianza, su curiosidad o, por encima de todo, su imperiosa necesidad de cariño.

También están bien el resto de las niñas en lo que se adivina como el feliz resultado de un meticuloso y exigente proceso de casting. Natalia de Molina da un nuevo salto de madurez interpretativa con este papel de joven madre soltera y se suma a la contención gestual que impera en la dirección actoral.

Las niñas es una película notable cuya directora, Pilar Palomero, añade su nombre a la nueva ola de directoras españolas que durante los últimos años han debutado en el largometraje con trascendentes resultados, Belén Funes, Celia Rico, Carla Simon, Nely Reguera, Mar Coll o Paula Ortiz (la mejor de todas ellas a juicio de quien esto escribe) conforman una brillante generación de cineastas que merecen, en primer lugar desprenderse de (limitantes) etiquetas de género y, en segundo lugar, una continuidad estable en sus carreras como directoras.

Las niñas se presentó en el Festival de Berlín, fue la gran vencedora del Festival de Málaga, se ha alzado con el Forqué a la mejor película y, en el momento de escribir estas líneas, atesora seis nominaciones a los Feroz y se postula como una de las favoritas al Goya. A pesar de que, como he dicho, me parece una película notable, me preocupa que esta sea la mejor película española del año pues dice muy poco de la salud de nuestro cine. 2020 ha sido un año difícil para todo, para el cine también. 


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7

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