Crítica de ‘Beginning’: El irrefrenable vértigo de empezar de cero

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Beginning

Este fin de semana se estrena en las salas de cine ¿recuerdan?, esos lugares, con una gran pantalla y butacas, para los cuales están concebidos las películas a pesar de que fuerzas malignas se empeñen en que las veamos (únicamente) en un televisor, en un ordenador o ¡maldita herejía! en un teléfono móvil. Pues sí, en esos lugares donde no se ha producido ni un solo brote de enfermedad Covid 19 y que, contra viento y marea, muchos siguen empeñándose en mantenerse abiertos y proyectar películas, se estrena, decía antes de la digresión, la película georgiana Beginning. Una de las que por siempre llevarán adherido el flamante sello Cannes 2020 al formar parte de la sección oficial de un festival que nunca llegó a poder celebrarse; sello al que, desde el pasado mes de septiembre, puede acompañar la aun más flamante Concha de Oro de la 68ª edición del Festival de San Sebastián, festival que sí se celebró, con impecables medidas de seguridad, por cruzarse con una época un poco más benévola (o menos malévola) de este infausto año.

Beginning es el primer largometraje de la joven directora georgiana Dea Kulumbegashvili y nos traslada a un pequeño pueblo de su país donde una comunidad religiosa (de Testigos de Jehová) es atacada, no sabremos muy bien por quienes, con un incendio en el local donde celebran sus encuentros y oraciones. A partir de dicho ataque, la película se centra en Yana (Ia Sukhitashvili), la esposa del líder de la comunidad que desde de ese momento (aunque la mayoría de los motivos venían de atrás) sufre una especie de crisis personal y existencial que ocupa el resto de los ciento veinte minutos de metraje.

Si clasificásemos las películas en relación a su nivel de exigencia con el espectador, Beginning estaría, sin duda alguna, en la primera categoría. Su propuesta formal consiste en una sucesión de planos fijos en los que, muy ocasionalmente, se producen leves movimientos horizontales de cámara. Olvídense de la mayoría de las herramientas del lenguaje cinematográfico incluido el montaje (salvo que consideren montaje a colocar una secuencia detrás de otra sin que haya entre ellas una dialéctica tangible) no hay piruetas con la cámara ni juegos de artificio con la música, la iluminación o el sonido. La única concesión a la galería está, precisamente, en el plano final del que no escribiré ni palabra.

Kulumbegashvili opta por un estilo seco, radical, directo, con una estudiada puesta en escena y una concepción artística y visual muy particular en la que, en contra de lo que parece, nada es dejado a la arbitrariedad. En su rigorismo formal encuentra Beginning su razón de ser, su capacidad para resultar turbadora e hipnótica, una capacidad que, por extraño que parezca no entra en contradicción con su densidad, con su aspereza y con su difícil digestión.

Beginning puede ser cuestionable, puede no gustar, es seguro que muchos espectadores se quedarán fuera de la propuesta porque no hay concesión alguna a la levedad o a la mundanidad, pero lo que es indiscutible es que el film tiene una coherencia interna irreprochable. Cada plano responde a lo que la directora quiere hacer en cada momento marcando distancias emocionales y físicas con unos personajes a los que utiliza como herramientas sobre las que apoyar sus imágenes.

Pero la mayor virtud de la película estriba en que Kulumbegashvili no opta por una propuesta tan desafiante por el mero hecho de resultar audaz y epatante (la audacia nunca es una virtud en sí misma) sino que entretejida en todo este dispositivo está una narración de inusitada carga ética y moral. El trasfondo religioso que planea durante todo el film no es más que el caldo de cultivo en el que crecen las dudas, los silencios y los conatos de huida de esta mujer en permanente encrucijada entre algo que ha de terminar y el vértigo de comenzar de cero.

Una mujer a la que Ia Sukhitashvili encarna con una atinadísima mezcla de frialdad y empatía a través de los vínculos que establece sobre los demás personajes que, en diferentes órbitas, gravitan a su alrededor. Su egoísta marido (Rati Oneli), su pequeño hijo, su madre o el personaje más enigmático del film, una suerte de némesis del que no conviene hablar demasiado, tienen razón de ser en la medida en que justifican el punto de partida emocional de Yana y su trayecto vital hacia Dios (nunca mejor dicho) sabe donde.

A pesar de su parsimonia, de que algunos silencios sean exasperantemente largos, de que no todos los planos tengan la misma consistencia estética y de varios momentos controvertidos, incluido el desenlace, Beginning es, sin duda, una de las películas más estimulantes que nos ha dejado este aciago 2020.

En San Sebastián dividió a la crítica, crispó a un sector del público y, por lo visto, cautivó a un jurado que, además de la Concha de Oro, le concedió el premio a la mejor dirección, al mejor guion y a la mejor interpretación femenina para su protagonista. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido de haberse celebrado Cannes.


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