65 SEMINCI. Sección oficial. Crítica de ‘La tierra baldía’: Interesante propuesta formal para un film de difícil digestión

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 65 SEMINCI: 
La tierra baldía 

 

El segundo largometraje del director iraní Ahmad Bahrami, La tierra baldía, se desarrolla en una fábrica de ladrillos situada en un lugar semidesértico de las llanuras de Irán, allí trabajan varias familias de diferentes etnias a cargo de un capataz, Lotfollah (Ali Bagheri), que funciona como intermediario entre los trabajadores y el jefe (Farrokh Nemati), un hombre con permanente cara de úlcera de estómago que, sin embargo, tiene la habilidad de decir a todo el mundo lo que quiere oír y quitarse de encima los problemas con una táctica tan sencilla como el “no te preocupes, déjalo para otro día”.

Bahrami construye su guion con una estructura radial a partir de una secuencia central que se va repitiendo desde diferentes puntos de vista y a partir de la cual se van extendiendo las ramificaciones argumentales que componen la película. Cada una de estas secuencias secundarias de la central está focalizada en un personaje y, a partir de su punto de vista, vamos conociendo información de la situación de la fábrica y de los vínculos con los demás miembros de esta microsociedad.

Como vemos, la estructura narrativa es compleja, poco ortodoxa y exigente con el espectador que debe entrar en la dinámica del relato o correr el riesgo de ser excluido de la, por otra parte, morosa filmación de Bahrami.  El director estira el mutismo hasta el límite de lo razonable y basa sus secuencias en una estudiadísima puesta en escena que le permite mínimos movimientos de cámara siempre en sentido horizontal. Es decir, estamos ante una película de parsimonioso ritmo, prolongados silencios y difícil digestión que prolonga su metraje bastante más allá de lo necesario para contar lo que ocupa el relato.

La configuración de las secuencias y esta particular puesta en escena confieren a la película cierto aroma teatral. Hay ecos chejovianos en este leal capataz impenitentemente enamorado de la viuda Sarvar (Mahdieh Nassaj) resignada a ser la amante del jefe (aunque él la llame segunda esposa) y también en los demás personajes como el rebelde kurdo Sahur o la pareja de enamorados Ebrahim y Gohar a cuyo amor se opone el padre de esta última. Todos ellos reciben su momento de atención y desde sus respectivas secuencias volvemos siempre al momento inicial, ese discurso del jefe en el que habla de la crisis de la fábrica ante el progresivo abandono del ladrillo como material de construcción.

Tras la finalización de los tres actos de la narrativa clásica, Bahrami se reserva un epílogo de unos veinte minutos en el que deja a los espectadores abandonados a la suerte de su personaje eje, el capataz Lotfollah, que se ha quedado solo en el “escenario”. Durante este epílogo, ya fuera de la estructura radial anterior, el ritmo sigue siendo, en justa coherencia, igual de parsimonioso que el metraje anterior, pero lo que ocurre es tan previsible que, tal vez, se beneficiaría de un montaje un poco más expeditivo.

Toda la concepción estética de la película guarda una cohesión incuestionable. La fotografía en blanco y negro de Masoud Amini Tirani es de una nitidez apabullante y acentúa el vínculo de los personajes con el entorno, un paraje desolado en mitad de ninguna parte donde se yergue la torre de la cerámica, que queda acotado por el formato de filmación en 4:3 que cierra el plano y acentúa el carácter teatral del film. La música de Foad Ghahremani hace acto de presencia en momentos contados para acentuar alguna transición dramática, pero, como ya se ha dicho, predominan los silencios.

La tierra baldía es una película interesante desde el punto de vista formal a la que tal vez cabría exigir un poco más de profundidad en la descripción de la realidad social de una clase trabajadora en dificultades. Pero no olvidemos que estamos hablando de una cinematografía, la iraní, sometida a la censura y que las películas que no son del gusto del régimen o no se estrenan o se persigue a sus directores. Que se lo pregunten a Jafar Panahi o a Mohammad Rasoulof de quien escribiré en unas horas a propósito de su There Is No Evil, ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín y que también se ha presentado hoy mismo a competición en la sección oficial de la SEMINCI.


¿Qué te ha parecido la película?

6.5

Puntuación

6.5/10

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