Crítica de ‘Un diván en Túnez’: Freud vuelve a Túnez

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Un diván en Túnez
 
Un diván en Túnez (cuyo título internacional es Arab Blues) es el primer largometraje de la directora franco-tunecina Manèle Labidi que, con producción francesa, viaja a su país natal para realizar una comedia de apariencia desenfadada, entretenida y amable pero no tan liviana como parece. Dejando a un lado algunos chascarrillos de trazo grueso y ciertos recursos bastante gastados por el género, podemos rascar algo más que una divertida sucesión de pacientes más o menos excéntricos en la consulta de una psicoanalista que, tras más de media vida en Francia, decide regresar a su país de origen para instalar una consulta en la azotea de la casa familiar.
 
No se adivinan en Labidi intenciones de retratar la situación social de su país cuando han transcurrido casi nueve años del inicio de la primavera árabe; únicamente esboza, de forma cómica, la ineficacia funcionarial, la falta de recursos de la policía y la corrupción en varias esferas públicas, incluyendo al director de un instituto al que hay que untar para que no denuncie a una muchacha que se ha levantado la camiseta enseñando los pechos y se conforme con expulsarla. No hay mucho más en este sentido pero no es ese el propósito de una película despreocupada del contexto y más centrada en los personajes, tanto en toda la variopinta galería de secundarios como, de manera principal, en su protagonista, Selma, una franco-tunecina como la propia Labidi que sufre el desarraigo de ser vista como inmigrante en Francia y como extranjera en su propio país de nacimiento.
 
Selma, interpretada por la actriz iraní Golshifteh Farahani (a la que alguien puede recordar por La piedra de la paciencia de Atiq Rahimi) es el personaje central y la razón de ser de una película que continuamente pivota sobre sus decisiones, problemas y necesidades. Su firme determinación a asentarse como psicoanalista en su país a pesar de las reticencias (cuando no firme oposición) de algunos de sus compatriotas (lo más bonito que le llaman es engreída postcolonial) la llevará a enfrentarse a su propia familia y a un obsoleto sistema burocrático en el que habrá de tramitar su permiso profesional.
 
Labidi maneja perfectamente el ritmo y los tiempos y resuelve su película con agradecible brevedad en 88 minutos; se sirve de un eficaz uso de la música, de una puesta en escena colorista y un tono general festivo y dinámico que únicamente se ralentiza en la fallida (e innecesaria) deriva romántica que no parece tener muy claro como resolver.
 
Farahani realiza un brillante trabajo gracias a saber conjugar ese aire de parisina engreída (como la llama uno de los personajes) con el carisma suficiente para caer bien al espectador desde su primer minuto en pantalla. Con una interpretación vitalista, Farahani sostiene sobre sus espaldas todo el peso del metraje y ofrece una naturalidad fundamental para ejercer de contrapeso a los excesos interpretativos de algunos de sus pacientes que, con el permiso o la complicidad de Labidi, caen en exageraciones que, si bien provocan la carcajada, deslucen un poco el conjunto.
 
Un diván en Túnez es una película imperfecta, bastante lejos de una comedia refinada, pero que hace de la necesidad virtud y precisamente se sostiene sobre esas imperfecciones para componer un film inofensivo, tan agradable de ver como fácilmente olvidable.


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6

Puntuación

6.0/10

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