Crítica de ‘El plan’: Buenas interpretaciones para un guion poco efectivo

Las críticas de Óscar M.: El plan

El plan lo tenía todo para ser un éxito: está basada en la obra de teatro del mismo nombre, cuenta con importantes nombres en el reparto (ver a Antonio De la Torre y Raúl Arévalo siempre es garantía de una película con buenas interpretaciones) y la expectación que genera en el espectador un póster y un título tan sugerente. Lamentablemente, este es un claro ejemplo de que sólo con buenos actores o buenas intenciones no se consigue el objetivo final.

El planteamiento inicial, con un limitadísimo reparto de tres actores (junto a De la Torre y Arévalo está Chema del Barco) hace que todo el peso de la película se base en las interpretaciones (aunque no hay quejas sobre los actores, no son suficientes para sacar adelante la historia) y también situar la acción en un corto espacio de tiempo (menos de una hora y media) y en muy poco espacio físico (la vivienda de uno de los protagonistas) ofrece un producto muy condensado que debería afectar más al espectador, pero, desafortunadamente, no lo consigue.

El plan cuenta la historia de tres perdedores una mañana cualquiera: tres hombres blancos a los que les une el haber perdido sus puestos de trabajo en la misma empresa. Han quedado porque (según el título) tienen “un plan”. Sus problemas particulares se irán descubriendo y mezclando con la situación general para la que han que se han reunido esa mañana. A pesar del reducido metraje y la intencionada claustrofobica situación, el espectador se aburre con tanta disgregación de las historias, tanto misterio alargado con diálogos que no llevan a ningún sitio para intentar mantener el interés y un ambiente levemente enrarecido donde los personajes no consiguen conectar con la audiencia, aunque sus dramas busquen ese objetivo.

No por curiosos, o por excéntricos, los personajes no encajan (ni entre ellos ni conectan con el espectador) por ser excesivamente normales y sus vidas comunes y hasta algo anodinas. Desafortunadamente, es una constante actual conocer a alguien sin trabajo y con una edad avanzada, sin una relación estable o con una insatisfactoria relación de pareja y con hijos. No hay nada de excepcional que atraiga de los tres personajes principales, así que (una vez abandonada toda capacidad de conexión con los personajes) lo mejor es intentar dejarse llevar por el argumento.

El principal escollo es que es tan demoledoramente creíble y tan lamentablemente realista que se vuelve común y se pierde el interés. El guion intenta demostrar que no hay fórmulas a la hora de enfrentarse a los problemas personales y cada personaje ve soluciones al problema del otro sin el mayor esfuerzo. Hasta hay un momento (casi en el tramo final) en el que se ruega a la empatía por parte del espectador, pero ya es demasiado tarde, la petición es tan ruda que no consigue el efecto deseado, los giros dramáticos de la historia llegan tarde y, aunque sirven de resolución lógica a la trama, no consiguen arrastrarnos hasta el punto álgido esperable ni provocar la reflexión deseada por el guionista y director, Polo Menárguez.

Rematada con una molesta e incómoda banda sonora compuesta por Pablo Martín-Caminero (al nivel de Mastretta aquel año que estuvieron en el escenario de los Goya), El plan avanza entre la comodidad de los llamados “problemas del primer mundo”, los toques de humor (aunque están correctamente insertados, no son un contrapunto a la tensión), unos intentos de bocanadas de aire fresco (sacando a los protagonistas del salón principal) y unas historias que se complican según avanzan los minutos, que en último tramo se hacen eternos y, hasta incluso, lastimeros.

Es muy probable que como obra de teatro la historia funcione mejor y consiga más implicación por parte del espectador, El plan, versión cinematográfica, queda un poco simple, demasiado común y, por desgracia, olvidable una vez se encienden las luces de la sala. Siempre nos quedará el recuerdo de los buenos actores.

4

Puntuación

4.0/10

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