Crítica de ‘Los dos papas’: Humana, entretenida, divertida y con dos interpretaciones memorables

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Los dos papas
 

Caben varios acercamientos al último film de Fernando Meirelles, Los dos papas, producido por Netflix y que tras unas semanas de permanencia en salas de cine, puede verse ahora en la popular plataforma. El primero de los acercamientos sería historiográfico, es decir, tratar de discernir en qué manera conviven la ficción y la realidad en un film que se auto promociona como “basado en hechos reales”. En segundo lugar podría hacerse una aproximación teológica sobre cómo son representadas las dos grandes corrientes de pensamiento que conviven en la iglesia católica desde antes del Concilio Vaticano II: la conservadora que aboga por mantener la doctrina pegada al pensamiento más tradicional y la reformista que propone que la iglesia debe modernizarse abordando cuestiones como el celibato de los sacerdotes o el papel de la mujer en la iglesia y la postura sobre la homosexualidad, los anticonceptivos, etc. Y en tercer lugar está el acercamiento puramente cinematográfico que es el que me corresponde y al que, por tanto, voy a dedicar el grueso de estas líneas.

Lo que ocurre es que tanto la cuestión historiográfica como la teológica son ineludibles a la hora de hablar acerca de un film que construye su guion sobre un hipotético encuentro entre dos personajes reales, vivos para más señas, y de enorme trascendencia e influencia fundamentalmente (pero no sólo) para sus fieles. El papa emérito Benedicto XVI (Anthony Hopkins) y el actual prelado de Roma, el papa Francisco (Jonathan Pryce).

Son relativamente fáciles de identificar los dos momentos históricos claves representados con gran verosimilitud, el cónclave de abril de 2005 tras el funeral de Juan Pablo II del que resultó elegido papa el cardenal Joseph Ratzinger (futuro Benedicto XVI), y el momento de la abdicación de este último en febrero de 2013 con la consecuente celebración de un nuevo cónclave que llevaría al Cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, a lo más alto de la curia vaticana con el nombre de Francisco.

Entre estos momentos, el guionista Anthony McCarten (auténtico especialista en escribir biopics: Stephen Hawking, Winston Churchill, Freddie Mercury, curiosamente tres papeles que han llevado a sus respectivos intérpretes Eddie Redmayne, Gary Oldman y Rami Malek a ganar el Óscar) construye una serie de conversaciones de cuya veracidad solo podrían dar cuenta los verdaderos protagonistas y no creo que estén por la labor, pero es bien cierto que todo lo que dicen está basado en lo que ambos han manifestado a lo largo de los años a través de sus encíclicas, entrevistas y obra escrita. Las dos posturas antagónicas son descritas de modo sucinto en un guion que no profundiza demasiado en ningún momento evitando los dos grandes riesgos a los que podría conducir a la película: resultar aburrida en caso de profundizar en lo teológico y convertirse en un film de tesis o resultar polémica en caso de tratar con detalle los escándalos derivados del caso Vatileaks o de los abusos a menores por parte de sacerdotes que han saltado a los medios de comunicación desde hace más de una década.

Abandonadas por tanto las opciones de convertirse en un film teológico o de denuncia social, Meirelles, llevado por el guion de McCarten, opta por construir un film tremendamente entretenido, con la ágil realización que suele imprimir a su cine y al que sus dos magníficos intérpretes terminan por conferir la enorme sensibilidad que se desprende de cada fotograma. El resultado es una película que no debería desagradar a los fieles católicos (aunque el sector más ortodoxo encontrará, como siempre, motivos para enfadarse) y resultar tremendamente interesante para los espectadores que no tengan convicciones religiosas o a los que la religión les resulte sencillamente indiferente.

Quizá la mayor virtud de la película, esbozada en el guion, hilvanada desde la dirección y cosida con mano firme por dos interpretaciones excepcionales, sea precisamente la fusión del ser humano con sus tribulaciones, inseguridades, manías, temores y arrepentimientos con el ser “infalible” modelo para gran parte de la humanidad cuyas acciones y palabras son auténticas referencias cuando no dogmas. La humanización de estos dos próceres de la iglesia a través de anécdotas salpicadas de humor sobre sus gustos musicales, la afición futbolística de Francisco (hincha reconocido del San Lorenzo de Almagro) o el gusto de Benedicto XVI por los refrescos de naranja se alternan con sus conversaciones, cada vez más cercanas, acerca del mensaje evangélico y sus diferentes concepciones, desde la verdad inmutable del llamado “perro guardián de la fe” encarnado por Benedicto-Ratzinger-Hopkins a la lectura del amor de Dios, más próxima a la realidad social, que representa Francisco-Bergoglio-Pryce.

Si a esto unimos una ambientación que ralla con la perfección y el espectacular privilegio de contemplar la Capilla Sixtina (qué envidia me ha dado la idea de poder estar allí solo, en silencio, sin hordas de turistas intentando hacer una foto a escondidas) o pasear por Roma, Los dos papas se erige como una de las películas de 2019.


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8

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