Crítica de ‘Lo que arde’: Poderosa en lo visual, parca en lo narrativo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Lo que arde
 

Con una profunda huella de sus orígenes como documentalista, el director gallego Oliver Laxe se mueve a caballo entre este género y la ficción para construir su tercer largometraje, Lo que arde, que fue galardonado con el Premio del Jurado en la sección Un certain regard del pasado Festival de Cannes y en el momento de escribir estas líneas ostenta cuatro nominaciones a los premios Goya y cinco a los Feroz además de los parabienes, casi unánimes, de la crítica cinematográfica.

Mediante este tono documental, Laxe retrata un modo de vida en vías de extinción, una Galicia rural que subsiste en los escasos habitantes de pequeñas aldeas que guisan en cocinas de lumbre, pastorean sus vacas, llaman al veterinario cuando se enferman, acuden en masa a los entierros y comparten los pocos momentos de asueto en el bar del pueblo. Alternando con largas secuencias de deleitación en el paisaje, Laxe nos presenta a sus dos personajes centrales, Amador, un ex convicto que abandona la prisión donde fue condenado por pirómano y Benedicta, su anciana madre, que resiste al frente de la casa, las vacas y las miradas aviesas de muchos de sus convecinos para los cuales no es más que la madre del pirómano.  

Lo que arde es una película diferente a la norma del panorama cinematográfico español, una propuesta con escasas pretensiones de hacer caja en las taquillas pero movida por un ánimo artístico que se fundamenta en un estilo (quizá excesivamente) contemplativo y en un ritmo pausado, para poner todo su vigor en la fuerza poética de sus imágenes, algo que consigue con creces al ofrecer, al menos, media docena de secuencias de enorme belleza poética como la cadenciosa tala de eucaliptos que da inicio al film o, próximo al final, el homenaje a Tarkovski con ese caballo ciego que galopa a la deriva ante la estupefacción de los agotados aldeanos. Portentosa es también la filmación del incendio que ocupa el tercio final del film cuyos detalles sería interesante conocer en algún “así se hizo” de cuya existencia no tengo noticia.

Es, sin embargo, una lástima que toda esa potencia visual no se vea acompañada de un mayor esfuerzo narrativo, no necesariamente en los diálogos, que al fin y al cabo reflejan el carácter de unos personajes que se comunican a través de miradas, silencios y pocas palabras, sino en la construcción de un armazón argumental más sólido que, además de impresionarnos con la belleza de sus imágenes, nos llevará un poco más allá en la conmoción ante uno de los más desoladores desastres naturales que cada verano perturba nuestras sobremesas de telediario.

No hay ningún afán (al menos evidente) de denuncia política en el guion coescrito por el propio director y Santiago Fillol; se apuntan algunas de las causas de la desgracia como la proliferación de los eucaliptos y sus largas y profundas raíces o los escasos medios de las brigadas antiincendios que se juegan la vida en condiciones dantescas, pero sin intenciones de poner el dedo en la llaga sobre asuntos de mayor calado como la especulación sobre el suelo o la madera, algo que, sin duda, habría emborronado la mayor virtud del film que es precisamente su propuesta estética.  

En cuanto al reparto, formado por actores no profesionales, cabe destacar a la anciana Benedicta Sánchez que, a pesar de su amateurismo o precisamente gracias a él, consigue desarmar al espectador a fuerza de humanidad y una naturalidad cautivadora.


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