Crítica de ‘La hija de un ladrón’: Belén Funes debuta con una excelente lección de realismo social

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La hija de un ladrón
 

Por razones de puro azar he visto en el plazo de tres días la más reciente película de un consagrado director octogenario inglés y la ópera prima de una joven directora española. Y con referencias tan dispares en lo biográfico, lo curioso es que ambos, el anciano inglés y la joven española, dirigen dos películas muy potentes para hablar de lo mismo: de los parias de la tierra, de los desfavorecidos, de la gente que tiene que vivir continuamente haciendo equilibrios entre familias a las que mantener y trabajos precarios y mal pagados o sometidos a situaciones de auténtico abuso.

Me estoy refiriendo a Sorry, we missed you de Ken Loach y a la película que nos ocupa en estos párrafos, La hija de un ladrón, debut en la dirección de largometrajes de Belén Funes tras sus cortometrajes La inútil y Sara a la fuga (precuela de La hija de un ladrón). Funes coescribe junto a Marçal Cebrian un guion sin concesiones a la lágrima fácil o a la búsqueda esforzada de la empatía con los personajes. Y coloca la cámara con una naturalidad pasmosa donde considera que lo que el plano va a ofrecer no es más ni menos que la pura verdad, huyendo de artificios o de escenificaciones impostadas, persiguiendo la cotidianidad más mundana.

De hecho, el primer tercio de película, recuerda talmente al cine que hacía Ken Loach hace casi treinta años (Riff Raff, Lloviendo piedras o Ladybird, Ladybird por poner tres ejemplos), un cine de realismo social que Loach ha encarnado en Inglaterra como Robert Guédiguian en Francia o los hermanos Dardenne en Bélgica y que en España, durante unos años, abanderó Fernando León de Aranoa. Y sí, por excesivo que parezca hablando de una debutante, Belén Funes resiste la comparación con todos los directores citados.

Funes arma su película sobre las espaldas de su personaje principal, Sara, interpretada por una descomunal Greta Fernández, hija en la ficción y en la vida real de Eduard Fernández que no es, ni más ni menos, que el ladrón al que hace referencia el título. Sara malvive en un piso protegido mientras se multiplica para ejercer de madre (tiene un pequeño bebé), de novia (ante la inexpresividad emocional del padre de su hijo), de hermana mayor (de su atormentado hermanito Martín, auténtica carne de cañón a la deriva) y, finalmente, de hija, de la hija de un ladrón, de un hombre desnortado y balarrasa, ex convicto e incapaz de seguir un camino honesto a pesar de sus estériles intentos. Y aquí es donde aparece el otro Fernández, Eduard, para componer uno de esos papeles ambivalentes en los que se mueve como pez en el agua.

El caso es que ambos Fernández, hija y padre, son capaces de convertir la aridez de su relación en pantalla en humanidad, Greta Fernández transmite continuamente la estoica convicción de las personas que saben que no se pueden permitir rendirse y no se concede a sí misma ni una queja, es la suya una interpretación de mínimos en lo gestual y de máximos en lo natural. En cada mirada de Greta Fernández se respira la amargura del desapego emocional con el que todos la distancian y su lucha por no claudicar, por aprender a vivir sin lo que más necesita que no es otra cosa que un beso o un abrazo, una muestra de cariño. De Eduard Fernández está casi todo dicho, pocos actores son capaces de conjugar en el mismo personaje la humanidad de un buen hombre con la sordidez de un canalla y que el resultado sea un ser humano querible al que uno desearía, antes de nada, ayudar.

A medida que avanza el metraje, una vez superado ese primer tercio en el que Funes emula (con éxito) a Ken Loach, La hija de un ladrón toma una deriva menos social y más familiar en la que el guion explora todas las vertientes de los vínculos afectivos entre los personajes, y aquí es donde cobra gran importancia el personaje de Martín (Tomás Martín), el hermano pequeño de Sara, que funciona como aglutinador de los sentimientos y de las tramas argumentales para reunir a los personajes en la celebración de su primera comunión, una celebración familiar en la que Belén Funes pone en funcionamiento todos sus recursos como directora para resolver el argumento y desencadenar las emociones.

La hija de un ladrón es, probablemente, el debut cinematográfico más potente del año en España y parece llamada a recibir, merecidamente, los galardones destinados a óperas primas, directoras noveles o actrices revelación. La temporada de premios se avecina, los Forqué, los Feroz y los Goya están a la vuelta de la esquina y algo me dice que los nombres de Belén Funes y Greta Fernández van a sonar con fuerza.


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7.5

Puntuación

7.5/10

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