64 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘La vida invisible de Eurídice Gusmão’: Excelente película de hermosa y delicada tristeza

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 64 SEMINCI: 
La vida invisible de Eurídice Gusmão
 
La vida invisible de Eurídice Gusmão es la más reciente película del heterodoxo director brasileño Karim Aïnouz, en la cual adapta uno de los éxitos editoriales recientes de la literatura brasileña: la novela homónima de la escritora Martha Batalha publicada en 2015. Aunque en la novela, que no he tenido ocasión de leer, el arco argumental abarca varias décadas del pasado siglo XX, el guion cinematográfico de Murilo Hauser se centra en la década de los 50 para contarnos un periodo trascendental de las vidas de dos hermanas, Guida (Julia Stockler) y Eurídice (Carol Duarte), cuyas vidas van a ser determinadas por las circunstancias familiares y sociales de la época y el lugar que les ha tocado vivir y, por otro lado, por cierto fatalismo vital que las mantendrá separadas a su pesar.
 
El argumento, que bien daría para un largo serial televisivo, es convertido en un sólido melodrama por obra y gracia del libreto de Hauser y la realización de Aïnouz que se hace fuerte en las directrices de la narrativa clásica. Ambos, guionista y director, consiguen conjugar el relato (particular) de las vidas de dos hermanas con un retrato (general) de la conservadora sociedad brasileña en la que la mujer estaba predeterminada para seguir un camino marcado por sus roles de hija, esposa y madre.
 
Cuando la hermana mayor, Guida, siguiendo un impulso enamorado, huye a Grecia con un marinero, algo se resquebraja en el hogar de los Gusmão, su severo padre (Antonio Fonseca), su impasible madre (Ana Gusmão) y su soñadora hermana Eurídice se abandonan a una suerte de desaliento que les empujará a decisiones tan equivocadas como trascendentales para el devenir de sus vidas.
 
Eurídice, marcada por una personalidad de inquietudes artísticas (sueña con estudiar música en Viena), entiende que la única manera (alternativa) de huir de la férrea disciplina de su padre es casándose, y lo hace con un hombre anodino que, si bien la saca del autoritarismo, la hunde en la insustancialidad.
 
Estamos por tanto ante una de esas películas en las que lo que no ocurre subyace continuamente a lo que realmente ocurre. El espectador asiste impotente a los desencuentros, las oportunidades perdidas, los sueños incumplidos y, fruto de todo esto, se impregna de la melancolía (saudade) en la que viven dos hermanas cuya existencia discurre “tan lejos, tan cerca” y a las que, a cierta altura de la película, es imposible no querer.
 
Y si todo esto ocurre, si uno ama a los personajes, se implica en sus destinos, quiere que les vaya bien y se estremece ante sus desgracias, es por obra y gracia de eso tan maravilloso llamado cine en el que, cuando todo funciona, el arte se convierte en vida y te atrapa. Y en La vida invisible de Eurídice Gusmão funciona prácticamente todo. Ya he esbozado unos párrafos más arriba las virtudes de un guion preciso que se apoya en la fallida relación epistolar entre las hermanas para otorgar a Guida el papel de narradora. Sobre este recurso se apoyará Aïnouz para, con un delicado uso de las elipsis, hacer avanzar el relato sin que su, a priori, extenso metraje pese en ningún momento. De hecho, estamos ante uno de los pocos ejemplos en los está justificada la larga duración (139 minutos) de la película y, dada la potencia del material de partida, podría ser aun más larga sin que ello resultase excesivo. Aïnouz compone secuencias dramáticas muy potentes que sobrecogen al espectador sin recurrir a subrayados lacrimógenos. 
 
Falta hablar del tercer pilar de la película que no es otro que sus intérpretes. Tanto Julia Stockler como Carol Duarte están fantásticas y aportan a sus papeles la compleja diversidad de registros emocionales y tonos vitales que exigen dos personajes con un arco tan amplio a lo largo de la película. Resultan tan creíbles en la felicidad como en la desgracia y sobre sus rostros se dibuja el paso del tiempo con naturalidad y encanto. Mención aparte merece la breve aparición de la maravillosa Fernanda Montenegro en el tramo final de la película para terminar de encoger el corazón de quien, a estas alturas, no lo tuviera ya encogido.
 
La fotografía de Hélène Louvart y la música de Guilherme y Gustavo Garbato dan un brillante envoltorio estético a una gran película de sobrecogedora y hermosa tristeza.

8.5

Puntuación

8.5/10

Un comentario en “64 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘La vida invisible de Eurídice Gusmão’: Excelente película de hermosa y delicada tristeza

  • el 26 octubre, 2019 a las 20:04
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    La verdad es que esto es lo que hay que agradecer a la SEMINCI, poner en el radar de los amantes del cine, películas que de otro modo, nunca se cruzarían en nuestras vidas.

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