Crítica de ‘Dolor y gloria’: Autorretrato de un hombre, memorias de un director de cine (o viceversa)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Dolor y gloria 
 
No tengo claro hasta que punto todas las disciplinas artísticas permiten a sus creadores realizar una obra autorreferencial en la que ponerse a sí mismos como centro y objeto de su creación artística. Acaso los ejemplos más evidentes resulten las memorias literarias y los autorretratos pictóricos; son muchos los escritores que no se resistieron a escribir su autobiografía y tantos o más los célebres pintores cuyos autorretratos cuelgan en las paredes de museos o colecciones particulares.
 
El cine, como arte integrador de muchas manifestaciones creativas podría aparecerse como un medio ideal para que un artista se desnude emocional e intelectualmente y, de hecho, es incuestionable que muchos directores (me atrevería a decir que todos los que ejercen el cine como autores escribiendo sus propios guiones) beben a menudo de sí mismos para contar sus historias, Bergman o Woody Allen lo hacen casi continuamente, Truffaut interpretó a su propio alter-ego en La noche americana o, de un modo más íntimo, Nanni Moretti lo hizo en Caro Diario. Pero, tal vez por todas las complejidades técnicas que restan intimidad a la creación cinematográfica, no son demasiadas las películas en las que un director de cine hable sobre sí mismo de una manera tan abierta y descarnada, creando un personaje para que otro actor lo interprete como hizo Federico Fellini con Marcelo Mastroiani en su Ocho y medio o ahora, cincuenta y seis años después, acaba de hacer Pedro Almodóvar con Antonio Banderas en esta Dolor y gloria recién estrenada.
 
Salvador Mallo, que es el nombre del alter-ego de Almodóvar interpretado por Banderas, es un director que una vez alcanzado el éxito profesional y en la madurez de su carrera, sufre una crisis personal y creativa motivada por todos los dolores físicos y emocionales que le aquejan. Con este punto de partida, Pedro Almodóvar elabora un guion en el que mezcla a su (soberano) arbitrio vivencias personales y elementos de ficción para desgranarse a sí mismo como ser humano y como director/escritor de cine.
 
Y resulta tan fácil imaginar lo doloroso que ha debido ser escarbar en sí mismo para hilvanar recuerdos de la infancia y engranarlos en un presente atormentado como la pereza que tiene que darle saber que durante varios meses va a enfrentarse a centenares de entrevistadores que insistirán en separar minuciosamente qué hay de cierto y qué de ficción en cada línea de guion, en cada plano y en cada secuencia. Tablas le sobran para contar y callar lo que quiera y bien está que sea así.
 
Dolor y gloria se constituye por tanto como un melodrama autobiográfico en el que Almodóvar desata su memoria sentimental para reflexionar sobre el determinismo de la infancia, los despertares sexuales y emocionales, los ajustes de cuentas con el pasado, la autoconsciencia del envejecimiento, la pulsión creadora, la complicada relación entre un autor y su obra, la culpa, el rencor, el perdón, la pérdida y sí, claro está, el dolor y la gloria.
 
A diferencia de sus películas más célebres, en Dolor y gloria la carga dramática se sostiene fundamentalmente sobre personajes masculinos, excepción hecha de esa madre de Salvador doblemente interpretada por una luminosa Penélope Cruz y una crepuscular Julieta Serrano, ambas magníficas. Asier Etxeandía, un intérprete que me deslumbra en el teatro pero que en cine creo que todavía no ha dado lo mejor de sí, da vida a un actor con el que Almodóvar construye un personaje hecho de retales de muchos con los que sin duda trabajó y con los que parece querer al mismo tiempo ajustar cuentas y reconciliarse por contradictorio que esto suene. Y si Asier Etxeandía encarna su vertiente profesional, un arrebatado Leonardo Sbaraglia encarna la personal dando vida a un antiguo amor en el que seguramente también resuma diferentes romances pasados. 
 
Pero a pesar de estos notables trabajos, como también notable está Nora Navas en el papel de asistente, amiga y confidente, o el pequeño Asier Flores derrochando frescura, el protagonismo absoluto y razón de ser de Dolor y gloria recae sobre un Antonio Banderas monumental. Con un esbozo de caracterización (fundamentalmente en el peinado) y una sutil colección de gestos mínimos, consigue personificar a su director sin caer nunca en el resbaladizo terreno de la imitación ni en el pantanoso de la parodia. No tiene demasiado sentido decidir cuál es el mejor papel de la carrera de un intérprete y menos aún en el caso de alguien tan prolífico (y heterodoxo) como Banderas, pero es incuestionable que este Salvador Mallo es uno de los hitos de su filmografía.
 
Como es constante en el cine de Almodóvar, todos los aspectos de la producción están extremadamente cuidados, la dirección artística es un personaje más y tanto la impecable fotografía de José Luis Alcaine como la partitura del maestro Alberto Iglesias encajan a la perfección con el cine de alguien con quien ya han comulgado muchas veces.
 
No creo que Dolor y gloria sea su obra maestra (Todo sobre mi madre y Hable con ella me parecen difíciles de superar) pero es probable que sea, por su propia esencia, la película de Almodóvar que mejor resista el paso del tiempo, su personal estilo ha alcanzado una, hasta la fecha, inédita depuración de artificios y hay en ella amargura, melancolía y un punto de misantropía, pero también un optimista y luminoso ensayo sobre la condición humana y sobre el cine como medio de redención.


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9

Puntuación

9.0/10

Un comentario en “Crítica de ‘Dolor y gloria’: Autorretrato de un hombre, memorias de un director de cine (o viceversa)

  • el 19 mayo, 2019 a las 22:45
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    Tenía en mente verla.

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