Crítica de ‘Yuli’: Honesto y emotivo biopic del gran bailarín Carlos Acosta

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Yuli
 

Cada vez que voy al ballet me asalta la certeza de que mi cuerpo no pertenece a la misma especie que la de aquellos que desde el escenario me están dejando con la boca abierta. Y no es solo por mi absoluta incapacidad para seguir cualquier ritmo que suponga una habilidad mayor que dar palmadas sino porque adivino en los cuerpos de los bailarines la existencia de algún músculo del que yo carezco o la ausencia de algún hueso que a mí me sobra. No sé si se nace bailarín, soy consciente de las muchas horas de sacrificio, dedicación, entrenamientos y ensayos que hay detrás de cada salto y de cada pierna estirada hasta el infinito, pero estoy convencido de que se nace pudiendo ser bailarín o no pudiendo. Imagino que es la confluencia de una anatomía privilegiada, un talento innato, una sensibilidad especial y la necesidad de expresar bailando las emociones que otros expresan escribiendo, cantando, componiendo música o de formas más terrenales como gritando gol cada vez marca su equipo.

Carlos Acosta, Yuli, nació pudiendo ser bailarín y desde muy pequeñito, acaso inconscientemente, lo manifestó, lo hizo visible para los que tenía a su alrededor, especialmente para su padre (Santiago Alfonso), personaje sobre el que reposa gran parte de la carga dramática, especialmente durante su primer tercio, de un film que navega entre el documental y la ficción para determinarse como un biopic atípico en el que el propio personaje central es interpretado por sí mismo en el tiempo presente.  

Dirigida por Iciar Bollain y con guion de Paul Laverty basándose en la autobiografía de Carlos Acosta “No way home” (publicada en España con el título “Sin mirar atrás”), Yuli recorre la vida del bailarín cubano desde su infancia en el humilde barrio de Los Pinos en los suburbios de La Habana hasta su triunfo internacional por escenarios de todo el mundo convirtiéndose en primer bailarín del Royal Ballet de Londres. Para ello, alterna mediante un eficaz montaje, el relato de las memorias de Acosta con el momento actual en el que el bailarín prepara con su compañía de danza un montaje en el que coreografía los acontecimientos más significativos de su vida.

El drama familiar pivota, como se ha dicho, alrededor del personaje de Pedro, padre del bailarín, un personaje ambivalente con el que a ratos pareciera que Carlos Acosta quisiera ajustar cuentas pero al que quiere a su pesar. Un hombre obstinado, violento, que obliga a su hijo al que jamás llama Carlos (Yuli es su nombre étnico) a ser bailarín a pesar de que el niño no quiere serlo. Se convierte así en una antítesis del padre de Billy Elliot que prohibía bailar a un hijo que ansiaba hacerlo por encima de todo. Eclipsadas por la omnipotente figura paterna, aparecen también la atormentada madre y las hermanas del bailarín. De fondo Cuba con todos sus significados, su revolución, sus sueños, su falta de libertad y su bloqueo económico, la miseria de las calles y la belleza de sus edificios y su cautivador malecón. Y la nostalgia, siempre está presente la nostalgia de La Habana en los ojos de Carlos Acosta.

Del otro lado el éxito arrollador de un bailarín excepcional que ha puesto en pie al público de los más exigentes escenarios internacionales. Desde su primer triunfo en Lausanne hasta su consagración en Londres pasando por Turín o Houston. Imágenes de archivo son hábilmente empleadas para ilustrar esta trayectoria. No faltan extractos de “La Bayadere” o “El Corsario” ni, por supuesto, del “Romeo y Julieta” con el que junto a la española Tamara Rojo se convirtió en el primer Romeo negro de la historia de la danza.

Hay, por tanto, varias películas en Yuli y todas están muy bien filmadas por Iciar Bollain, una directora que ha alcanzado dirigiendo una madurez irreprochable y sabe utilizar con eficacia todos los recursos del cine para contar una historia. El conjunto es un largometraje hermoso y emotivo en el que se respiran todas las contradicciones de Carlos Acosta que, aunque como no puede ser de otra manera es de suponer que cuenta lo que quiere contar y calla lo que quiere callar, emana una gran honestidad. En estos tiempos de egos desmedidos en los que tanta gente sitúa el centro del mundo en su ombligo, resulta curioso que una gran estrella de algo (cualquier cosa valdría) derroche sinceridad para decir que lo suyo no es algo vocacional, que no le visitaron las hadas ni fue tocado por un halo divino, que se convirtió en bailarín porque su padre le obligaba a ir a la escuela de danza y le molía la espalda a correazos si hacía novillos. 


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