Crítica de ‘Cold War’: Directamente al Olimpo del cine clásico

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Cold War
 
Una de las discusiones más frecuentes que mantengo regularmente con algunos de mis amigos aficionados al cine trata acerca de dónde radica la naturaleza de una película para ser considerada clásica, es decir, qué es lo que hace que a determinado largometraje lo consideremos o no un clásico del cine. En contra de una opinión muy extendida, siempre mantengo que no se trata de una cuestión de tiempo y que algunas películas no precisan que transcurran los años para que se les pueda llamar clásicos. Acostumbro a referirme a ellas como “clásicos instantáneos”, tengo la sensación de que esto ya lo he escrito alguna vez anteriormente pero como, lamentablemente, ocurre tan pocas veces, no tengo demasiado miedo a repetirme. Ojalá estuviera con esta cantinela todas las semanas porque cada siete días se me apareciera en alguna pantalla una obra maestra irrefutable. 
 
Tal sensación poco habitual, me ha asaltado a la finalización de la proyección de Cold War, la nueva película del polaco Pawel Pawlikowski, un hombre que hace cinco años obtuvo los unánimes parabienes de la crítica en todo el mundo con su anterior película, Ida (2013), que fue galardonada, entre una multitud de premios, con el Óscar a la mejor película extranjera. Polaco de nacimiento, pero con la mayor parte de su carrera realizada en el Reino Unido, ha sido con estas dos últimas películas realizadas en su país de nacimiento con las que ha irrumpido como uno de los grandes nombres de un cine europeo muy necesitado de referentes. Ida y Cold War, desde sus diferencias argumentales y filosóficas, comparten un mismo ideario artístico: fotografía en blanco y negro, formato cinematográfico 4:3, puesta en escena naturalista,  utilización del plano como unidad estética sobre la que apoyar el relato y brevedad en el metraje, 78 minutos duraba Ida, hasta 88 llega Cold War. No hacen falta más para contar una historia y conmover. Cuánto deberían aprender muchos cineastas que pretenden vender sus películas al peso y son incapaces de constreñirse a una duración comedida.
 
Siendo simplista podría decirse que Cold War es una película de amor, sus protagonistas son una pareja enamorada y su trama argumental apoyada en un relato fragmentado a lo largo de los años gira en torno a la historia de amor de Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig). El amor ha sido tan manoseado por el cine (y por la literatura, y por la música, y por toda suerte de manifestación artística) que pocas veces ha sido abordado con la sutileza, la honestidad, la sinceridad y el realismo descarnado con el que Pawlikowski habla del amor en todas sus vertientes, desde los mas delicados sentimientos hasta el dolor mas desgarrador producido por la distancia, la soledad y, lo único más amargo que el abandono: la decepción.
 
Wiktor es un músico que a finales de los 40 recorre la Polonia rural en una furgoneta tratando de recopilar canciones populares y muestras del folclore tradicional. Junto a una compañera y un chofer van pueblo por pueblo escuchando cantar a borrachos, campesinos y niños. Zula es una de las jóvenes que se presenta a las audiciones para componer una agrupación de coros y danzas con la que recorrer el país con un espectáculo de música y baile; no es la que mejor canta, no es la que mejor baila, pero desde el primer momento esa especie de química inexplicable del enamoramiento hace que Wiktor la seleccione para poder estar cerca de ella.
 
A partir de ahí, Pawel Pawlikowski dará una clase magistral de utilización de las elipsis para transportar al espectador a través de casi dos décadas por la Europa gris y fría que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Polonia, Yugoeslavia, la URSS y Alemania del Este son la contraposición a París, el refugio donde Wiktor puede ser libre de las ataduras de un régimen que quiere convertir su música en un instrumento a mayor gloria del régimen soviético. Wiktor y Zula se acercan y se alejan, se aman apasionadamente y se hacen daño con reproches, desaires y traiciones. Pasan los años, cambian los escenarios, pero el amor como fuerza motriz de sus encuentros y desencuentros permanece incólume al paso del tiempo.
 
Es decir, habría que ser demasiado simplista para reducir Cold War a una historia de amor. Al mismo tiempo supone un fresco histórico de la Europa de la Guerra Fría, y una reflexión sobre cuestiones tan complejas y diversas como el concepto de pertenencia a un lugar al que llamar patria, la zafia utilización de la cultura como instrumento político, la renuncia a los sueños, el ansia de libertad y, por encima de todo, el devastador efecto del paso del tiempo.
 
La aparente sencillez del lenguaje cinematográfico de su director, la detallista puesta en escena, la arrebatadora belleza del blanco y negro de unos planos que podrían completar una excepcional exposición de fotografía, la naturalidad interpretativa de una excelente pareja protagonista y la sabia utilización de la música tanto como instrumento narrativo como para vehicular las emociones hacen de Cold War una obra de arte excepcional con uno de los finales más desgarradoramente románticos que en el cine han sido.

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