Crítica de ‘Buenos vecinos’: Por un rayito de sol

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Buenos vecinos
 

Tras su presentación en la pasada edición de la Seminci de Valladolid , se estrena por fin en las pantallas comerciales la cinta islandesa Undir trénu (Bajo el árbol literalmente, aunque en España se ha estrenado con el título Buenos vecinos). Se trata del tercer largometraje de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson que ofrece una poco optimista visión de las relaciones vecinales. Dos historias conforman los dos puntos de partida del guion escrito por el propio Sigurðsson y Huldar Breiðfjörð. Ambos puntos de partida confluirán en determinado momento dando unidad a una historia sobre conflictos conyugales y vecinales que a lo largo de sus noventa minutos de metraje parten de un tono tragicómico para ser devorados finalmente por el drama.

Asegura Sigurðsson que aunque puede que en España busquemos la sombra cuando en verano aprieta el calor, en su país ocurre lo contrario y los pocos días que luce el sol todo el mundo anhela colocarse bajo su luz. El conflicto a partir de la sombra que da en el porche de una pareja producida por el imponente árbol que tienen sus vecinos en el patio servirá como detonante para que se inicien las trifulcas. Las reticencias de los dueños del árbol a podarlo y la suspicacia de unos a la hora de aceptar las sugerencias de otros irán cocinando un caldo de cultivo para que la situación se haga insostenible.

El otro cabo de la historia nos muestra a Atli (Steinþór Hróar Steinþórsson) un atolondrado hombre de familia al que no se le ocurre otra idea que masturbarse en el salón de su casa viendo un video erótico casero protagonizado por él mismo y su expareja. Su mujer, Agnes (Lára Jóhanna Jónsdóttir) que está durmiendo en el dormitorio de al lado, le pilla en el asunto y a partir de ahí se inicia una crisis conyugal de dimensiones difíciles de prever.

Atli, que es el hijo de los dueños del árbol, un matrimonio maduro formado por Baldwin (Sigurður Sigurjónsson) e Inga (Edda Björgvinsdóttir) se muda a vivir con ellos y será testigo del conflicto de sus padres con sus vecinos a resultas del árbol en cuestión mientras trata de salvar su matrimonio y ver a su hija Ása de quien su esposa quiere apartarle a toda costa.

Todo este lío funciona en pantalla precisamente por la lucidez y el acertado sentido de la narración con que está escrito el inteligente guion que Sigurðsson filma con rigurosidad y oficio. En su escasa hora y media consigue un elegante equilibrio entre los momentos de comicidad (la secuencia de la reunión de vecinos resulta muy divertida) y los momentos dramáticos que se van instalando poco a poco en la película hasta hacerse con el control del tono del film que, a pesar de sus coqueteos con lo absurdo y el siempre delicado uso del humor negro, nunca pierde nunca el pie del relato.

Los intérpretes se sirven de los punzantes diálogos para conseguir resultar divertidos a pesar de que ninguno de ellos parezca muy recomendable como amigo. Todos están muy bien, especialmente Sigurður Sigurjónsson, protagonista de  RAMS El Valle de los carneros y que está irreconocible sin aquella larguísima barba. Edda Björgvinsdóttir que interpreta a la dueña del árbol es la que mejor aprovecha la endiablada mordacidad de su personaje y ofrece un rico registro interpretativo desde el latente dolor de la pérdida por su (otro) hijo fallecido, y la mala leche que le provoca que su vecina sea más joven, más rubia, más atlética y vaya de estupenda por la vida.

Bajo su aparente intrascendencia: la sombra de un árbol molesta a unos vecinos y éstos se quejan; laten temas que confieren a Buenos vecinos una notable carga de profundidad: la fragilidad de las relaciones de pareja, el amor paterno filial, el sufrimiento de los niños con las separaciones, la pérdida y, sobre todos ellos, la irracionalidad del odio.


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